Irina

link_guia90

tunelUNO

Ya no tenemos buzón en casa. Primero nos robaron la tapita de bronce, luego una de latón. Y en el barrio se comentaban cosas. Tapamos el agujero con una madera al tono: que nos costó una fortuna y era de plástico. Y ahí está hace años. Tantos como la ausencia de cartas. Pero, apareció una esta mañana debajo de la puerta.

Estaba dirigida a mí, José Pereyra. La firmaba un tal Valmort remitente desde una dirección conocida, tanto sospechosa como maliciosa. Catalogué así nomás la carta sin enterarme de lo bueno o malo de la letra. Pesaba un poco más que cualquiera que yo recordara y esto me llevó a leerla. Lo que me pedía el tal Valmort era complejo desde muchos puntos de vista y dudé si contestar con un rotundo y airado no. Me frenaba la oferta que se me hacía a cambio. Y la oferta era en dólares. Muchos, pero muchos dólares. Además, el resto de la información que contenía la carta, indicaba que no se trataba de una broma. Creo necesario puntualizar, que vivo a unas cuantas cuadras de la cárcel de Devoto. Mi duda no era la cantidad de cuadras, ni la cantidad de dólares, sino la cantidad de metros exactos que separaban el patio de mi casa hasta un punto ubicado a tres metros dentro del muro del penal.

Ya de años es conocido mi oficio de picapedrero en el barrio, “Pica pica, bajada de cordón”. Me sorprendió que se dirigiera a mí el tal Valmort, para pedirme que construyera un túnel para sacarlo de la cárcel, un día y una hora fijados para unos meses más adelante y me detallaba el plano de las cloacas, sumideros, desagües, posibles nuevos riachos subterráneos. Saqué cuentas e iba a decir que no, pero si le afinaba al remitente los números ofrecidos, los cálculos me daban un rotundo sí.

Siempre tuve ganas de viajar por el mundo y detenerme en las playas, en las selvas. Incluso, con la amenaza de las tarántulas o las boas o los cocodrilos, las selvas me seducen. Hice distintos cursos de defensa personal durante varios años y todavía siento los músculos elásticos como para defenderme de todas esas amenazas naturales, entonces ¿por qué no encarar un viaje por el mundo con esa cantidad de dólares? me dije.

Relevé el terreno y me di cuenta de que las construcciones en general y los edificios en particular, estaban fuera de todo reglamento. Sospeché como lo haría cualquier hijo de vecina, sobornos a inspectores y funcionarios de la ciudad. No es un asunto nuevo, pero, en éstos tiempos salvajes de nuevos liberales, los edificios se multiplican geométricamente y los reglamentos decaen en igual medida.

Me retiré como dice el dicho, “zapatero a tus zapatos” para realizar mis cálculos, que finalmente incluyeron dos opciones: ir más profundo o directamente soslayar los edificios. Más tarde, dirigí a Valmort una carta: “sí. +50% mayores costos punto diseño, punto construcción”. Bien empresario. Con todo, ser “PicaPica bajada de cordón” es no hablar de más.

Muchas noches, calculando en la mesa de dibujo, pensé más allá del límite, a lo grande, un sueño: ¡construir una avenida subterránea! -si no la descubrían, podría convertirse en un filón turístico: “JailTour”- pondría una reja para evitar riesgos de que alguien, fantasioso o con los jugadores en desorden, quisiera aventurarse de incógnito a la vida patibularia, como si estuviese en medio de una serie de netflix en 3D. También con la rejita evitaría las fugas no programadas (y por sobre todo no redituables para mí). Mi proyecto turístico contaría con todas las comodidades: cámaras de seguridad, orinales cada doscientos metros, desodorante de ambiente automático, carteles de salida y evacuación, paredes insonoras y cobertura antiflama, plano inclinado para entrar y salir. Guardaba estos planos por separado, en una cajita especial.

Para suerte de todos los involucrados Valmort escribió: “acepto, fecha, hora” Y como toda respuesta un “sí” de mi parte, sellaron el acuerdo por el túnel de escape, simple, de un metro ochenta de ancho por dos metros de alto, luz y aire por ventilación forzada en todo el recorrido.

