En el barrio de Floresta está el hermoso taller de arte de Mariela Kahayán. Allí -junto a Claudina Placenti- entrevistamos al maestro Carlos Sarkís Kahayán, aprovechando la excusa de la presentación de su nuevo libro “De la mancha al cuento”.
Carlos es un gran artista que tenemos en nuestro barrio. Entrar a su atelier despierta una curiosidad como de niño. Habiendo pasado los 90 años, su entusiasmo por el arte y búsqueda constante hacen que den ganas de jugar, dibujar, cantar o simplemente disfrutar de verlo trabajar, escucharlo.
Fue un motivador encuentro. El maestro nos invitó a encontrar un valor no material en el arte y en ese encuentro con el otro, y a pensar que tal vez se trate de eso simplemente: encontrar una pasión y ser honesto en el propio camino. Pero estamos spoileando y mejor es que ustedes abran sus corazones y lean lo que el maestro Carlos Kahayán tiene para contarnos…

Jorge: ¿Cómo se gestó el libro?
Carlos: Primero salió el cuadro y después salió el cuento, en todos los casos.
Jorge: ¿Por qué después de haber trabajado siempre con la imagen te surge la necesidad de la palabra?
Carlos: La palabra en mí estuvo siempre, de manera paralela con la pintura. Hice talleres literarios muchos años e incluso en algún momento me pregunté con qué seguía… Obviamente, seguí con la pintura, pero no dejé la literatura. Resulta que en la época de la pandemia me llamaban mis alumnos y me preguntaban qué podían hacer, que estaban aburridos, y yo les daba indicaciones (que pinten algo de su casa o armen una naturaleza muerta, como hacíamos acá en el taller). En un momento se me ocurrió escribir un cuento con muchas imágenes: iba a ser una isla perdida, un navegante que tiene problemas, atraviesa tempestades y luego llega a esa isla perdida. Ahí tiene que bajar y la isla está llena de cocodrilos; en fin, son muchas imágenes.

Jorge: Imágenes y mucha acción.
Carlos: Eso, para despertar en los alumnos, que cada uno tome algo. Les pareció bárbaro. Tal es así que me pidieron que adapte uno para niños. Y fue un éxito. Después se pinchó, pero para mí fue un boomerang, dije ¿Por qué no lo puedo hacer yo? y ahí empecé a escribir los cuentos. No tienen título los cuadros, la mayoría, porque yo tengo el concepto de que el cuadro no termina con la última pincelada del pintor, sino que continúa en la visión del que lo ve.
Jorge: Hiciste lo que Charly García llama concepto constante…
Carlos: Exactamente, tal cual. Después hubo otra etapa al revés que la llamé de la mancha a la imagen.
Jorge: Eso fue en la postpandemia…
Carlos: En el centro cultural Caras y Caretas, ahí expuse esa serie. Ahí empecé a trabajar con el betún de Judea solo y después empecé a ponerle color.
Jorge: ¿Cómo es que encontraste la técnica del betún de Judea?
Carlos: Picasso decía: “Yo no busco, encuentro”, y es verdad. También en la pandemia les decía a mis alumnos: “Prueben con yerba mate, con té; hagan algo distinto con los materiales, a ver qué es lo que pasa”. Ahí yo tenía un frasquito de betún de Judea que se usa para envejecer los muebles, lo usan los ebanistas, pero yo lo usaba para pasarle a los marcos y empecé a pintar con eso. Me di cuenta de lo interesante que daba: la textura, la forma… Tuve que investigar sobre qué soporte trabajar. No puede ser poroso, tiene que ser acerado, porque así yo puedo sacar o poner… Yo no tengo apuntes ni boceto. Yo mancho; desde la mancha veo algo. Entonces hay cosas que tengo que borrar o acentuar. Si eso lo chupó y lo marcó, ya no puedo continuar.

Jorge: ¿Cómo es que partís de la mancha?
Carlos: Mi mamá leía la borra del café. Es un café muy fino que una vez que se secó, das vuelta el pocillo y queda una textura. En casa, de chico, venían los parientes; teníamos el brasero y tomaban el café. El recipiente tiene una boca chiquitita y es de forma triangular, de cobre. Si eran tres o cuatro nomás, se ponía una cantidad de agua y se empuja al brasero. Mientras se calienta, se conversa y cuando terminan de tomar el café, si da vuelta la taza quiere decir que esa persona quería que le lea la borra y entonces ella lo da vuelta y lo mira. Por ejemplo, decía: “Acá hay una paloma que tiene algo en la boca. Mirá, acá veo una puerta y alguien parado en la puerta”. Entonces, si venía, por ejemplo, Nélida, ella era la paloma que está parada en mi borra… Todo un tema de coincidencia e imaginación.
