Floresta y su mundo
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Martes 17 de Octubre de 2017

Ensayos, Cuentos y Poesías

 

Floresta y su mundo

Sim, eu poderia abrir as portas que dão para dentro
Percorrer correndo os corredores em silêncio
Perder as paredes aparentes do edifício
Penetrar no labirinto. O labirinto de labirintos
Dentro do apartamento
Sim eu poderi aprocurar por dentro a casa
Cruzar uma por uma as sete portas,as sete moradas
Na sala receber o beijo frio em minha boca
Beijo de uma deusa morta
Deus morto,fêmea de língua gelada
Língua gelada como nada
Sim, eu poderia em cada quarto rever a mobília
Em cada uma matar um membro da família
Até que a plenitude ea morte coincidissem um dia
O que aconteceria de qualquer jeito
Mas eu prefiro abrir as janelas
prá que entrem todos os insetos

Janelas abertas n°2 (Caetano Veloso)

Cuando confundo los caminos, suelo recordar que la época de los griegos era mas fácil. Nadie cuestionaba los mitos, todas las historias tenían un final, los dioses una influencia plena en la vida de los hombres; quienes creían, temían y los amaban verdaderamente.
Y los monstruos vergonzantes se guardaban en lugares simples, como el que se construyó en Creta pero se encontró en Cnosos. Un camino sin bifurcaciones,  único, que nos lleva inevitablemente hacia el centro; donde siempre nos espera  nuestro propio mito.Ese espejo que nos refleja íntimamente, en el blanco mismo de nuestro destino. Ni el hilo de Ariadna podrá salvarnos, pues sólo nos marca  la vida pero se pierde en  la muerte. Justo cuando empezamos a volver.
Una ruta circular y maldita, de visiones ciegas, de gustos extraños. Un empate eterno, un ovillo de cabellos infinitos. Una marioneta perdida en el callejón de un oráculo que profetiza o cuenta historias ya vencidas y un monstruo en el espejo que se parece demasiado nosotros. Un engendro que es demasiado humano para ser un títere y muy domado  para ser un animal.
Dos pasillos a la derecha  y uno a la izquierda de Dios, separados por la exacta distancia que existe entre la tumba de Anibal Troilo y Carlos Gardel. Pan y queso de los muertos. Piedra libre para todos los genes que están detrás de la primera curva, la que va del centro hacia los márgenes.
Un perdedero final, como el de Dédalo, cárcel y tumba de Icaro. Uno infinito, con perspectivas que cambian la escena, cuando cae el telón. Mudan, se contagian, se leen igual del derecho y del revés.
Cuando confundo mis propios caminos inextricables, siempre busco el comienzo, el principio de este carretel interminable. Entonces entro en mis propios senderos de Mazes, inconclusos y sin salida, de formas barrocas, manieristas; de ramificaciones de infinitud predecible. Rusos, ingleses, medioevales y modernos.
Pero siempre, en el centro de mi angustia, me veo atravesando la puerta con Teseo o llegando al fin con el Minotauro.

E-mail: elbuhoverde@hotmail.com

 

El Buho verde, es el seudónimo con el que se conoce a Claudio J. C. Fleitas. Claudio tiene 45 años, es licenciado en Tecnología Industrial y vecino de Floresta (Rivadavia y Candelaria). Hace más una década que escribe formalmente, ha recibido muchísimos premios por su trabajo y colabora permanentemente con la Revista Floresta y su Mundo.

 

