La Casa de Floresta, un hogar con puertas abiertas al barrio

por | Ago 6, 2026

Lic. Noelia Atamian : “La restitución de derechos es para su futuro: van a egresar y tienen que poder llevarse una construcción diferente a la que traen”.

En octubre de 2024, apurados por una situación apremiante, la Asociación Civil DINNA (Derechos e Inclusión de Niñas, Niños y Adolescentes), instaló en pleno casco histórico de Floresta, en una bella casona cercana a la Estación y la Plaza Vélez Sarsfield, un hogar infantil conveniado y supervisado por el Consejo de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Ciudad. Poco después fue nombrada directora la Lic. Noelia Atamian, trabajadora social de 32 años, quien conduce un equipo de unas 35 personas dedicadas al cuidado de los chicos.

En una tarde nublada de julio fuimos con Claudina a conversar con ella a «La Casa de Floresta», donde viven doce niñas, niños y adolescentes institucionalizados por distintas situaciones de vulnerabilidad.

La Lic. Noelia Atamian se recibió hace diez años en la Universidad del Museo Social Argentino (UMSA). Trabajó en educación especial, en defensorías zonales del Consejo de Derechos, tuvo experiencia en penal juvenil, es líder de adolescentes y jóvenes en una iglesia evangélica y antes de asumir la dirección de este hogar ya había trabajado en otra institución similar.

Contanos del hogar

Es un hogar convivencial para niños, niñas y adolescentes de entre 3 y 17 años. Es el primer hogar de la Asociación Civil DINNA y abrió sus puertas en octubre de 2024. La apertura estaba prevista para más adelante, pero otro hogar cerró y hubo que recibir de inmediato a varios chicos que ya convivían institucionalizados.

¿Los chicos ya se conocían?

Sí. Salvo algunas incorporaciones posteriores, ya vivían juntos. Tenemos un máximo de doce cupos, que hoy están completos. Todos están alojados por una medida excepcional dispuesta por el Consejo de Derechos debido a situaciones de violencia, negligencia, abuso u otras vulneraciones.

A partir de allí, cada defensoría zonal trabaja sobre la situación familiar de cada niño. Algunos mantienen vínculo con familiares o referentes afectivos, otros están en situación de adoptabilidad y otros continúan distintos procesos. Cada historia es diferente y por eso también lo son las estrategias de egreso.

¿El hogar está financiado por el Gobierno de la Ciudad?

Sí. La ONG sostiene los gastos generales, pero existe un convenio con el Consejo que aporta un monto por cada chico para el funcionamiento del hogar. También recibimos alimentos y, en algunos casos, transporte para tratamientos médicos. Hay cosas que alcanzan y otras no. Por ejemplo, la leche líquida casi no llega y algunos alimentos vienen con dificultades, pero ese es el apoyo formal que recibimos.

¿Cómo es el trabajo específico con los chicos?

El objetivo de los hogares convivenciales es acompañar la restitución de derechos y ayudar a que los chicos puedan construir herramientas diferentes para su futuro.

Hay un equipo de operadores que convive con ellos las 24 horas, organizados por turnos, y un equipo técnico integrado por psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, nutricionista y un psicopedagogo referente escolar. Los profesionales no hacen terapia dentro del hogar, pero acompañan toda la dinámica cotidiana: la escuela, los tratamientos médicos, los conflictos de convivencia y la articulación con los equipos externos que atienden a cada chico.

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Todos realizan tratamientos en hospitales públicos, salvo alguna excepción puntual, y nuestro equipo mantiene un contacto permanente con esos profesionales para trabajar de manera coordinada.

¿Van a escuelas del barrio?

Sí. Tenemos muy buena relación con las escuelas. Cuando llegaron mantuvimos los establecimientos donde ya asistían porque era fin de año y venían de otro hogar. Después fuimos realizando algunos cambios por cuestiones de cercanía y organización.

¿Cómo llegan los chicos y qué perspectiva tienen?

Cada uno llega con una historia distinta. Aunque muchos ya venían de otros hogares y conocían esta dinámica, las experiencias que traen marcan profundamente la forma de vincularse.

