Carlos Clérice: Primer ilustrador del Martín Fierro

por | Mar 5, 2026

Las ilustraciones de Clérice confirman el carácter popular de la obra, y a su vez sientan las bases de la litografía en el país, un arte para la reproducción de ilustraciones.

Un hombre cruza a media tarde una lejana calle de tierra con una carpeta con dibujos bajo el brazo, para mostrarle sus ideas a un poeta que ha decidido adornar su libro de inminente aparición. Es Carlos Clérice visitando a José Hernández en 1879. Clérice ilustró “La vuelta de Martín Fierro”, que aparejó hasta 1898, las diez láminas que le significaron ser el primer libro argentino ilustrado. Clérice fue destacado dibujante, litógrafo, y caricaturista argentino, que había nacido en Buenos Aires hacia 1860. Su hermano Justino fue precursor de la música argentina y compositor de relieve en París. La vuelta de Martín Fierro, su obra más famosa, fue editada por la Librería del Plata, aunque realizó también numerosas láminas litografiadas que representan retratos, paisajes y escenas de costumbres argentinas. 

Lo imaginamos, entonces, cruzando una calle de tierra, llevando bajo el brazo los bocetos que Hernández aprobaría para su publicación en La Vuelta.
La obra de José Hernández el creador de Martín Fierro, consta de dos libros que ya forman parte de nuestra identidad argentina. La  escribe en el contexto de la campaña al desierto, época en que la dirigencia conservadora había elaborado un plan estratégico y organizado para diezmar a la población indígena, con la convicción de la exterminación del componente indígena era necesaria para el establecimiento de la nueva nación.

El gaucho, era el criollo, nacido de la mezcla de etnias, identificado como el nuevo nativo, criado en la intemperie del campo, experto en el lazo para la doma o la cacería de ganado, artesano soguero, trenzador de fustes y aperos para los caballos. Durante la campaña al desierto fue tildado de mal entretenido y despreciado por su humilde origen, casi siempre hijo natural, criado de madre sola. Durante muchos años estuvo a expensas del ejército, que lo obligó a plegarse como militar en los fortines.

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José Hernández era un estanciero rico, periodista y literato, que gracias a su mirada sensible, reconoció al gaucho en su idiosincrasia, como la síntesis del ser argentino.

Un mensaje de confraternidad  y  de amor a nuestra tierra, trasciende en su obra, lo transforma en un símbolo y así  da forma a la primera y auténtica literatura argentina.

El gaucho Martín Fierro editado en 1872 (también conocido como “La ida”), tiene como argumento la siguiente historia: Fierro es un gaucho que vive de changas al que el Estado lo obliga a trasladarse a un fortín para parar el advenimiento de los malones. En ese traslado pierde su casa, sus pertenencias y, sobre todo, a su familia. En determinado momento, al no recibir ningún tipo de paga por sus servicios, decide desertar del ejército y volver a su rancho. Cuando llega, no hay nada. La mujer, empujada por la penuria económica, ha decidido buscar otros horizontes. Así es como Fierro se encuentra en una situación de ilegalidad y soledad y se convierte, casi contra su voluntad, en matrero.

El texto es tan fundamental en nuestra historia porque, más allá de la belleza contenida en cada una de sus páginas, es una protesta concreta contra la política de Sarmiento (en ese momento presidente de la República), de reclutamiento forzoso de gauchos para obligarlos a formar parte del ejército.

Con el tiempo, Leopoldo Lugones definió al poema como “el libro nacional de los argentinos” y le adjudicó al gaucho el rol de representante genuino del país, una especie de emblema de argentinidad.

La mayoría de las obras de arte del siglo XIX han sido escritas por artistas de la clase conservadora, quienes por su acomodada situación podían acceder a la educación. 

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Al parecer “El Gaucho Martín Fierro” (Buenos Aires, 1872) no llevaba ilustraciones. Pero al salir la segunda parte “La vuelta de Martín Fierro” (Buenos Aires, 1879), traía diez láminas que el autor mismo calificó como “una mejora”. Explica Hernández en su prólogo que habían sido “dibujadas y calcadas en piedra por Carlos Clérice, artista compatriota que llegará a ser notable en su ramo, porque tiene escuela, sentimiento artístico y amor al trabajo”

Efectivamente, Clérice interpretó con claridad y sentimiento lo descrito en el poema. Sus láminas conservan un tono edificante y didáctico. Son cuadros costumbristas, que ilustran sobre los gustos, costumbres e indumentaria de la época del poema, la segunda mitad del siglo XIX. El pueblo argentino sintió enseguida el valor nacional de la obra.

Hernández había querido hacer “un libro destinado a despertar la inteligencia y el amor a la lectura en una población casi primitiva”.

Al observar las imágenes, dibujadas, podemos tener noción de cómo fue la vida en nuestro país, ya que por el siglo XIX, los gauchos fueron la mano de obra barata de los sectores ganaderos, unas pocas familias ricas que moldearon la economía de esa época.  

La obra es el reflejo de la incipiente clase trabajadora que, como peones de campo, los gauchos fueron adquiriendo entidad y hasta la conquista de algunos derechos laborales, por ser uno de los primeros gremios establecidos. Por eso Martín Fierro es un libro que hoy se hace necesario releer, identificar las penurias que tuvieron que enfrentar nuestros ancestros criollos, para que las futuras generaciones pudieran tener  acceso a la educación, la salud, el trabajo o la vivienda, que tanto les costó forjar a ellos. Un esfuerzo que aún llegado el siglo XX, no recibía frutos.  

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Hoy, siglo XXI ya, vemos con angustia, la cercana posibilidad de perder lo conquistado con la nueva ley de reforma laboral. Por eso rever la historia es tan importante para tener memoria.

Las ilustraciones de Clérice confirman este carácter popular y son testimonio de nuestro pasado reciente. 

Y a su vez sientan las bases de la litografía en el país, un arte para la reproducción de ilustraciones.