En envíos anteriores veníamos hablando de las problemáticas que encontramos en niños y adolescentes que están vinculadas a una época en la que cada vez mas las vidas aparecen reguladas por la lógica de un Estado/Mercado.

Aparece una declinación de ideales, valores y de la autoridad; hace algunas décadas figuras como las del médico, del político, del maestro/profesor/docente era considerada de modo diferente al de la actualidad. Eran considerados portadores de  un saber, pero su autoridad ha declinado. Hoy, nos encontramos con situaciones donde por ejemplo, puede tener mayor eficacia en las conductas alimenticias cotidianas determinados alimentos publicitados en televisión/redes u otros medios de difusión que las prescripciones de un profesional, al igual que los que sucede con tantísimos productos farmacológicos. O lo que sucede con niños y sobre todo adolescentes, quienes muchas veces aparecen mas proclives a consumir y “apre(h)ender” la información (no importa ya ni la fuente ni la veracidad de la misma) que encuentran en redes o youtube que a sentirse convocado por lo que intenta transmitir un profesor en la escuela.

La ética del siglo pasado antes de los años 90 era una ética del sacrificio y la renuncia, que oficiaba como regulación pulsional y se enlazaba al ideal de conseguir una superación personal a partir de la misma. Esto definía no sólo una renuncia y regulación agresiva y pulsional en el presente para alcanzar un futuro mejor sino que oficiaba como contrato social.

Al contrario de dicha ética, el paradigma actual es el del mercado, el de la ética capitalista, en otras palabras: el consumo, la diversión como algo distinto del sacrificio.

O sea que nos encontramos en una situación casi inversa a la idea del sacrificio, sería algo así como no nos privemos de nada, consumamos, gocemos, en el marco de un vacío de sentido.  En el marco de esta ética capitalista e individualista, el efecto en el contrato social también cambia, y si antes lo que que se producía era una renuncia agresiva y pulsional, por el contrario esta se ve potenciada.

No se propone una instancia reguladora, sino lo opuesto, cada vez debieran haber menos regulaciones. Pasamos a ser multitudes que no tendríamos necesariamente algo en común mas allá de ser todos consumidores. Al no haber instancias de regulación, se produce una ruptura de lazos, de declinación de la autoridad, y al declinar a su vez los ideales, el otro ya no necesariamente es un semejante.

Esto es el germen de lo que seguiremos hablando la próxima vez: la violencia, tanto hacia el otro como hacia el propio sujeto.

Esta nota fue publicada originalmente en la Revista Floresta y su Mundo edición 398 (Junio 2024) ©

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