Mi esposa, debo decirlo, se sentía desplazada y por ello comenzó un coqueteo seductor, insinuante y constante. Yo esquivaba el bulto con alguna excusa decorosa: pensaba en la cantidad de dólares que ganaría. Jamás le dije nada sobre el negocio, pero, al notarme escurridizo ella se dio a suponer que yo mantenía conversaciones secretas con una o varias mujeres, vía internet, encerrado todas las noches hasta las cuatro o cinco de la mañana. Estiré la cuerda todo lo que pude y así darme el tiempo necesario para el armado de los planos del túnel, que guardaba celosamente con candados. Mi esposa me dijo varias veces que la relación no estaba bien y juré que la recompensaría.

Ella sufría por el mal pronóstico para la pareja, lloraba en la habitación o en la cocina o en el baño donde la escuché muchas veces. Se me partía el corazón…pero, ¡la cantidad de dólares que ganaríamos! hacia que mi corazón se cerrara y volviera al trabajo.

Al tiempo, ella me dijo que las cosas no podían seguir así, que había contratado los servicios de un terapeuta de parejas y si yo no accedía a la terapia, quedaba claro mi falta de interés en el matrimonio. Accedí desde luego. Trabajé más horas para compensar el retraso que me producían las horas de terapia, las de viaje ida y vuelta al consultorio del terapeuta, las horas de llantos compartidos, las horas de reparación, pero, confieso, que nunca he tenido tanto ingenio para mentir en terapia sobre lo que me pasaba –y no es aquello de no sos vos soy yo”, no, no- sino mentiras elaboradas. Les dije que estaba escribiendo “El Libro de los Pequeños Encuentros Amorosos de Nuestra Pareja” hecho que me absorbía tanto como expresar el amor en la realidad misma. Y este trabajo de recordar, reavivaba la llama del amor para mantenerlo encendido los próximos treinta años. Nosotros habíamos pasado ya veinticinco años juntos, tranquilos y la posibilidad de treinta años de amor para el futuro cayó muy bien y pareció convencer a mi esposa. Hacíamos el amor por las mañanas o por las tardes, pero las noches eran mías. Finalmente, los momentos que yo pasaría en la construcción del túnel iban a ser de noche siempre, aunque picara de día en mi trabajo de “Pica-pica, bajada de cordón”. Gané un poco de tiempo, gané afecto y comprensión por parte de mi mujer. Y encaré la etapa de construcción del túnel.

Afilé mis viejas herramientas, compre nuevas y le expliqué a mi mujer que construiría un pozo séptico en el jardín de atrás y me llevaría un tiempo. “¿Para qué queremos un pozo séptico si tenemos unas cloacas maravillosas, casi nuevas?”, me preguntó y se anotó un buen punto con la reflexión. Una lógica aplastante. “Con un gobierno neoliberal en la ciudad, nunca se sabe cuándo desbordarán las cloacas, mejor prevenir que curar”, dije. Conmovida, hizo un ademán poco femenino y se fue. Pasé los cinco meses siguientes entre brújulas, compases, sensores afuera y adentro para orientar la dirección del túnel hasta llegar a los muros.

Envié: “rampa 30°” Respuesta: “verde. Juegan cuatro”. Sin consulta, Valmort agregó tres jugadores. Furioso respondí: “vale cuatro”. Silencio. Silencio de Truco. Subí demasiado. Sería asesinado. Contraoferta: “tres y el gallo”: Valmort saldría gratis. “Con fritas”, respondí. En el acto sospeché mi asesinato antes de salir del túnel, entonces exigí el dinero en dólares, depositado en una cuenta cifrada. Lo harían cuando el túnel estuviese listo y debajo del punto convenido, medido con sensor. Así se hizo. “Transacción Confirmada. Firmado: Paraíso Fiscal Caimancito”.

El día será mañana y la hora 21. “Con una trampa mecánica, de cadalso, que accionará con fuerza Valmort desde la superficie, la trampa cederá abriéndose el pozo liberador. Ya abajo se despejará la tierra y, el resto, será correr”,escribí a Valmort antes de entrar al túnel en el patio de mi casa, antes de entrar a revisar hasta el último detalle los mil ciento setenta y dos metros que cavé y despedirme de una obra maestra de la ingeniería civil de la que nadie deberá enterarse jamás. Debajo de la trampa de escape en el patio del penal, deslizo la nota por el tubo que llega a la superficie donde Valmort recibe todos los mensajes desde que llegué con la excavación.

