La potencia de las ideas que marcaron la Revolución de Mayo

por | May 22, 2026

¿Qué proponían nuestros próceres?

En pocos días entramos en clima de Semana de Mayo. Ya sabemos lo que viene: ilustraciones hechas con IA donde aparecen próceres con caras actuales, convertidos en caricaturas que dicen -fuera de contexto- cosas bastante lejanas a lo que realmente pensaban.

Hace ya un par de décadas se instaló la idea de la “posverdad”: esa práctica de torcer  el sentido de las palabras y los hechos para reescribir los relatos. Primero fue el “cambio”, más recientemente la “libertad”. En ninguno de los casos, al menos para la mayoría, el resultado parece haber sido demasiado virtuoso.

No viene mal, en este punto, volver a 1984 de George Orwell, escrita entre 1948 y 1949, que imaginó una distopía inquietantemente cercana a estas prácticas.

Hace unas semanas, en el barrio se armó polémica. El Ministerio de Educación de la Ciudad demoraba la habilitación para que alumnos de séptimo grado de escuelas públicas del Distrito XI realizaran la tradicional Promesa a la Constitución en el Espacio para la Memoria “Ex CCDTyE Olimpo”, como venía ocurriendo desde hace cinco años.

A raíz de un posteo que hicimos en redes, apareció un argumento repetido: “Dejen de adoctrinar a los niños”. Una frase que, en su ambigüedad, encontró eco en sectores negacionistas de los crímenes de la dictadura.

Porque, en el fondo, lo que incomoda no es el “adoctrinamiento”, sino el símbolo: jurar la Constitución justo en un lugar donde fue brutalmente violada.

Y ahí aparece la paradoja: impedir ese acto termina siendo, en sí mismo, una forma de adoctrinamiento. Pero en sentido inverso: el del ocultamiento.

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Las palabras son resbaladizas. Pueden servir para decir una cosa o su contraria. Se repiten, se machacan, se vacían, hasta construir “sentidos” funcionales a determinados intereses. No es un fenómeno nuevo. Pero sí uno que hoy tiene consecuencias muy concretas: trabajadores que terminan apoyando políticas que deterioran sus propias condiciones de vida; barrios donde cae el consumo, se apagan persianas y se resienten economías familiares cada vez más endeudadas.

No es un desvío caprichoso: el tema de esta nota es, justamente, el espesor de ideas que dio origen a la Revolución de Mayo. Por eso vale la pena volver a las fuentes. Leer qué pensaban realmente nuestros próceres, no lo que algunos publicistas dicen que dijeron.

Un ejemplo potente aparece en el controvertido “Plan de Operaciones” de Mariano Moreno: «Las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo que sirven de estorbo al bien general, deben ser reducidas al servicio público». Leído hoy, más de uno lo consideraría una herejía.

También Manuel Belgrano, muchas veces reducido a una figura escolar, tenía una mirada profundamente moderna. En su rol de articulador entre sectores enfrentados -la Primera Junta también tuvo su propia grieta- escribió: «Ni la agricultura ni el comercio pueden florecer sin la industria; esta es la que da valor a las materias primas». Y también: «No se puede adelantar en la agricultura sin el auxilio de las ciencias»; «Fundar escuelas es sembrar en las almas».

Meses después, en el Reglamento para las Misiones (1810), el creador de la Enseña Patria fue aún más claro: «Que no se oiga ya que los ricos devoran a los pobres, y que la justicia es sólo para ellos». Y sobre la propiedad: no la entendía como un derecho absoluto si iba en contra del bien común.

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No eran ideas tibias. Eran, para su época (y quizás hoy), profundamente disruptivas.

Algo similar puede decirse de Juan José Castelli, de Bernardo de Monteagudo, de Juan José Paso. Voces claras e intensas, con posiciones firmes en medio de tensiones políticas muy marcadas.

Y tampoco eran ingenuos Domingo French y Antonio Beruti: lejos de ser simples repartidores de escarapelas, encabezaban grupos organizados que actuaron como fuerza de presión en la calle, para asegurar el rumbo del proceso revolucionario.

Hay mucha bibliografía sobre la Semana de Mayo, con miradas diversas. Pero cuando uno vuelve a los textos y a los hechos, aparece algo difícil de domesticar: la potencia de un proyecto de país independiente, más justo e inclusivo.

Por eso, cada vez que se intenta convertir esa historia en un relato infantil o en una colección de frases vacías, conviene desconfiar.

Porque en esas ideas -discutidas, intensas, incómodas- hay todavía preguntas abiertas sobre el país que queremos ser.

¡Viva la Patria, querido vecindario!