Floresta y su mundo

Te preguntas, mi Lucía, querida nieta que vives tan lejos: ¿Cómo hacíamos las compras? ¿A qué jugábamos? ¿Qué hacíamos sin tele ni compu? ¿Sin calculadora ni celular, sin fotocopiadora ni juegos electrónicos?
Todo ocurrió en Buenos Aires... hace una pila de años... Es cierto que no había shoppings ni supermercados. Pero pasaban por la calle, diariamente, diferentes marchantes: De mañana, el verdulero-frutero voceaba desde su carro tirado, por un caballo:
-¡Durazno a cuarenta el cien, Patrona,! A cuarenta el cien lo “durazno”'! Tan rico lo "durazno"! Y las señoras se acercaban a comprarle.
También pasaba "el turco" mercero con su canasta al hombro: -¡Hilos, lanas, agujas, cintas," buntillas para bendeeer...!”
El que nunca faltaba era "el hombre de la bolsa", el que no vendía nada, pero cuya presencia silenciosa y taciturna nos daba miedo y nos hacía esconder... ¿Qué llevaría en la bolsa? Nunca supimos, pero siempre imaginamos ¡lo peor...!
Lo más lindo de todo, era cuando pasaba el barquillero.:
Tirulíiín, tirulíiín! Sonaba una armónica y todos los chicos que conseguíamos una monedita, corríamos hasta la esquina, al sonido del pregón:
- ¡Barquilloo! ¡Barquilleeerooo!
El depositaba en el suelo su cilindro de metal casi mágico: arriba, en la tapa, una aguja y números nos iniciaban en "la timba": casi todos eran el “1” algún “2”, un “3” y un “5”". Después de darle la moneda, hacíamos girar la aguja y terminábamos, todos y cada uno, comiendo "un" barquillo, tanto más delicioso por ser único.
A casa, tempranito, llegaba el lechero. Atravesaba la puerta de hierro, que estaba sin llave y llegaba hasta la puerta de la cocina, al fondo: -Lecherooo!
Era un vasco alto y fornido, de bombacha y boina negras, faja a la cintura y alpargatas. En la mano derecha un tarro grande, con leche, en la izquierda uno de litro, con marcas indicadoras.
El panadero y el carnicero también traían su mercadería a casa. Era una época de puertas y corazones abiertos. Gente de confianza y puntual.
Se compraba al día porque las heladeras eran como una mesita de noche con una palangana abajo. Arriba, 0,10 de hielo envuelto en arpillera, comprado en "La Morocha" o al hielero, diariamente.
No había kioscos, pero pasaban los heladeros, en verano, a la hora de la siesta: -¡Laponia helado! ¡Helado Laponia!" y también: ¡Noel helado! ¡Kelito helado! Y, los que "podíamos", pedíamos permiso y 0,10: ¡Corríamos! ¡el bombón helado era "super"!
En la esquina de Morón y Bahía Blanca, estaba el almacén de José García, que vendía al contado y "con libreta"- crédito basado en la más pura confianza. Algunos domingos, si el tiempo era bueno, íbamos al "Parque Avellaneda". Es, todavía, un lugar precioso, con árboles de diferentes especies que perfuman el aire, se llenan de pájaros y dan alegría al corazón. Allí un vivero brindaba y brinda diferentes especies botánicas a las plazas de Buenos Aires. Dos actividades hermosas eran -y son- hacer un delicioso pic-nic bajo los árboles y pasear en el trencito. He llevado a mis hijos y alguno de mis nietos allí. Cuando no llovía y hacía calor, algunos vecinos, de nochecita, sacaban sillas, o sillones de mimbre, lo que tuviesen, para aprovechar la fresca. Y los chicos nos asomábamos a la puerta para charlar en el umbral.
-Ché, Mabel, apúrate a secar los platos! ¡Sécalos de a dos!- Le decíamos a nuestra amiga, Nelly y yo. Otras veces, papá y yo nos sentábamos en el patio del frente, cerca del árbol cargado de mandarinas, cada uno en su reposera -la mía era chiquita- a escuchar el canto de los grillos, a mirar las estrellas, o, a veces, a los bichitos de luz que encendían y apagaban sus faroles entre la sombra del follaje perfumado. Mamá prefería charlar por teléfono con la Tía Chicha: teníamos suerte, el teléfono no era medido...y charlaban largo y tendido contándose las cosas de la familia y pasándose recetas de cocina.
Me estoy acordando de algo muy importante: De noche cerrada, los agentes del orden (los vigilantes) tocaban el silbato mientras hacían "la ronda": Fiúúú  ¡fiúúú!
Y otro, más lejos, le respondía-: Fiúúú! Fiúúú!. Dormíamos entonces tranquilos, sabiendo que estábamos cuidados. Sin embargo, Mamá tenía un silbato de policía sobre la mesa de noche, por las dudas... Nunca se usó. Yo lo tengo guardado, de recuerdo.
Y entre los recuerdos están también, con sus sabor y su aroma, las comidas que hacía Mamá: sobre todo, la "tortilla quemada", que era todo un espectáculo: Mamá acercaba un fósforo encendido, después de rociar la tortilla con "algo" y las llamas zigzagueaban locamente sobre el postre, hasta que el incendio se extinguía ante nuestros ojos expectantes y ávidos ¡sensacional! También el dulce de leche, que era chirlito. Me encantaba "raspar la cacerola", cuando no le tocaba a Pedrito...
