CUENTOS Y POESIAS DEL TALLER LITERARIO DE FEDRA

LEYENDA DEL CARUBAY
por Marta Ritondale
(cuento e ilustración)

Cuenta la leyenda que en lo profundo del bosque vive un extraño pájaro al que los aldeanos llaman Carubay. En las noches de fogón, los ancianos acostumbran narrar la leyenda a los niños del poblado. Y la comienzan recordando a  Kamye y sus dos hijos.
Ella, Kamye, trabajaba en los campos desde el alba hasta que se escondía el sol. Cada mañana recorría las calles del poblado sonriendo y cantando el dulce saludo tribal. Su voz, hacía recordar los amaneceres del verano cuando suaves y cálidas ráfagas acunan los campos de  espigas. Acentuaba su melódico tono un cascabel de semillas, sujeto con un  lazo verde a su cintura, que balanceaba al andar.

carubayCuando se unió a Miagy, el hijo menor del chamán, la ceremonia de la boda duró varios días. Rodeados de colores vibrantes, de música y danzas ancestrales los jóvenes cumplieron con los rituales que confirmaban su unión. Los dos eran muy apreciados y los pobladores  colaboraron en los preparativos de la fiesta. Las mujeres, en la confección de atavíos y dulces. Los hombres, fabricando los brebajes y recogiendo ramas para mantener encendido el fuego tribal. Los cazadores, faenaron toda la semana y  arrimaron al fogón un enorme jabalí y varias aves de presa, que junto a las frutas, los dulces y los elixires formaron el banquete que compartieron entre todos.

Después de la novena luna, nació el primero de sus hijos. El dios Anne, protector de ese día era aguerrido y estaba simbolizado por el color rojo. En su honor y como protección, el niño llevaría un lazo rojo atado siempre a su cintura. Cuando nació el más pequeño, el dios Cai protegía la Luna, un dios amable representado por el color amarillo, por lo que al niño nunca le faltó en su cintura un lazo de ese color.

La joven pareja cumplía los rituales pidiendo a los dioses la luz necesaria para guiar los pasos de sus hijos. En su casa nunca faltaron los cantos y las risas. Miagy era un hábil tallador y al volver de sus tareas solía sentarse junto al fuego y, mientras tallaba, contaba a los niños leyendas de la tribu y sus rituales. Cuando Kamye volvía de los campos, los niños  reconocían de lejos su delicada voz y sus dulces canciones y, entusiasmados, salían a su encuentro. Saltaban a su alrededor hurgando en las cesta de las semillas y las frutas, y se sumaban al canto de su madre mientras recorrían el camino de regreso.

Pasaron muchos veranos. Y fue en ellos que Miagy enseñó a sus hijos el arte de la pesca, a navegar el río y a ser buenos nadadores. Los niños admiraban a su padre y solían jugar a menudo con él en el bosque. Así fue, hasta que una noche de caza Miagy partió con otros hombres selva adentro y la fatalidad dió con él. Nunca entendieron en la tribu cómo un cazador tan avezado, pudo ser embestido por el enorme jabalí que dejó en su cuerpo la herida por la cual se fue su aliento. Apenas superado el dolor, Kamye volvió a sus tareas. Muy temprano a la mañana salía para los campos, dejando el cuidado de sus hijos a una anciana del lugar. Para ayudar a los niños a superar su tristeza volvió a cantar, pero su voz tardó mucho tiempo en recuperar el color que la caracterizaba.

Yayae, el mayor y el pequeño Migae eran intrépidos y aventureros. Jugaban casi todo el día con los otros niños del poblado, trepaban árboles y corrían largas carreras por el campo. Emulaban a los mayores practicando danzas tribales, lanzando ramas como si fuesen flechas, tal como les había enseñado su padre.  Las tardes calurosas las pasaban junto al río dando chapuzones y llenando de risas el aire. Yayae gustaba de asustar a su hermano todo el tiempo. Le contaba aventuras de criaturas fantásticas que habitaban el bosque y perseguían a los más pequeños, desplegando alas enormes con las que envolvían sus cuerpos y los elevaban a la cima del monte. Y para aterrar aún más al niño, mientras contaba, emitía el sonido que asemejaba un quejido de dolor, elevaba sus brazos al aire como garras y comenzaba a correr tras él.