No tiene nada de magia. Pero voy a contar una anécdota: Un día de la semana toca el timbre una de las alumnas, Liliana Donato, y viene con un paquete de café y dice que lo trae para que lo lean. Le dije que estaba loca. Yo les había comentado eso como referencia, pero no sé leer, pero insistió en que lo haga. A todo esto vino otra, Liliana Martínez. Ella con su familia se iban a vivir a Bariloche. Vendieron la casa, tenían dos hijos adolescentes, estaba todo arreglado, el marido había conseguido trabajo allá; inclusive hizo la carrera acá, porque trabajaban en el Hospital Francés, y se fundió y se quedaron sin trabajo. Y dijeron: “Bueno, es la oportunidad de irse a donde habían querido ir a vivir siempre”. Y se compraron un terreno, se hicieron la casita en Bariloche, creo que en Villa La Angostura. Un día vino ella llorando, que no sabían qué hacer porque ya habían vendido todo y los chicos no se querían ir. Estaban desesperados.
Dos o tres sábados después vienen, me traen el café y yo lo preparo acá, con un recipiente, obviamente nada que ver con lo que hacía mi mamá. Cuando veo el pocillo de Liliana Martínez, esta señora que estaba con este problema, le digo:
—Liliana, mirá, yo no te voy a decir nada. Tomá, mirá vos. Cuando lo mira, se puso a llorar. Era impresionante: era alrededor del pocillo, toda gente agarrada de la mano. Y dice: “¿Ves? Estos son ustedes que me contienen”. Fue cosa terrible.
Jorge: ¿Y cómo termina la historia?
Carlos: Vos me preguntabas de dónde nace “la mancha”. Y tenía razón mi señora, un poco debe de nacer de ahí. Si todos los días te sentás y tenés que inventar algo, no es fácil, por eso mi curadora dice que todos los días me tiro a la pileta. Yo rezo antes de empezar a pintar, le rezo al Espíritu Santo. Tengo mi oración y digo: es él el que me ilumina y me lleva la mano. Es el Espíritu Santo el que me conduce. Y, bueno, ahí salen las cosas.
Jorge: En la mayoría de tus cuadros hay gente en acción… ¿Cuándo fue el clic en que empezaste a dibujar personas?
Carlos: Bueno, justamente, cuando pasó todo esto del betún de Judea.
Jorge: Todo es bastante reciente, me sorprende la profundidad de planos que generás con el betún.
Carlos: Sí. En la secundaria tenía una profesora que era pintora, Celia Botto Peyrou. Una vuelta ella dice que nos quiere llevar a La Boca a pintar y el rector -D’Agostino- dice que no y ella se pelea. En esa época pelearse con el rector era terrible. Entonces nos llevó un fin de semana.
Nos reunimos en Plaza Italia, tomamos el colectivo 12 y fuimos a La Boca, llevamos un cartón cada uno. En ese tiempo no estaba el acrílico, era témpera.
Y sentado en la Vuelta de Rocha, veía todo eso y me dije: ¿Cómo hago para poner todo eso acá adentro? Y ella me dijo: “No te hagas problema. Vos tenés tu cartón. A la derecha, ¿qué ves allá? Unos galpones: esa es la parte derecha de tu cuadro. A la izquierda, ¿qué ves? Unos barcos: esa es la parte izquierda de tu cuadro. Abajo tenés el agua y arriba tenés el cielo. Todo lo que veas dentro de esos límites, lo ponés”. Me abrió los ojos, me hizo el encuadre. De ahí en más, yo toda la vida he pintado al aire libre.
Inclusive, en el libro mismo, hay una foto que estoy pintando en Maschwitz al aire libre.

