Juan Carlos Castagnino dicen que nació en Mar del Plata, pero en realidad fue en el pueblo de Camet, cuando recién arrancaba el siglo XX, en 1908. Era hijo del primer herrero de la zona, se cría entre caballos y gauchos, que todavía en esos años conservaban sus tradicionales costumbres.
Esos lugares donde el criollo cuarteador, jugaba a las bochas con el albañil italiano.
Esos son sus vecinos, los que luego conformarán el mundo de su pintura. Y en él, los caballos, a los que dio lugar de arquetipo, símbolo de libertad en los campos y de lucha junto al jinete.
Era una época en que el padre imprimía su mandato, quizás pensando que el hijo debe superar al padre. Es así que Juan Carlos estudia arquitectura, se recibe pero ejerce muy poco, porque su vocación está en el dibujo y la pintura, entonces se inscribe en la Escuela de Bellas Artes y uno de sus maestros es el gran Lino Enea Spilimbergo.
En la escuela conoce a Nina Haeberle, compañera en militancia y pasión por el arte, con quien recorre Europa, visita los grandes museos y toma contacto con artistas como Picasso y Matisse.
Viaja a China y queda fascinado por las técnicas orientales de aguadas y pluma.
Adquirió renombre y fama con sus exposiciones a nivel mundial, pero nunca perdió su humildad, esa esencia de hombre de pueblo, con su bombacha de campo y sus alpargatas.
Él siguió siendo para su gente el pintor de la estación Camet. Dicen que el primer dibujo lo hizo con el hollín de la fragua. Y esas experiencias no se olvidan jamás.
Mientras los demás hombres jugaban a las bochas o la pelota, él se sentaba a dibujarlos. Su habilidad en el retrato se vio acrecentada por su mirada sensible y su delicada interpretación.
Los rostros de Castagnino, son los rostros de la miseria y la fraternidad. Su pintura es un diálogo con los paisajes de la Argentina y los hombres y mujeres de su tiempo.




En los primeros años de la década del sesenta, ilustró el Martín Fierro, hecho glorioso con que se lo recordará siempre. Le dio identidad y vida a la figura más arquetípica de nuestro país para el poema nacional. En 1964 la Editorial de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba edita el libro en gran formato y la carpeta de estampas con todas las ilustraciones. Un verdadero lujo cultural.
Sus estampas ilustran la gesta del ser criollo en su lucha por la libertad y la reivindicación de los derechos del hombre común, mal llamado malentretenido, por la clase conservadora que siempre oprimió con su poder.
Castagnino dibuja la lucha, la tortura en la estaca, la miseria, al indio y al negro. Nada queda fuera de su órbita de justicia y piedad. Su calidad de dibujante nos hace ver la belleza del más sufriente y ladino: un viejo Vizcacha, que aún ahogado en su miseria y su alcohol nos muestra el valor eterno de la sabiduría popular.
Sus imágenes sientan precedente y es claro que Leopoldo Torre Nilson se inspira en ellas para su película del 1968, otro gran relator de nuestra historia.
En 1980 las autoridades del municipio de Mar del Plata convierten la antigua y señorial casona donada por la familia Ortiz Basualdo en la sede del Museo Castagnino, donde se encuentra la muestra permanente de las obras del artista.
Allí pueden verse las obras donde refleja el ámbito y las costumbres marplatenses con su litoral atlántico, pertenecientes a sus últimos años.
Juan Carlos Castagnino dejó este mundo en 1972, pero su obra lo mantiene vivo en nuestros corazones.