De vuelta al patio de mi casa y sentado en el borde de la boca del tunel pienso que hice un buen trabajo y lo cobré bien. Nadie me molestó en ningún momento. Trabajé tranquilo, como si estuviesen cuidándome siempre. Una pregunta me da vueltas ¿estarán pensando en asesinarme ahora como yo lo estoy sospechando?
He decidido despertar a mi mujer. Contarle los hechos. La cantidad de dólares ayudará a despejarle la mente y el futuro. Montaremos la moto y desapareceremos románticamente en la noche.

baile1DOS

La noche es siempre la cómplice, así decía el Tío Camilo, cuando volvía a casa –del asado con los amigos- en estado de lamentable equilibrio, y yo lo recibía para depositarlo en el sofá de la sala. Volvía, normalmente acompañado por dos de sus camaradas y entre los tres se las arreglaban para componer un andar dubitativo y, aunque lento, llegar a destino. Cuando el Tío Camilo iba a sus asados yo lo esperaba mirando la tele.

Una de esas noches llegó solo. Abrió la puerta y se sentó en el sofá a mi lado. Estaba sobrio y le pregunté si la comida se había suspendido. Me dijo que no, que habían cambiado de marca del vino y no le gustó. Me pareció raro, pero, hay ciertos temas en los cuales es preferible no ahondar. Yo conocía muy bien al Tío Camilo. Él me había enseñado el oficio de pica-pica bajada de cordón y yo le estaba agradecido porque poco a poco fui haciéndome cargo de su clientela y del negocio, un acuerdo tácito hasta que él decidiera jubilarse. El Tío hizo silencio fingiendo mirar la película, metió su mano en el bolsillo de la camisa y sacó las llaves. Pendían de un llavero de madera, hecho por él mismo pulido y pintado. Por un agujero pasaba el alambre de bronce del cual pendían las llaves de su tesoro más preciado: su moto kawuasaki 500; “la moto es tuya” dijo en el mismo acto y dejó caer el llavero en mis manos. La misma moto en la que viajamos, mi esposa Betty y yo, adentrándonos en la complicidad de la noche, dándole una vez más las gracias tanto como la razón al Tío Camilo.

Hace unos días estuvimos en un pueblito uruguayo, de cara al Atlántico, hamacándonos a la luz de las noctilucas. Fue nuestra primera parada del viaje y se transformaron en nuestras primeras vacaciones en siete años. Betty extrañaba sus rutinas. Pero, lo que más extrañaba, dijo, eran las amigas. Se la notaba preocupada sobre todo por una de ellas, quizás la más sensible de todas, que a esas horas lloraría sin consuelo por la inexplicable desaparición de Betty.

Si bien mi esposa comprendía la gravedad de nuestra situación -escapando de una muerte segura -estaba decidida a la aventura. No obstante, confieso que tenía una terrible preocupación por aquella fuga en Devoto - ¡con tremendo túnel! - dado que no había ninguna noticia en ningún lado sobre evasión alguna en el día previsto por Valmort y por mí, ni tampoco en los días siguientes. No se lo comenté a Betty y me dediqué a elaborar una estrategia para tranquilizarla con sus amigas.

Barajamos varias posibilidades de enviarles un mensaje, pero todos los intentos se veían truncos por fallas que delatarían nuestro paradero. De pronto se le ocurrió una idea brillante. Llamaríamos, mejor dicho, llamaría ella al profesor de yoga, un día jueves a las tres de la tarde. Ese era el día semanal de la clase y de encuentro con sus amigas, y porque eran las únicas alumnas. El plan no era mucho mejor que los demás, pero podría deslizar un par de palabras clave que las destinatarias captarían al instante cuando el profesor Silvio les comunicara la llamada.
Betty ensayó cambios de voz como una profesional. Me llamaba por el celular, desde una habitación a otra, utilizando tonos, colores, cadencias diferentes cada vez, pero siempre con el mismo mensaje: “¿Profesor Silvio? Buenas tardes. Soy una amiga de la señora Betty. Ella me encargó que lo llamara para comunicarle a usted y a sus alumnas de esta tarde que está bien. Está de viaje. Una repentina luna de miel. Volverá pronto. Gracias profesor”. Confieso que ya estaba repodrido de escuchar lo mismo veinte veces al día. Decidió llamar esa tarde. “Un éxito”, me dijo. Yo la esperaba con la moto en marcha y partimos en ese momento hacia Brasil.