 Como la casa era grande, tuvimos varios perros, el más querido: Pinchún, un perro de policía negrísimo que vino, de chiquito, en el bolsillo del saco del Tío Guillermo. De grande, tenía tanta fuerza que, un día que entró un extraño -al perro lo estaban bañando atado a una canilla- arrancó canilla con pared y todo... y el hombre salió disparando para nunca más volver.
A Papá le gustaban mucho los pájaros. Teníamos un canario, Tilín, que nos despertaba todas las mañanas con sus hermosos trinos.. ¡lindísimo! Papá viajaba. De uno de sus viajes trajo ¡un chimango!. La verdad es que al único que le gustaba era a Papá. No cantaba y nos pareció feo. Nada que ver con Tilín... Sin embargo, andaba suelto y parecía haberse domesticado. Pero un día en que volvíamos con Mamá de casa de los Abuelos... ¡un espanto! La jaula de Tilín, que había quedado en una gran pileta de lavar vacía ¡tenía la puerta abierta! Tilín, por ninguna parte. El chimango, muy nervioso, se paseaba de  aquí para allá sobre el borde de la pileta.
 -¡Te lo comiste!, gritó Mamá levantando sobre el pájaro la primer escoba que encontró. Era, seguro, para amenazarlo nomás, pero la escoba solita se bajó y ¡se murió el chimango! Mamá estaba desesperada: ¿Qué iba a decir su marido? El, que amaba tanto a los dos animales...
Ella nos advirtió muy seriamente: -No le digan nada a Papá; yo se lo voy a contar des-pa-ci-to.
Pero cuando el pobre Don Pedro (Papá), apenas tocaba la puerta de entrada, Pedrito - estómago resfriado él- gritó: -¡El chimango se comió al canario y Mamá mató al chimango!
Papá, que era siempre mesurado y tranquilo, tiró su rancho nuevo al suelo, se quitó el saco con furia, lo puso en un respaldo y gritó: -¡La tijera! Mamá se la alcanzó y él, mientras se arremangaba la camisa a rayitas, dijo:
-El pobre bicho no fue, ¿no ves que no hay ni una pluma?
Con la tijera le abrió la panza (pobrecito, después lo enterramos): -No se lo comió nada, mujer. El canario no puede estar lejos. Y salió a buscarlo nomás. En la casa del policía, a unos metros de la nuestra, el chico le avisó: -Ahí está, arriba de la palmera.
Les cuento que Papá, que por aquellos días estaba en la Tesorería del F.C.O., andaba siempre con sus zapatos negros lustradísimos y nunca se subía ni a un banquito. Pero, ante la diversión del vecindario por su torpeza, empezó a treparse al árbol. Ahí estaba el canario. Ya casi lo tenía, cuando, por el techo, se acercó, amenazante, un gato. Tilín, que no era tonto, se voló. Papá, despeinado y contrito, bajó y le dijo al chico:- Haceme el favor, a ver si vos podés...
Al rato, mientras Papá tomaba mate en la cocina, ya bañado, en piyama y chancletas, vino el pibe, con su paquetito tibio. Papá le dio un besito a Tilín y  otro al chico. Lo puso en su jaula- a Tilín- con agua fresca y zanahoria. Y una hojita de lechuga. Al hijo del vigilante le dio una suma fabulosa: ¡un peso!
Todos contentos, nos fuimos a dormir. Pero el susto había sido mayúsculo y Tilín no pudo ¡corazón de pajarito! despertarnos más. EI, parecía que dormía. Lo enterramos junto al chimango, que quizás sólo quiso que pudiese volar. La ceremonia fue triste y silenciosa. Inolvidable.
Esto que le pasó al canario, Lucía, le pasa también a los seres humanos: aquel que se acostumbra a vivir en muy estrechos límites, no sabe ni puede después vivir en libertad.
Te sigo contando sobre nuestras actividades diarias: de tarde, después de los deberes: rayuela o patrón de la vereda... o pisa pisuela color de ciruela... Juegos activos, alegres y comunitarios, con las chicas de la cuadra.
Otras veces, con Nelly, en la parte ancha del corredor cubierto, "hacíamos" que era la escuela. Yo tenía un pizarrón grande y tizas. A veces era la maestra; otras, la alumna.
Un banco largo y blanco, de madera, era un barco en el que navegábamos mi hermano y yo. Los remos, ¡las escobas!
Te voy a contar algo muy lindo: los amigos de al lado, los franceses, me habían regalado un "guignol" y títeres. El espectáculo era soberbio cuando venía la tía Rosita, modista durante la semana, titiritera, para nosotros, los domingos. Ella, Rosita, nos avisaba el sábado si estaba libre, para que nosotros le dijésemos a nuestros vecinos. En el corredor del fondo, ancho y techado, provisto de un toldo lateral por si llovía, nos acomodábamos sobre el piso embaldosado en rojo, sobre almohadones, bancos y sillas.