Recuerdo a un chico que rechazaba cualquier muestra de afecto. Si intentabas abrazarlo se alejaba. Había sido abandonado en un hospital y cargaba muy fuerte la sensación de rechazo. Con el tiempo, trabajando junto al psicólogo, fue cambiando. Hoy es él quien viene a pedir un abrazo.

Muchas de las dificultades que presentan tienen que ver con frustraciones y formas de relacionarse aprendidas en contextos muy complejos. Acá tratamos de que puedan expresar lo que sienten en lugar de reaccionar con violencia. Trabajamos mucho sobre las emociones, la escucha y la posibilidad de pedir ayuda.

Hace poco hicimos un taller de vínculos saludables con los adolescentes, donde debatimos distintos mitos y formas de relacionarnos. La idea es que puedan construir otras maneras de convivir, porque algún día van a egresar y queremos que se lleven herramientas distintas a las que recibieron en su historia.

Con los más chicos también trabajamos situaciones cotidianas. Hay una nena que se frustra mucho cuando tiene que esperar y vamos acompañándola para que pueda tolerar esa espera. Otra tuvo un retroceso en el control de esfínteres y trabajamos para que pueda decir lo que le pasa sin vergüenza y que sus compañeros aprendan a cuidarla, sin burlas.

Vemos avances muy importantes. Algunos procesos tienen retrocesos, que forman parte del aprendizaje, pero también tenemos adolescentes que ya participan de proyectos de autonomía.

¿Qué son esos proyectos?

Buscan prepararlos para la vida adulta. Uno de nuestros chicos cumple 18 años en noviembre y probablemente deba pasar a otro dispositivo. Con él trabajamos cuestiones muy concretas: cocinar, manejarse en transporte público, sostener hábitos de estudio e higiene y desenvolverse con mayor independencia. También participa en talleres y espacios del Ministerio Público Tutelar.

¿Después de los 18 años continúa el acompañamiento?

Sí. Existen programas que brindan apoyo económico a quienes estudian o necesitan iniciar una vida independiente. También hay dispositivos para mayores de 18 con otra dinámica, donde tienen más autonomía y responsabilidades. La idea es que lleguen a esa etapa con la mayor cantidad posible de herramientas.

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¿Terminan el secundario?

Mientras viven en el hogar, la escolaridad es una prioridad. Muchos llegan después de largos períodos sin asistir a la escuela o con trayectorias muy irregulares. Nosotros garantizamos ese derecho. Incluso estamos evaluando que este adolescente permanezca hasta diciembre para que pueda terminar el secundario antes de afrontar otro cambio tan importante.

Como en cualquier grupo, hay chicos que disfrutan de ir a la escuela y otros a quienes les cuesta más.

¿Cómo son recibidos por sus compañeros?

Hay experiencias muy lindas. Algunos son invitados a cumpleaños y participan de actividades con sus compañeros.

También aparecen situaciones de discriminación. A veces les dicen «huérfano» o los cargan porque viven en un hogar. Cuando crecen, algunos prefieren que nadie en la escuela sepa dónde viven. Nosotros trabajamos para que entiendan que no hay nada de qué avergonzarse y, cuando ocurre alguna situación de este tipo, la conversamos con las docentes para abordarla con el grupo.

¿Cómo los recibió el barrio?

Muy bien. Hubo alguna situación aislada con vecinos cuando una de las chicas tuvo una crisis de salud mental y alguien pensó en llamar a la policía. Después de explicarles lo que ocurría, lo entendieron perfectamente.

Ahora estamos preparando unos folletos para contarle al barrio qué hacemos, porque es lógico que alguien se preocupe si escucha gritos sin saber de qué se trata.

Con el tiempo se fueron generando vínculos muy lindos. En la plaza ya nos conocen, algunos vecinos nos acercan golosinas para los chicos y siempre encontramos buena predisposición. Es un barrio tranquilo y muy solidario.