No sé por qué tuve la sensación, siempre, de que en Brasil nadie puede encontrarte si decidís esconderte allí. Pero, una vez que entrás esas fantasías se esfuman rápidamente: si no hablás brasilero no pasás desapercibido. Nos compramos un curso de brasilero por audio y mientras viajábamos aprendíamos escuchando en el aipod y repitiendo en voz alta. En Rio Grande nos hicimos entender y logramos tomar el ferry para cruzar y seguir por la costa. En Criciúma ya hablábamos perfectamente y paramos para aprender a escribir. A Betty no le costó nada. Ella es buena y dúctil para los idiomas. Yo soy como la piedra, pero al final logro la talladura.

Durante una pausa en los estudios, le pregunté cuáles eran las palabras clave que había usado. Me sorprendió escuchar “Una repentina luna de miel”y ella debió verlo en mi cara: “les conté que no andábamos bien y que hacíamos terapia de pareja y también del libro, pero solo les mencioné el título, por lo tanto no van a sospechar nada y se la van a pasar fantaseando con las cositas que hacemos en la segunda luna de miel,...¿no, papi?”… fue tan bueno nuestro aprendizaje que hasta los suspiros los hacíamos en brasilero.  Recién entonces pusimos rumbo al lugar donde pensábamos sería nuestro destino por mucho tiempo.

Las noticias nunca trajeron la que más me importaba: la fuga. En ningún lugar se hablaba de Valmort, ni del túnel, ni de nada. Es posible que hubiesen silenciado el hecho en la prensa, para evitar el descrédito de la seguridad municipal y nacional. Pero suponer que la prensa se prestaría a eso, era ir demasiado lejos. ¿Encubrimiento? No, imposible.

Mis temores de que los cómplices que tendría Valmort afuera notasen mi partida, se acrecentaban día a día. Quizás la operación fuga fuera cancelada por la misma razón. También pudieron seguirme y entonces ya conocerían mi paradero.
Puse a Betty al tanto de mi preocupación sin exagerar, con cierta ambigüedad. Pero mi esposa no es tonta, ya lo dije. Ella se preocupó. Los dos estuvimos preocupados. Veinticuatro horas de preocupación cada uno, son como cuarenta y ocho horas de preocupación. Y llegó la genialidad. Desde su lado, por supuesto. Saldríamos con la moto a dar varias vueltas al pueblo donde estábamos, llevaríamos pequeñas cámaras sobre nuestros cascos para filmar todo, durante dos días.

Luego, en el plasma gigante que compramos para ver el futbol, veríamos a una y cada una de las personas filmadas. Me gustó la idea. Era como vivir una de misionimposible en un país extranjero. Cuando volvimos, dejamos la moto preparada para salir de escape si hallábamos algo sospechoso. Pedimos comida china como en las películas. Me encanta la comida china como en las películas. Y nos trajeron comida china que parecía el celuloide de la película. La comimos igual de puro ansiosos.

Después de dos horas de mirar y remirar lo filmado, notamos que un mismo hombre aparecía en varias esquinas de nuestro recorrido. Llevaba un sombrero de paja negro con una cinta blanca, camisa suelta y pantalones blancos. La alarma saltó al rojo furioso. Comenzamos de nuevo a ver la filmación. Pedimos pizza y helado. El hombre hablaba con otro que estaba de espaldas a la cámara, llevaba una camisa suelta de varios colores. En otra esquina los mismos, pero de perfil. En otro momento, el hombre de camisa coloreada, sentado a la mesa de un café a la calle y después cruzando una plaza. Al final de la plaza, el de la camisa colorinche, parece hablar con un pibe y le alcanzaba algo. El pibe salió corriendo y se perdió en un callejón de mercachifles.