Un día el pequeño, intentando escapar de esa temida escena,  trepó al árbol de laurel. Una rama endeble no resistió su peso y cayó al piso de tierra levantando una polvareda.
Todos acudieron a los gritos desesperados de Yayae. La anciana que los cuidaba, temblorosa, elevaba sus rezos al cielo, desesperada. El chamán, al instante, comenzó los rituales de sanación pero ninguno de los dioses invocados pudo devolver el aliento al pequeño. Yayae sintió cómo una flecha  de dolor se clavaba en su pecho ante el fatal destino de su hermano. Sus ojos se volvieron opacos y pequeños ríos comenzaron a surcar sus mejillas. Su rostro quedó deshabitado. No dejaba de pensar en su madre. Qué haría ella ante tanto dolor? Cuando la figura de Kamye y su voz inconfundible, asomó por el camino que la traía de los campos, un silencio ensordecedor bañó el poblado.
Ni un murmullo. Ni un suspiro. Ni un llanto contenido desfiguró el rostro de la madre. Como un tótem contemplaba la escena, fija la mirada en el cuerpo de su hijo. Por un instante pareció estremecerse, dió unos pasos, se arrodilló y tomó al pequeño entre sus brazos. Lentamente caminó hacia su casa. Yayae la seguía sin hablar cuando vió que el lazo amarillo de Migae, se deslizaba de entre las manos de su madre. Se apresuró a recogerlo, lo llevó hacia su pecho y  juró llevarlo con él toda su vida.

Pasaron los días. El verano se desvaneció en un otoño polvoriento y ventoso que arremolinaba las hojas amarillentas. Nada fue igual para Yayae y su madre. Él había perdido su énfasis y la sonrisa, que siempre enmarcaba su rostro, se fue borrando de a poco. Dejó de jugar con los otros niños. Pasaba largas horas contemplando el fuego familiar, acariciando entre sus dedos el lazo amarillo de su hermano. La madre, continuó con sus tareas sin volver a cantar jamás.  Nunca habló de su dolor.
Cuando llegaron las primeras neviscas del invierno Kamye advirtió, asombrada, mechones grises que pincelaban la cabeza de su hijo, y supo que el dolor y la culpa no darían un paso atrás. Y tampoco lloró.

Pasaron más inviernos. Yayae comenzó  a transitar los rituales que marcaban su pasaje a otra etapa de la vida. Pasar la prueba de supervivencia en el bosque, era el paso iniciático a realizar y debía prepararse para eso. Los hombres mayores y los ya iniciados, fueron sus guías. Sabía que lo esperaban días difíciles pero su padre ya le había hablado, cuando niño, de los peligros y los cuidados que debía tener en el bosque.
El primer compromiso tribal de los iniciados era el cuidado del gran fuego. Más  adelante pertenecer al clan de los jóvenes cazadores de aves y navegantes del río. Después de un tiempo comenzar a participar de la caza del jabalí. Y poder buscar esposa. Yayae sabía que esa era su obligación y la cumpliría, pero hacía mucho tiempo que la alegría y el entusiasmo lo habían abandonado.
Cuando llegó el día de la partida, saludó a su madre. Un fuerte abrazo los unió un instante, al separarse ella acarició su cabeza suavemente. Él comenzó a caminar y se internó en el bosque. Llevaba sólo su flecha, su arco y el lazo amarillo de su hermano puesto en bandolera. Nunca más regresó.

Tiempo después, cuando un pájaro gris con plumones amarillos en el pecho comenzó a merodear  por el poblado, echando al viento su canto como un quejido, los ancianos presagiaron que Yayae para calmar su inmenso dolor, pidió ayuda al  Dios Anne, quien compasivo, lo convirtió en el guardián del laurel, al que todos llamaron Carubay.