Jorge: yo siento que en toda la obra tuya hay una marca que tiene que ver con los orígenes de la familia. Contanos cómo es que brota, a través de tu arte todo lo que tiene que ver con el conflicto humano y el tema del genocidio. Tus cuadros tienen cierto dramatismo
Carlos: Sí, es un tema muy marcado también. Mis padres huyeron escapándose con lo que tenían puesto, porque los turcos a una hermana de mi mamá, la quemaron viva en una iglesia en el pueblo de Marash. Ella estaba embarazada -en el pueblo habían quedado solamente las mujeres, los ancianos y los chicos, los hombres estaban todos en el frente- y viene la horda, entonces el cura empieza a tocar la campana, los mete todos adentro de la iglesia y cierra las puertas. ¿Qué hacen los turcos cuando llegan? Le prenden fuego a la iglesia.
Hay un libro que se publicó en el Centro Cultural Tekeyan, en donde yo participo, donde se contó esta anécdota…
A la hermana de mi papá, la degüellan delante de él.
Todo eso es terrible.
Yo tuve una infancia linda, no era trágica pero sí dolorosa. Porque, así como se reunían a tomar el café, siempre, obviamente, salía el tema de la guerra. Entonces, una charla, digamos, cotidiana terminaba en un velorio, y yo eso lo escuchaba y me hacía muy mal. Habían recibido noticias de fulano y siempre terminaba en algo trágico.
Cuando hicieron esa película esta famosa, hace poco, la fueron a ver los chicos con mi señora y yo no la quise ver. Me van regalando un montón de libros sobre el genocidio y yo no los puedo leer porque me hace muy mal, porque lo viví.
Jorge: Cuando estás en el proceso de trabajar sobre la imagen desde la mancha, ¿Cómo surge la inspiración?
Carlos: Todo eso nace de adentro, no hay nada que hacer. Cuando entro acá, el barullo no me afecta y hay momentos de inspiración muy profunda, porque yo me transporto.
Jorge: ¿Estás conectado con una zona no realista, no terrenal?
Carlos: Exactamente. Me ha pasado de tener estados de llanto de alegría. Hay una monjita de Mar del Plata que es Carmelita descalza, muy espiritual, en un momento la llamé y le digo: -Mirá, me está pasando esto y no sé a quién transmitírselo. Y ella me dijo que es verdad, que pasa y que lo disfrute.
¿Ustedes conocen al padre Pío? Es un santo italiano, el cuerpo está incorrupto, muy milagroso. La verdad que soy muy muy devoto de él. Empecé a pintar y apareció, como también, más de una vez me salió la imagen de la Virgen de Luján. Hay veces que aparecen las palomas del Espíritu Santo.
Jorge: ¿Cómo es la sensación? ¿Estás tranquilo o entrás en algún estado?
Carlos: No, naturalmente.
Jorge: ¿Y cuándo volvés?
Carlos: Cuando volvés te encontrás con lo que salió. ¿Te das cuenta?
Jorge: Qué lindo.
Carlos: Son momentos que uno tiene, no es permanente. Es una cosa que yo mucho no lo comento porque se puede entender o no. La gente que tiene Fe puede entenderme. El que no tiene fe puede llamarlo éxtasis.
En el arte, en el que crea… el compositor de música, el que escribe… hay algo que sale que no es solamente material, es del espíritu, y eso sí es muy importante. Cuando vos lo querés hacer, que sea solamente materia, va a salir frío, no va a transmitir. Transmite cuando ponés lo otro.
Puede llegar o no, ese es otro tema, puede gustar o no, pero a mí eso es siempre lo que menos me preocupó. Me han dicho “hace esto porque esto es más vendible que aquello”. ¡Qué me importa! Yo no lo hago para que se venda. Hago algo que a mí me gusta y lo siento. Si alguno le gusta y lo compra, en buena hora.

Claudina: ¿Con qué pinta usted?
Carlos: Fundamentalmente pincel. También utilizo mucho la pluma de paloma. ¿Por qué? La suavidad que tiene la pluma del pájaro no la tiene el pincel, por más blando que sea, tiene una cierta dureza. Por ejemplo, una vuelta quería hacer las olas de mar y no me salía. No sé por qué, justo había una pluma de pájaro. Y dije, “voy probar con esto”, y probé y salió. Utilizo el dedo también, espátula, lo que venga, lo que necesite.
Jorge: ¿Te gusta dar clase?
Carlos: Sí, mucho. Estuve 30 años dando clases. Pero siempre un amigo mío, también pintor, me decía: – “dejate de dar clase y dedicate a lo tuyo, porque te quita energía”. Y es verdad.