Estábamos angustiados. Estábamos realmente angustiados, “¡el Pibe!” gritó Betty, rebobinando la película para ver todo por décima vez. Pedimos más pizza y caipirinha. Buscábamos una hormiga en un hormiguero recién pateado, “¡aquí!” dije, detuvimos la reproducción casi al comenzar. Haciendo cuentas rápido, este tramo de la filmación se inició cuando salíamos del departamento. El pibe estaba apoyado en la pared, a unos quinientos ochenta y seis metros desde el edificio de nuestro departamento, según la medición de distancias que tiene la cámara.  Cuando pasamos con la moto por su posición, en la filmación el Pibe comenzó a caminar en sentido contrario. Supusimos que dio vuelta a la esquina próxima. Pero, la sorpresa llegó casi al final de la filmación: el chico carga una bolsa pequeña al hombro que deja al pasar y de modo casual, en el mismo lugar donde lo vimos la primera vez.

Nos miramos con Betty. Seguramente mi cara estaba tan blanca como la de ella. ¡Ya estaban cerca! Tomamos nuestros cascos, las mochilas, dispuestos al escape. El timbre en el departamento de al lado nos paraliza. Tratamos de pensar a toda máquina, pero el cerebro también está paralizado. Escuchamos una voz joven que dice traer un pedido de pizza y caipirinha. Desde adentro del departamento le gritan: “¡es al lado, boludo!” Y nosotros, en un instante de lucidez que nos permitió nuestro cerebro aún en pánico, nos miramos y gritamos al mismo tiempo: “¡nos olvidamos de la pizza y la caipirinha, qué boludos!”. Tocan el timbre. “Pedido de pizza y caipirinha, disculpas por la demora, no pude pasar, las calles están cerradas, hubo un asalto muy grande al banco por la tarde, no se puede pasar en cinco cuadras a la redonda”.Abrimos. Recibimos el pedido. Pagamos. El flaco en patines nos dice “viene pizzeta de regalo, vuelvan a pedirnos pizza”. Le cerramos la puerta casi en la cara. Todo en automático, porque el temblor por el miedo aún nos duraba en el cuerpo y en el cerebro, abrimos la caipirinha y le dimos un buen trago cada uno. Comenzamos por la pizzeta. Despacio. En silencio. Aún con los cascos puestos. Betty se dio cuenta y se lo sacó. Me lo sacó a mí también, pero yo seguí comiendo la masa con tomate, queso, pescado raro, pepinos y ananá. Abrimos la caja de la pizza grande y nos manducamos tres porciones para cada uno y casi toda la botella de caipirinha.

Prendimos la tele y comenzamos a ver un partido de futbol. Nunca supimos de cuales equipos se trataba. Betty cambió de canal y buscó las noticias locales. No se hablaba de otra cosa: el asalto al banco. Los ladrones se habían fugado con un gran botín en diamantes. Eran dos, encapuchados, registrados por las cámaras internas, uno con sombrero de paja negro de cinta blanca, camisa y pantalón blancos y otro de camisa colorida que entraron con armas largas y una pequeña bolsa de lona. Abrieron determinadas cajas de seguridad y salieron muy tranquilos por la puerta, no sin antes maniatar empleados, vigilantes y clientes, con una granada de mano sin seguro, sostenida por uno de los guardias, con la advertencia de no soltarla bajo ningún pretexto de lo contrario explotaría. Los ladrones se esfumaron. La policía aclaró más tarde que tanto granada como armas eran falsas.

Betty apagó el televisor. Tomó un largo trago, me pasó la botella mirándome directamente a los ojos y me preguntó si me gustaban los diamantes, porque ella, dijo, amaba los videos hechos en moto.