Además Floresta tiene mucha tradición comunitaria…

Sí. Trabajamos mucho con el Club Mano a Mano, que recibe a algunos chicos y también nos presta sus instalaciones cuando las necesitamos. La Asociación de Fomento Manuel Belgrano nos cedió su salón para celebrar los quince años de una adolescente e intentamos que fuera lo más parecido posible al festejo que ella soñaba.

También una biblioteca del barrio nos dona libros y hasta están tejiendo mantas para los chicos. En general sentimos muchísimo acompañamiento de la comunidad.

Si algún vecino quisiera colaborar con el hogar, ¿de qué manera podría hacerlo?

Hay muchas formas. Estamos armando un grupo de voluntarios porque a los chicos les hace muy bien recibir visitas. Compartir una merienda, acompañarlos a la plaza, jugar con ellos o simplemente pasar un rato es muy valioso.

También recibimos donaciones. Siempre necesitamos leche larga vida, ropa -sobre todo para varones de entre 11 y 17 años, en talles grandes-, juguetes, sábanas, toallones, utensilios de cocina, muebles y distintos elementos para la casa. Todo suma.

En distintas oportunidades vecinos e instituciones nos ayudaron de maneras muy diversas. Una iglesia vino a pintar las paredes, peluqueros y barberos colaboran con cortes de pelo, técnicos arreglan computadoras y muchas personas aportan tiempo o conocimientos. Para los chicos, que alguien venga especialmente a compartir con ellos tiene un valor enorme.

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Estamos además reacondicionando los patios para que sean espacios más lindos y habitables. La casa es alquilada, pero queremos que ellos puedan disfrutarla lo mejor posible.

¿Los chicos realizan paseos o actividades recreativas?

Sí. A veces dependemos del transporte para organizar algunas salidas, pero tratamos de que puedan participar de muchas actividades. Ahora la mayoría está en la colonia de vacaciones del Polideportivo Pomar.

Además, algunos tienen referentes afectivos a través del Programa Abrazar, del Consejo de Derechos. Son personas que, luego de un proceso de evaluación, acompañan a un niño de manera sostenida. Para ellos significa muchísimo. Esperan con entusiasmo esos encuentros y hemos visto cambios muy importantes desde que cuentan con alguien que los acompaña fuera del hogar.

También es una forma de que puedan construir vínculos propios y hacer actividades sin que todo pase siempre por la institución.

¿Y practican deportes o talleres?

Sí. Uno de los chicos juega al fútbol en All Boys y otro lo hacía en el Club Mano a Mano. Tres adolescentes participan del programa Adolescencia del Gobierno de la Ciudad, donde realizan actividades como robótica, vóley y canto. Otra chica asiste al Polideportivo Pomar y seguimos buscando nuevas propuestas para los más pequeños.

La idea es que todos puedan desarrollar alguna actividad extracurricular. Además, casi todos los días vamos a la plaza a merendar o jugar.

Imagino que también deben atravesar situaciones difíciles…

Sí. Tenemos dos chicas con patologías de salud mental que, en ocasiones, presentan crisis importantes. Algunas pueden resolverse dentro del hogar y otras requieren la intervención del SAME.

Hemos tenido experiencias muy diferentes, pero últimamente encontramos una mejor respuesta de los equipos de emergencia. También quiero destacar el acompañamiento de los policías de la Comisaría de Chivilcoy, que siempre actuaron con mucha sensibilidad. Procuramos que estén presentes para brindar seguridad, pero evitando intervenciones que puedan resultar traumáticas para chicos que, muchas veces, tuvieron experiencias muy difíciles con las fuerzas de seguridad.

¿Qué te gustaría decirles a los vecinos?

Primero, agradecerles. Desde que llegamos sentimos que la comunidad nos recibió muy bien.

A veces tenemos días complejos y puede haber algún episodio que altere la tranquilidad del barrio, pero detrás de eso hay chicos atravesando historias muy difíciles y tratando de salir adelante.

Nos gusta que los vecinos los conozcan, que los saluden y que sepan que este hogar forma parte del barrio.

Y, por supuesto, toda persona que quiera colaborar será bienvenida. Cada aporte, por pequeño que parezca, mejora la vida cotidiana de los chicos y les demuestra que hay una comunidad que los acompaña.