Tengo una frase, puesta ahí en el taller de un filósofo francés, Gastón Bachelard que dice “El saber no transmitido se transforma en rencor”.
La gente me ha agradecido porque he pintado siempre con la puerta abierta, nunca he escondido nada y siempre he enseñado todo lo que sé.
Jorge: ¿Te es importante dejar un legado?
Carlos: Seguro, sí. Y, gracias a dios, tengo la suerte de que mi hija es el gran ejemplo, yo me preguntaba que va a ser de todo esto que tengo y gracias a dios, ella es una digna heredera.
Jorge: Y los nietos también…
Carlos: Ah, sí, también.
Y con los alumnos también he tenido satisfacciones. Por ejemplo, Marta Lagos. Estaba un día dibujando una naturaleza muerta, y muy tímidamente me muestra una mandala que hizo. Le digo, ¿y esto? Dice, esto lo hago así porque me sale. Le digo, Marta, olvidate de la naturaleza muerta, seguí con las mandalas. Cuando publica su libro de Mandalas me agradece a mí, que la impulsé. Y también otra ex alumna mía, que estudió Arteterapia que me nombra, dice que fui su impulsor. Esas son las satisfacciones.
Claudina: Me parece interesante esto de impulsar en los alumnos el camino propio como artista, la propia identidad…
Carlos: El maestro tiene que tratar que no lo copien, sino que el alumno se supere con sus condiciones y capacidades. Eso es lo interesante, darle los elementos para que eso se transmita y tenga otro resultado. Uno no enseña nada, transmite experiencia.
Hay que ser honesto y también saber captar el lugar de cada uno. Por ejemplo, acá venía una señora que era la directora de los cursos nocturnos de Portugal. Ella tenía profesor de dibujo y pintura, sin embargo, venía a tomar clase conmigo. Y hacía unas cosas muy enloquecidas de color y de formas y me decía, ¿te parece a vos esto lo que estoy haciendo? Sí, vos seguí pintándolo así. No le dije nada, porque veía el perfil que tenía. Cuando pasó un tiempo, agarré un libro de Expresionismo y le digo: – “Mirá, esto es lo que estás haciendo vos. Ahora, no te copies de esto, tomalo, observalo, pero seguí haciendo lo tuyo…”.
Cuando expuse en París, la secretaria de la Casa Argentina un día me pregunta: – “¿Ustedes cómo enseñan en la Argentina?” y le digo, mirá: – “El taller mío es un taller libre, tengo un método como en la Escuela de Bellas Artes. Empezamos enseñándole a plantar un dibujo en la naturaleza muerta, primero con carbonilla, después con grafito y después el pastel…” y me dice – “Nosotros necesitamos maestros como usted, porque estoy cansada de ir a talleres y que me digan, pintá como querés, poné los colores que querés. Yo quiero que me enseñen a plantar un dibujo”. Estamos hablando de París, no de Villa Tachito. Primero hay que aprender a dibujar y después cada uno se orienta para donde quiere.
Picasso contaba que, en un momento determinado, él hace una “U” para arriba y 2 “U” para abajo y dice “Este es un toro” y su interlocutor le contesta: – “Eso lo hace mi chaval también”. Entonces se pone a dibujar un toro con toda la anatomía perfecta y dice “Transgredir desde el conocimiento es una cosa, pero transgredir desde la ignorancia es otra”.


Jorge: Te pregunto sobre la identidad argentina. Pienso en vos, con tus orígenes armenios, en una sociedad que abreva de Francia, Inglaterra, Europa del este, hasta de África y por supuesto de pueblos originarios y Latinoamérica, todos confluyendo. ¿Vos crees que eso nos construye y constituye de alguna manera especial?
Carlos: No te quepa la menor duda. El aporte de cada inmigrante ha hecho este país lo que es. Nosotros tenemos grandes artistas acá que podrían haber sido tanto como Van Gogh o cualquiera de esos… Fernando Fader, Eduardo Sívori, maestrazos de esa época que podrían haber triunfado en el mundo, pero quedaron acá.
Jorge: – Vos que viste la transición desde principios del siglo pasado hasta ahora: ¿Cómo ves a la humanidad ahora, en medio de la revolución tecnológica con la inteligencia artificial, la robótica?