Rosita, seria y divertida al mismo tiempo, se hacía cargo de nosotros mientras papá y mamá salían un rato a pasear. Te juro que no los extrañábamos.
Rosita instalaba el retablo. Detrás ponía una bonita caja de sombreros llena de títeres. Como ella vestía novias, madrinas,"niñas de quince", etc., guardaba siempre elegantes "retazos" con los que engalanaba a sus queridos artistas, que adorábamos: "Cocoliche", charlatán y chismoso, vestido de colores vivos, muy extravagante él, nos divertía; Facundo, que llevaba un rarísimo uniforme con mucho dorado -¿sería policía?- y Plata, un pez hermosísimo. Este último tenía su origen en un vestido "de lamé" de una madrina. Era plateado, con dientes de perla -de un traje de novia- y ojos de azabache, recuerdo de otra madrina. Plata nos relataba historias de piratas, de aventureros que buscaban tesoros y se encontraban con sirenas. Con intriga, suspenso y acción. Había también una sirenita, un pirata y una princesa.
A veces la sirenita cantaba -la Tía Rosita tenía muy linda voz-, el pirata se enojaba, la niña hermosa lloraba y Facundo llegaba para salvarla. Todos aplaudíamos a rabiar. Después, café con leche o chocolate y bizcochos. ¡Qué tardes aquellas! Para no olvidar!
Te cuento que en una época tuvimos, en el fondo, un gallinero, con un solo gallo. Cantaba divinamente a la mañana, para despertarnos.
En el fondo había también un limonero, una planta de palam-palam -para la salud- nunca la usamos, debíamos de ser muy sanos- y otra de ruda, para la suerte. No sé si se usó.
Llegaron mis quince años. Fecha memorable. Mamá hizo empanaditas y las masitas y sándwiches eran de ¡" La Mignon"! ¡tan ricos! Parientes y amigos fueron invitados. Las chicas vinieron acompañadas por sus padres, hermanos o primos. Se bailó gracias al "wincofón", jazz, tango, bolero y ¡hasta conga!. Para los jóvenes, bebidas sin alcohol. No existían las gaseosas. Las señoras, mi abuela Adelaida entre ellas, sentadas todas contra la pared. Y mi abuela se rió a carcajadas cuando el Cholo, mendocino él, se derrumbó de fatiga y se sacó un zapato, dejando ver una inmensa "papa" en la media. ¡Nos divertimos tanto!
Estuvo también el romántico "Baile de los corazones": corazones de cartulina, de papel glacé colorado de un lado y en el otro, escrito con tinta roja sobre blanco, pensamientos tales como: "una hora junto a ti es un segundo...; un segundo lejos de ti es una hora" o "amor... con amor se paga". El corazón, recortado de manera irregular, tenía sólo la mitad del pensamiento y estaban repartidas la primera mitad entre los muchachos, la segunda entre las chicas. Los quince años fueron hermosos, pero... los diez y seis trajeron muchas cosas tristes. Elenita se mudó más lejos: estudiaba canto en el Colón. Mabel se caso, "casi una nena, con uno de los muchachos de Quevedo, de a la vuelta de casa y se mudó a Castelar.
Lo peor sucedió un 24 de diciembre. De la casa grande de los Caussi partió un alarido feroz. Era de Sara, la mamá de Nelly, porque su niña, mi amiga del alma, se había ido al cielo, víctima de un problema cardíaco que entonces no se resolvía, como ahora, por medio de la cirugía. Por varios años no pude armar el arbolito de Navidad, para festejar como antes, porque me dolía demasiado la ausencia de mi "compinche" de la infancia y adolescencia.
Me puse de novia y me casé. Mi primogénito fue tu padre, Fernando.
Después... otra hija, luego la viudez prematura, mucho trabajo y, casi sin darme cuenta, nietos y bisnietos. Ahora, tras muchos años, vivo en un pequeño departamento, en mi mismo querido barrio.
 Yo he cambiado mucho. El barrio también, pero conserva ese su encanto casi pueblerino y muchas casas antiguas como fuera la mía, con jardín al frente, perfume a jazmín y verja de hierro. Algunos vecinos de antes se fueron del barrio, otros, aún más lejos, pero hay nueva gente cariñosa y solidaria.
La Plaza Vélez Sársfield sigue brindando la sombra de sus añosos árboles. En muchas calzadas piso los mismos adoquines de mi infancia. Disfruto mis lugares queridos. Por eso puedo decir con verdad y alegría que, de los dones recibidos, no es el menor el de ser argentina y para más datos, haber nacido en Buenos Aires y vivido en este muy querido barrio de Floresta.
Te abraza y te espera para mostrártelo y caminarlo juntas. Eso sí, despacito.
Tu abuela que mucho te quiere y te recuerda todos los días...    

ALALILA.

Susana Casati es escritora, poeta y encantadora. Además es vecina de Bacacay al 3800

 

 
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