Carubay (def) pequeño pájaro selvático que anida en el árbol de laurel. Su plumaje es gris con plumones amarillos en el pecho. Su canto imita un quejido de dolor

PELIGRO DE EXTINCION
por Inail Rodité

ilust_inailHabía ido como corresponsal argentino a Bolivia, exclusivamente para hacerle un reportaje a Evo Morales, pero se había desencadenado la violencia, el país estaba en llamas, le habían hecho un golpe de estado. Insistiendo logré llegar hasta él. Me dijo: “Ponga en su diario que me voy a Méjico hasta que el pueblo se tranquilice y me llamen para nuevas elecciones”. Me despedí con un apretón de manos y un “hasta pronto”, que suponía más un deseo que una realidad. Decidí distraerme, la nota había sido un fracaso, pasaría por un bar de moda a superar el mal rato. Me encaminé hacia allí, las multitudes me cerraban el paso, los gases lacrimógenos envenenaban el aire. Con dificultad llegué al salón, donde flotaba otro clima. Allí me distraje. El cantante Yon Delay me conocía, esbozo un saludo desde lejos e interpreto mi canción favorita, que conocía muy bien. En lo mejor de esta reunión entró un grupo de personas con claras intenciones de desarmarla. Lo iban a lograr con gritos y empujones, todos mandaban allí. Junté mis apuntes y me fui al hotel. Una ducha y el envío al diario. El reportaje era breve pero elocuente, dejaba una clara impresión de lo que sucedía aquí. Luego iría al restaurante más prestigioso de la ciudad, alguna vez había ido allí. Llegué sorteando inconvenientes. Ya ubicado le pedí al mozo un pescado que había comido ahí hacía tiempo. Fui a consultar a la cocina, al volver me informó: “Señor ese plato ya no se sirve más. Está en vías de extinción y no se permite su venta al público. ¿Se va a servir otra cosa? Ante la duda, me levanté y me fui. Encaminé mis pasos nuevamente hacia el hotel, mi último refugio. Por fin me relajé. Comprendía que hay veces que es mejor quedarse en casa, aquel no era mi día. Una jornada gris, oscura y densa. Todo me había salido mal, un reportaje imposible, una visita a un bar desde el cual había salido en forma violenta por la fuerza, y finalmente la triste realidad de un pez en un restaurante. Ya era hora de ponerle fin a un día tan nefasto. ¡Hasta mañana! Me olvida decir que hoy es martes 13 ¿supersticioso yo?.

ASTILLAS
por Maby Ciaffone

astillas

Toma de rehenes. Un derrumbe. Un auto que se estrella en la avenida.

Muertes anónimas.

Y un catalán diría: Ets al mig com el dimecres
(Estás en el medio como el miércoles)
.

Dice alguien (que conoce mi nombre) que debería olvidarme del tuyo, y pensar en cosas importantes.

Una pandemia sorpresiva. El unabomber que se pudre en la cárcel. Calentamiento global.
Muertes anónimas.

Guardo una foto y  seis letras enredadas en la lengua.

Un suvenir con polvo de montaña suficiente para ocupar una casa entera, la cartera y los bolsillos.

Se derriten los glaciares. Los pandas nacen albinos. Otra mujer asesinada.
Muertes anónimas.

...El camarote del tren, la lluvia horizontal, las manos de arabesco, el sexo, las esperas de arena. Peleas, des-tratos, mails, confusiones; los pájaros negros que roban comida de las mesas, un perfume con nombre de advertencia, un Lorca auténtico, las huidas, los retornos, los gatos locos, los gatos mansos. Japoneses bailando, sake en vasitos de plástico;  El mate a las cinco de la mañana, unas piedras, dos pasajes, un capítulo de Rayuela, un número guiño de la suerte; una voz. Un viernes que te trajo, un lunes que te llevó.

Hubo más, y mientras tanto
Boca que besa no canta – dicen
Seguirán en sincronía los semáforos de una ciudad recordada para siempre.
El humo entrañable de la salamandra y las mentiras del invierno;  las tormentas de la primavera, un tatuaje invisible;  la risa, flores en pipa, los mensajes, cien mails, el desgaste, la furia, la paz armada.

Volverse un poco gato y curiosear el olor diferente de todas las camas.
     O volverse  perro fiel y dormir y dormir mientras afuera

 El mundo estalla, se desmorona, enferma, se desangra.

