¿Quién es Beto Páez?

Me pregunté, a pesar de conocerlo. Un gran  amigo en común que ambos disfrutamos, Antonio Pujía, nos unió para sellar una amistad entre colegas de Floresta. Quería entonces desentrañar el misterio de este hombre que parece muy serio pero que enseguida te saca una sonrisa. Beto, el hombre que ilustra, dibuja, escribe historias.

Conocedor del barrio, de sus habitantes, seres que transforma en expresivos personajes de cuentos de la vida cotidiana.

Y voy acercándome a su historia de vida, que se me hace cercana por algunos rasgos en común con tantas otras. Un muchacho de barrio que llegó lejos –la frase acuñada por su papá- un trabajador, hombre muy sabio, le había dicho cuando era muy chico, “vos, con dibujo y con inglés, vas a llegar muy lejos”.

Siempre digo que el dibujo es el primer lenguaje del ser humano, y en el caso de Beto, no hay duda que ese es su lenguaje sino que lo profundizó a tal punto de hacer de él un modo de vida, una manera de narrar la vida.

Alentado por su padre, Beto comenzó sus estudios ya con 13 años en la Escuela Panamericana de arte, en el barrio de Constitución. Ya enumeraré la cantidad de cursos que realizó y los maestros que le aportaron conocimientos, pero es válido aclarar que su afán por la narración tiene antigua data. Desde muy pequeño iba a jugar a la plaza, y le encantaba observar a las personas y como un juego, las teatralizaba, captando de cada una su esencia, su gestualidad más característica, y toda esa observación quedó plasmada como una pintura en su memoria emotiva.

Cada detalle saldrá más adelante cuando el dibujo se afiance en él y su ejercicio lo lleve a ser el gran ilustrador que es.

“Soy de la gráfica”, dice con aire humilde y tanguero… Con 80 años, que no aparenta, Carlos Alberto Páez nació en Monte Castro, en la misma casa natal, una casa chorizo con patios de baldosa en damero. Y la partera lo trajo al mundo ahí en esa casa, tal como era costumbre en aquellos años cuarentas.

Así fue creciendo Betito, como le decía su papá, orgulloso del dibujante que prosperaba en él. Ya como estudiante Beto, escribió una historia: “24 x 48”, la llamó , era la historia de su padre que era bombero 24 horas y 48 horas de descanso, y en esas 48 se las rebuscaba con todo tipo de changas en el barrio. Feliz, a todos les leía el cuento, haciendo alarde de las habilidades del hijo.

Antes de los sesenta trabajó como ilustrador en revistas como Peinado y belleza, en Pico Pato y en Publicidades subterráneas, en Villa del Parque.

Entre el 64 y el 65 entra a la colimba, experiencia casi siempre traumática para cualquier joven, no fue así como la vivió Beto, ya que también pudo valerse de sus habilidades para el dibujo y prácticamente se la pasó haciendo caricaturas que le pedían los milicos y divirtiéndose con las anécdotas y cuentos que inventaba, muy ligadas a un humor muy propio, entre fantasioso e irónico.

Allí nació su personaje, el Cabo Luna, quien respondiendo órdenes de Roca, debía ir a los fortines  con misiones que nunca cumplía, acompañado por Don Huella, un  cocinero ladino y risueño, que en esas mil y una historias, se las ingeniaron para no matar a ningún indio. El “negrito”, como lo llaman los amigos entrañables, ostenta con orgullo el color de su piel, huella y memoria de su ascendencia norteña. En sus historias entonces fantasea  un desenlace más feliz para sus ancestros.

Era la dura época de Onganía, sin embargo en un pequeño reducto de Azul, un servicio  militar  transcurrió entre risas y caricaturas. Beto se divertía porque dibujaba y así  les hizo más leve la estadía a todos.

Cuando esta etapa termina sigue estudiando publicidad y en la Panamericana de arte, con maestros como Breccia, Borisoff y Pereyra (que hacía las tapas de Bomba y D´artagnan). También lo tuvo a Roberto Páez, gran maestro grabador. Con Garaycochea, estuvo sólo 3 meses, pero no le gustó porque era de los que imponen su estilo y Beto quería hacer su propio humor, tener su propio sello… Y lo fue logrando gracias a permanecer fiel a su deseo.