baile1TRES

Es insoportable la lluvia con sol. Estábamos acostumbrados a otra cosa. El viento sur. Incluso el granizo. El agua cae aquí más violentamente que el granizo. Y en la paz de la bruma, pueden crecer hongos en tus axilas si te quedás quieto. Ya casi los siento debajo de los brazos. Basta, suficiente Brasil para mí.
Hacía dos días que estábamos en ese lugar, “el lugar de la operación” como lo había bautizado Betty. Esa tarde yo cubría la retaguardia con el temor de haberme convertido ya en un hongo brasilero. Betty seguía callada mirando atentamente el montecito donde terminaba la calle, pero dijo de pronto, desde su posición de vigilancia con los binoculares sin darse la vuelta para mirarme: “la comida china me está cayendo pesada y el ron me gusta más que la caipirinha de mierda ésa” Si hay algo que me gusta de la Betty actual, es la determinación que tiene cuando se trata de bebidas alcohólicas. Durante nuestros primeros veinticinco años de matrimonio, sólo tomaba té de ruda con limón como algo fuerte y detestaba hasta el anís de los velorios. Pero, en las últimas semanas bebimos solo agua, preparándonos para la tarea, de ahí mi sorpresa de que la abstinencia le mejorara el paladar de la degustación alcohólica.

Apostados, esperábamos algún movimiento en la casa donde se habían refugiado los ladrones de los diamantes del banco, aunque fue relativamente sencillo dar con ellos, mediante un programa de identificación facial que compramos a unos chinos falsificadores. Al fin y al cabo, no interesan los límites geográficos, ni los idiomas, ni las edades, porque los códigos del escruche son los mismos en todos lados y en todos lados los negocios son los negocios, “se parecen a los de Valmort”, le dije a Betty sin pensar, y cuando logré escucharme, me estremecí. Estábamos armando la trampa para quedarnos con los diamantes y Valmort apareció de golpe recordándonos que debíamos cuidar la retaguardia. El Tio Camilo estaría retorciéndose allí donde estuviese porque yo había olvidado una regla de oro que me enseñó: en el ajedrez, apoyar siempre la pieza que avanza o que retrocede. Se lo comenté a Betty y barajamos las posibilidades que teníamos. Por un lado, los ladrones de diamantes no se moverían de un lugar bien oculto. Nosotros los ubicamos porque teníamos videos anteriores y el escáner de rostros. Por eso decidimos abandonar el lugar de la operación momentáneamente dejando una pequeña cámara con conexión satelital para que nos sirviera de vigía ante algún movimiento inesperado.

Compré un tablerito de ajedrez de viaje, con imán en las piezas y un manual de bolsillo con las instrucciones. Nunca aprendí a jugar del todo, pero las reglas de oro me las sabía. Pedimos pizza “carioca con pescado frito” y dos botellas de ron. Terminamos de comer. Jugamos la partida numero treinta y dos, no era mucho aunque aprendimos a pensar posibles jugadas propias y ajenas y, por sobre todo, a movernos con apoyo.

El apoyo sería el Pibe sin dudas. Su demostración de profesionalismo en el video nos convenció por eso colocamos otra camarita bien oculta, con vigilancia satelital en una esquina de los mercachifles.

El pibe no tardó en aparecer en la primera escaneada facial de la cámara que lo seguía y supimos adónde iba sin salir de nuestro departamento. “Como en la peli Ojo del Cielo”, así le dije a Betty. “Dejate de jugar con eso ahora que nos  vamos”… y sin otro agregado de Betty salimos de compras. Ubicamos al pibe. Discretamente. Sin llamar la atención. Costó un billete de diez dólares para que nos informara donde comprar notbooks de contrabando. Otro día, diez dólares más por celulares nuevos. Una tercera vez, en la que compraríamos memorias para computadoras, se nos adelantó y recitó un largo catálogo de productos que incluían binoculares, “¿Qué hay para ver por aqui?”, le pregunté tanteando el terreno donde nos moveríamos a partir de esa oferta extraña. “Lo que usted quiera, pájaros, iglesias, carreras de perros, lo que quiera”, enumeró el Pibe.

Rápida como un rayo, Betty le extendió cinco dólares y no se los soltó hasta obtener el lugar donde se apostaba en la carrera de galgos. Y fuimos. Digo, fuimos varias veces. Algunas ganamos poco, otras mucho. En varias perdimos bastante, pero, en el balance general, ganamos una buena cantidad de dinero gracias a los datos extra que nos fue aportando el Pibe. Cuando nos encontramos, le extendimos un sobre con un porcentaje sobre las ganancias, descontadas las perdidas, desde luego. De hecho, eso nos convirtió en socios para las carreras de perros flacos.

