Hace un par de semanas, a la salida de una escuela de la Comuna 9, una chica fue rodeada por un grupo de jóvenes. Eran muchos. La golpearon hasta dejarla en el piso y terminó en el hospital.
Hubo denuncias, versiones cruzadas, familias enfrentadas. Quién empezó. Qué había pasado antes. Qué sabía una escuela. Qué sabía la otra. Hasta dónde debía intervenir cada colegio.
No haré de juez, me faltan elementos y para lo que quiero decir tampoco los necesito. Porque hay una imagen anterior a todas esas discusiones: Una chica en el piso con muchos alrededor.
La violencia empieza mucho antes del primer golpe, empieza cuando dejamos de reconocer al “otro” como un “otro legítimo”.
Pero cuidado. No estoy proponiendo una sociedad sin conflictos… Todo lo contrario, Una comunidad viva tiene conflictos, broncas, intereses distintos, injusticias y muchas contradicciones. Muchas.
Algunas podremos resolverlas, con otras tendremos que aprender a convivir.
Hace muchos años estudié teatro con Carlos Rivas. En ese grupo teníamos discusiones interminables sobre arte, estética, la sociedad, pero las más feroces eran sobre política. Algunos se agotaban, yo sin saberlo, me estaba entrenando.
Porque había reglas: Podíamos llevar una discusión hasta el límite.
Pero no valía la agresión física y no valía atacar personalmente al otro.
Podías destrozar su idea, cuestionar su trabajo, decirle que estaba completamente equivocado.
Y había otra regla: No te podías ir.
Porque si te ibas, se terminaba el juego, había un pacto.
Podíamos estar profundamente enfrentados y seguir siendo parte de lo mismo.
Hace un tiempo una vecina mensajeó para contarme, indignada, que unos muchachos habían “vandalizado” la plaza con pintadas. Creo que esperaba que yo también me indignara.
Pero resultó que a mí me indignan otras cosas, por ejemplo, cómo están vandalizando nuestros barrios: Donde había hermosas casas hay persianas sin identidad, calles por las que durante el día no se puede andar porque son un bolonqui de gentes, carros, camiones, micros, contenedores, carga y descarga. Ruido. Tránsito. Un caos irrespirable para los vecinos que todavía viven ahí.

Y entonces pienso en aquella palabra: Vándalos.
¿Quiénes son los vándalos? ¿Los pibes que pintaron una pared o el piso de la plaza? ¿Y nosotros quiénes somos, la “gente de bien”? Esa expresión preocupa. La “gente de bien” parece una frase inocente… Pues no lo es. Si yo soy “gente de bien”, alguien queda necesariamente del otro lado.
Los buenos y los malos. Los que pertenecemos y los que sobran. Los nuestros y los otros.
Y cuando “el otro” deja de ser vecino, compañero, adversario, contradictor… cuando deja de ser alguien con quien tengo que seguir viviendo, se hace mucho más fácil empujarlo afuera.
Y ahora tenemos además una herramienta formidable para hacerlo: El telefonito.
Ese juguete inseparable que llevamos todo el día en la mano. El teléfono celular sabe qué nos gusta y también aprende qué nos da bronca.
Qué nos indigna, a quién no soportamos. Y el algoritmo nos da más: Más bronca. Más indignación. Más razones para tener razón. Más gente que piensa como nosotros y más enemigos.
Podemos vivir a veinte metros de distancia y habitar mundos completamente distintos.
Hace un mes, en una entrevista, le preguntamos a Héctor Alvarellos: ¿Quién gana con la fragmentación? “LOS QUE HACEN LOS NEGOCIOS”- contestó.
Porque mientras nosotros discutimos quién es el vándalo, quién es la gente de bien, quién tiene derecho a pintar una pared, quién piensa como yo y quién merece mi desprecio, otros hacen los negocios.
Y nosotros perdemos algo mucho más difícil de recuperar que una pared pintada, perdemos comunidad.
Por eso no hay que tenerle miedo al conflicto. Necesitamos discutir. Necesitamos nuestras contradicciones. Necesitamos incluso a ese tipo insoportable que nos obliga a preguntarnos si estamos tan seguros de tener razón.
El conflicto también puede hacernos crecer, pero necesitamos reglas.
Yo aprendí algunas en aquel grupo de teatro: No se pega, no se ataca a la persona y no te podés ir.
Porque construir comunidad no es eliminar el conflicto, es impedir que para resolverlo necesitemos eliminar al otro.
Así que discutí conmigo, contradecime.
Decime que estoy equivocado.
Enojate.
Yo también me voy a enojar.
Quizás mañana descubramos que tenías razón, o yo o ninguno de los dos la tenía del todo.
Pero quédate, no te podés ir.
Porque mientras podamos seguir sentados alrededor de la misma mesa,
todavía existe un nosotros.





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