Allá por el año 71, su padre, que había dejado su trabajo como bombero, le consiguió uno muy bueno a Beto. Hablando con el pianista Pepe Colángelo, éste lo vincula con  su hermano, que trabajaba en Billiken, y al ver las condiciones de Beto, lo recomienda y enseguida lo incorporan como ilustrador.

Así, ilustrando, se fue haciendo una carrera. En Tiempo Argentino con su tira diaria y en el suplemento infantil de La Nación, trabajó más de quince años.

En la actualidad Beto, dispone  de una jubilación digna y de mucho tiempo para hacer lo que le gusta. Por eso elige el bar de Joaquín V. González y Rivadavia, se instala en la parte de arriba en una mesa soleada y allí dibuja y escribe.

“Es tranquilo, hay sol y puedo ver a la gente”, y ahí entiendo esta cuestión de la necesidad de una visión panorámica de la vida urbana.

¿De donde le viene esta manera de ver? Esta manera de plasmar en un mismo plano todas las historias y situaciones, orquestando la diversidad al unísono, algo  muy típico en sus pinturas y acuarelas.

Una  infancia nutrida de imágenes lo revela.

A los 8 años su abuela materna le pedía que subiera a los techos, porque el árbol de Doña María Rosa largaba hojas secas y tapaba las tuberías del desagüe pluvial. Esta tarea le encantaba, la visión como a vuelo de pájaro le daba la libertad que  siempre deseó.

Filomena, su amada abuela, lo inspiró para sus primeros relatos dibujados;  durante 10 años publicó la tira diaria “Filomena pasa el dato” en Diario Popular.

Después de nuestra larga charla, me doy cuenta de lo que lo más jugoso del encuentro se desencadena cuando nos vamos despidiendo y a modo de síntesis, Beto me cuenta que sabía que “lo de él”, era el contacto con la gente. Desde muy joven supo “lo que no quería”.

Por eso se negó a ser García Ferré, se negó a ser Walt Disney, se negó a ser Garaycochea. De cada maestro aprendió algo, pero rescata a Don Emilio, el jefe de Publicidades subterráneas, que también pintaba cuadros. Él le hizo ver la diferencia entre los recursos que sirven para el efecto, típicos de la publicidad y los del juego plástico del arte con todo lo que tiene de sutil y metafórico.

El admiraba al jefe de redacción de Tiempo Argentino porque era dibujante y sabía. Cuando fue el mundial del 86, le enseñó a dibujar la caída de los papelitos del festejo, le enseñó a ver y analizar esos movimientos del éxito y la pasión.

Cosas inolvidables e imborrables que Beto atesora para seguir inventando e idealizando una mejor vida para la comunidad, una mirada piadosa y divertida que hace menos dura la realidad de hoy, una mirada que  intenta  ser una caricia al alma.

Esta nota fue publicada originalmente en la Revista Floresta y su Mundo edición 399 (Julio 2024) ©

Tapa Revista Floresta y su Mundo Julio 2024 - Edición 399

Notas Anteriores:

Junio 2024: https://florestaysumundo.com.ar/maria-canepa-escultora-el-ensamble-de-la-calidez/

Mayo 2024: https://florestaysumundo.com.ar/grupo-paisaje-artes-la-seduccion-del-rio

Abril 2024: https://florestaysumundo.com.ar/carlos-kahayan-el-pintor-delo-ancestral/

Marzo 2024: https://florestaysumundo.com.ar/luis-timisky-el-fotografo-de-lo-increible

Febrero 2024: https://florestaysumundo.com.ar/diego-crespillo-artesano-desde-siempre

Noviembre 2023: https://florestaysumundo.com.ar/osvaldo-vey-la-fotografia-urbana/

Octubre 2023: https://florestaysumundo.com.ar/julian-cheula-la-narrativa-en-blanco-y-negro

Septiembre 2023: https://florestaysumundo.com.ar/del-barrio-al-simbolo-pablo-gazal/

Agosto 2023: https://florestaysumundo.com.ar/el-grabador-del-gesto-cotidiano-osvaldo-turco-jalil/