Casi sobre la marcha, Betty, con cierta displicencia preguntó si habían pistas para aviones pequeños cerca… “tanto como haber, hay...depende adónde quiera ir y cuantos viajen…”, respondió sin inmutarse siquiera esa persona que nosotros llamábamos “el Pibe”. “Pato Branco, dos personas, una moto”, precisé. “Te avisamos cuándo”, dijo Betty con un billete de veinte dólares. “No gracias, sin propinas, sólo el costo del trabajo. Espero fecha y hora”, respondió El Pibe y desapareció.

Nos interrogamos con la mirada tratando de saber qué habíamos hecho para obtener esa respuesta que nos descolocó, que no era airada ni ofendida sino, concluimos, una respuesta de negocios. Una seria respuesta de negocios en serio.

Entramos a la casa de los ladrones de diamantes pateando la puerta, muy jugados, suponiendo que ellos estarían más relajados, no usaban armas reales, porque en el banco la granada fue una broma y el miedo hizo el resto. Nosotros íbamos decididos a lo mismo. Desde luego que no nos esperaban: patean la puerta dos veteranos, hombre y mujer, vestidos como roqueros del cincuenta, ropa de cuero, anteojos oscuros, botas, guantes, todo negro, y la kawa 500 ronroneando afuera.

Betty le dio con el caño de la escopeta en la panza a uno de ellos y yo le di una patada en la rodilla al otro, “los diamantes”, reclamó Betty amartillando la escopeta y de refuerzo la patada fue a la mandíbula. Yo saqué un machete y se lo apoyé en el cuello al otro y comencé a afeitarlo en seco. Se hizo pis y señaló una bolsa de lona. Sin sacarle la afeitadora miré esas piedritas incoloras en el fondo, “las de verdad”, le dije acelerando la afeitada hasta rapar la cabeza. Tal vez fue la sangre de la oreja la razón que terminó de convencerlo -que fue un tajito nomás, pero saltó como un pozo de petróleo rojo. Se arrastró unos centímetros, aflojó una baldosa y sacó una bolsita con más piedritas. Al mismo tiempo, el otro lo insultaba amenazándolo de muerte. Acto seguido, mi querida esposa lo serenaba rompiéndole los dedos de la mano. “Me gusta cómo crujen”, me dijo después.

Ni Betty ni yo sabíamos nada de diamantes, y sin pensarlo cargamos con las dos bolsas. Con sunchos de plástico, amordazamos y atamos a los flacos. “Como en las pelis, beibi” le dije a Betty y nos fuimos serenamente hasta el aeródromo. Tiramos en un tacho de basura la escopeta y el revólver -que eran de excelente utilería- y el machete, que usábamos para cortar los cocos. Abordamos el avioncito con la kawa 500, previo pago a El Pibe por sus servicios.

En vuelo, cambiamos de rumbo hacia Foz de Iguazú. Al aterrizar allí, pagamos al piloto y nos perdimos en esa fantástica ciudad soñando con una montaña de buenos negocios. En el noticiero de la tele local, pasaron varias veces la tragedia protagonizada por un pequeño avión, que explotó en el aire al decolar de un aeródromo clandestino, a pocos kilómetros de la ciudad. Hecho que hizo sobresaltar a Betty, cuando recordó que había olvidado su mochila debajo del asiento de la nave. Esta mujer es una luz.

En Foz aprendimos a reconocer los diamantes verdaderos de los falsos a partir de un tutorial de youtube y de la compra de las herramientas adecuadas. Así, pudimos vender los buenos a mitad de su precio a los “cortadores”. De paso aprendimos algo más, las piedras falsas nos las compraron pequeños estafadores de turistas, ¡al mismo precio que vendimos los buenos!. “Ya no se puede confiar en nada”, me espetó Betty -ya en el hotel, en ropa interior y calzada con borcegos, con un vaso de ron en la mano y un Partagás en la otra. El comentario me puso a pensar que mi destino sería otro, si con el oficio de “pica-pica bajada de cordón”, hubiese tenido la oportunidad de cortar diamantes, a fin de cuentas, son piedras también, un poco más duras nada más.