NUEVA YORK, SOUTHAMPTON
por Joaquín Aman

Mi barco, polvoriento y muy duro, se preparaba para cruzar el océano, más que un viaje lo vivíamos como una carrera. La referí vestía un camisón verde, nuevo, y le gustaba fumar mucho. Llevaba siempre su reloj alemán colgando del cuello. Ella revelaría si rompimos o no el récord.
Sabíamos, Rank y yo, que nuestro presupuesto era moderado, y nuestra tripulación, aún más austera. Nos sentíamos cosacos desde el penthouse, que hacía pocos meses habíamos alquilado en Nueva York. La habitación principal se convirtió en nuestra sala de operaciones, con el tiempo aprendí a convivir con la implacable obsesión por el orden de mi compañero. Era imposible sentarse sin estropear la simetría, pero con una mente tan inteligente como la suya, era preciso poner en juego toda mi diplomacia.

Me senté sobre una pila de libros y mapas a leer una obra de teatro para despejarme, sabía de los caprichos del océano Atlántico y como le gusta hacer berrinches si se enfría. El viejo Rank se me acercó eufórico, escucho en la radio que distinguieron entre la confusión de las olas gigantes monstruos amarillos con alas tan afiladas como la torre Eiffel de parís. Y sin advertir mi aspecto cautivo, me sonrió con el egoísmo de la libertad. Me acerque a la ventana, metí la mano en mi pantalón lleno de cigarrillos, encendí uno e intente hacer anillos de humo.

El constante baile de planes que hubo en mi cabeza las últimas semanas culminaba melancólicamente en la retina de mis ojos. Southampton nos esperaba.

A las seis de la mañana estábamos preparados para salir. Los sonidos metálicos de la carga cortaban al viento en dos. Yo podía vernos, llenos de popularidad y futuro. Las formalidades de la aduana estaban saldadas, solo la influyente presencia de la referí alemana oscurecía la jornada.

Te lo ruego, no reflexiones, no dejes que surjan dudas- me repetía en la cabeza, pero cuando la vi dispuesta a hablar, me sentí arrastrado a lo peor. En ese momento, mi suerte se decidió. Dijo: -Hijo, levántate, el baño finalizó.

HISTORIADORES
por Joaquín Aman

ilustjoaq2• Clara: Llegamos hoy a California. Ninguno de los licenciados a la vista y ningún telegrama tuyo. Aquí el calor me vuelve loco. Me parece que todo es muy caro, tengo un montón de pesos que cuando los cambias no valen nada. Realmente es peor que el desierto de Sahara, sudo como un perro. Tu H.

• Clara: Absurdamente fácil, pudimos llegar hoy a Washington DC. Estamos en los archivos de la biblioteca Estados Unidos. Buscamos la biografía de nuestro héroe nacional tristemente declarado traidor. Este lugar rebasa de policías e historiadores. Hay suficiente literatura y palabras para exponer su muerte como una tragedia prefigurada. Tu H.

• Clara: Encontramos entre la biografía del héroe un secreto que descubre de manera irrefutable el complejo laberinto de acusaciones y traiciones al que lo han condenado. En la biblioteca empecé a sospechar de K. Está más dramático, discutiendo y rezando. En estos tiempos de sangre y de palabras improvisadas, imagino morir por manos no desconocidas. Tu H.

• Clara: Descubrimos a los conspiradores. Eran historiadores, los mismos que inventaron excusas cuando resolvimos cuestionarles en la biblioteca. Dijeron que guionaron un balazo para redimir la memoria de su pueblo. Tal vez su confesión, también estaba guionada. Tu H.

• Clara: El azar hizo que viaje de nuevo a California. Donde me preparo para morir. Logré descifrar los planes perversos de K, quien, corrompido e inaccesible no dudó. Con una delicada bala simbólica me sentó en una biblioteca y dictaminó que debo replicarla libro por libro fielmente. Con paciencia voy a cargar con esta tarea invulnerable hasta la fatiga. Tu H.

Estos textos fueron creados en el contexto del taller Literario de la vecina Fedra Spinelli. Facebook: Fedra Spinelli

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® florestaysumundo.com.ar - Mayo 2020
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