Carlos: Mirá, todo adelanto tecnológico hay que respetarlo y tenerlo, pero en su justa medida. La creatividad que tiene el hombre, no hay ninguna inteligencia artificial que pueda reemplazarla, porque la IA va acumulando información que alguien le dio y te va contestando de acuerdo a eso, pero no crea.
Jorge: ¿Y la emoción?
Carlos: Es lo que estábamos hablando antes, no lo vas a lograr nunca. Lo que sí sirve, lo he utilizado en los cuentos, que le digo, “en este cuento quiero que me revises la sintaxis”, una corrección de algo que hice yo y no que lo haga él. Inclusive, analiza mis cuadros, pero el cuadro lo hice yo.
Jorge: Un corrector corre el riesgo de pasteurizar una obra.
Carlos: Exactamente. Entonces, hasta ahí se puede. La inteligencia artificial creo que sirve para muchas cosas, pero hay otras que no va a lograr nunca.
Claudina: Leí “El Gaitero”, el primer cuento que es justo el de la tapa del libro, donde la gente discutía y cuando el gaitero tocaba, se quedaban calmos… ¿Usted piensa que el arte puede transformar al ser humano?
Carlos: No hay ninguna duda. El buen arte, en la música, la escritura, la pintura, te transporta, te tranquiliza, te acompaña y te enseña. Lo que pasa es que hay arte bueno y malo, ¿no? Hay escritura buena y mala. También hay que discernir y ver las cosas.
Jorge: ¿Cuál sería la diferencia entre el arte bueno y el arte malo?
Carlos: Yo pienso que el arte malo es la chabacanería, hacer reír con el tema del sexo o las malas palabras. Por ejemplo, Luis Landriscina, si vos lo escuchás no hay un cuento o una anécdota que diga algo grosero. Y no lo digo por el sexo, pero hay cosas que hay que respetarlas, eso es algo que a mí eso me molesta mucho. Y yo no soy ningún puritano ni mucho menos
Jorge: Lo decís por estética.
Carlos: Claro, exactamente.
Jorge: Vamos terminando. ¿Algo que quieras contar?
Carlos: Que el arte es una parte muy importante de la vida, que cada uno tiene que participar de muchas formas: viendo, haciendo, involucrándose. Es realmente esa partecita que está faltando en el mundo, que está tan materializado.
Una mañana de otoño estaba en el Parque Avellaneda pintando La Casona de los Olivera, no había un alma y detrás de mí siento pasos y era un anciano que tenía una carpeta rústica, y me dijo: – “Seguí pintando que después te voy a mostrar lo que hago yo”. Cuando terminé, nos sentamos en el banco, abrió la carpeta y eran las hojas esas de papel de estraza. Tenía hojas de árboles, secas, pegadas, todas distintas. Yo le pregunté: – “¿y esto, abuelo? ¿Cómo se le ocurrió?” Y respondió: – “Yo venía acá con mi patrona a tomar mate ahora ya se me fue. Me sentaba acá, un día vi una hoja -el viento la trajo- la levanté, después vino otra, la levanté y me di cuenta que era distinta. Empecé a pegarlas y coleccionarlas. De este parque ya puse todas, así que me voy a tener que ir a otro parque”. Este hombre había encontrado un hobby con lo más sencillo y natural que se pueda hacer.
Jorge: ¿Qué viene después de De la mancha al cuento?
Carlos: No sé. Estoy en una etapa que -gracias a Dios- me siento muy reconfortado, me salen las cosas. Pero, como todo en la vida también tiene un final. No quiero ni copiarme ni estancarme. Yo sigo trabajando, me dejo llevar. Quiero sorprenderme yo mismo y como Picasso: “No busco, encuentro”.
LA PRESENTACIÓN EN LA FACULTAD DE DERECHO
El libro “De la mancha al cuento” fue presentado el lunes 28 de septiembre en el Salón de los Pasos Perdidos de la Facultad de Derecho. La presentación estuvo a cargo de Patricia Valli, su curadora.
Allí Carlos expuso obras de los cuentos del libro y otras con la técnica de la mancha. Aportaron obras los artistas de “Voto al arte”, agrupación a la cual Carlos pertenece y para coronar la jornada, se encendió la música con la banda de Jazz “MKQ”, de los hijos de Carlos. También pusieron amor energía y presencia la editora Griselda Salomone, su hija Mariela Kahayán y su nieta Sofía.

Entrevista realizada junto a Claudina Placenti
Más sobre el artista: Carlos Kahayán





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