Este asunto del corte de diamantes siguió dándome vueltas en la cabeza. Picar o cortar una piedra consiste en darle al material otra forma, pero su esencia es la misma. Se sigue la veta. La veta separa y estiliza. Provoca belleza tanto al ojo del artista como al ojo del público, “sos un filosofo, José”, me dije alentándome. Decidí que “ya no podemos hacernos llamar Yair Piris do Santos y Regina do Pará é Santos, Betty” “Obvio”, dijo.

Cruzamos a Ciudad del Este y nos dejamos ver paseando en la kawa 500 –una reliquia ronroneando como una gatita mimosa. No fue difícil conseguir quien nos falsificara otras identidades y pasaportes con los cuales saldríamos de Asunción. Sin embargo, dar este paso significaría terminar hasta con la nostalgia del tango, de tan profundo que sería el corte. Alquilamos un departamento grande. Tanto como el duelo que encarábamos. Aunque era muy confortable, no podíamos quedarnos mucho tiempo quietos ni en los sillones o en la cama o en la cocina. Comíamos poco y sin hambre. Bebíamos ron. Llorábamos mucho.
Pero yo tenía que dar un paso firme: elegir un cuadro de futbol del cual hacerme hincha y abandonar los trapos que podrían denunciarme argentino. Una noche encendí la tele para ver futbol pensando en eso y el flash del noticiero se regodeaba una y otra vez en dar la noticia de un gran túnel descubierto en la cárcel de Devoto en Argentina, por el cual salían clandestinamente ciertos presos, para cometer robos y crímenes por encargo y volvían al penal por la misma vía. El dinero que devengaban los delitos, era administrado por los guardiacárceles y oficiales de alto rango de la institución, entre ellos Rogelio Valmort. Pegué un grito y un salto enormes y la llamé a Betty. ¿Tanto quilombo por un gol de mierda de un equipo de mierda? Fue la respuesta cargadísima de ron, de nostalgia y de varias cosas más. Después de la sorpresa y de barajar el mazo de nuestra situación se nos pasaron los temores, no sin antes hacer un cálculo entre la cantidad de dinero que Valmort pagó por el túnel y las ganancias que debieron reportarle.

Salimos disparados casi inmediatamente. Cada uno tomó un camino. A la hora de la cena nos encontraríamos en el restorán Avenida. Betty apareció luciendo un conjuntito sensual, peinado moderno, maquillaje de señora y yo, con luc de barbería cubana y ambo blanco. Ya en la mesa, mojitos, miraditas, sonrisitas, esperando la que sería nuestra primera cena aniversario, Betty me dijo, “me llamo Irina”, “chin, chin, Irina”, y mojando en el mojito mi lengua cubana le confesé: “Dioselis la ama, Irina”. Después de la cena bailamos el mejor condimento de la noche: boleros.

Como Irina y Dioselis recibimos nuestras nuevas identidades. En un desarmadero desguazarían la moto distribuyendo sus partes, “como en la peli del tipo que dona sus órganos, la kawa reparte suerte” le dije a Irina. El Tío Camilo estaría de acuerdo y yo lograba un nuevo escalón como pica pica, bajada de cordón: especialista en corte de diamantes. Conservamos el llavero de la kawa, nunca se sabe.

Mientras volvíamos en el auto, Irina me confesó que jamás pensó en vivir el contenido de “El Libro de los Pequeños Encuentros Amorosos de Nuestra Pareja”, -que supuestamente escribí- sin embargo, “hasta éste capítulo”, dijo, le gustaba mucho ese futuro de treinta años.

FIN (igual que en todas las películas)

Cuento publicado originalmente en la Revista Floresta y Su Mundo de papel, ediciones de Diciembre 2019 (351), Enero (352) y Febrero 2020 (353).

( *) El vecino ALBERTO LUCERO, es cuentista, dramaturgo, novelista, narrador oral y director teatral.

OTROS CUENTOS PUBLICADOS de ALBERTO LUCERO:

* "DRAGON ROJO: UN CASO EXTRAÑO": Novela corta o cuento largo. Policial negro o gris. Ambientado en el barrio.

* "UN PERRO MARRON": Relato desorientado.

https://www.facebook.com/laporota.patotacultural

® florestaysumundo.com.ar - Junio 2020
La Revista Floresta en la Web
b