ElBagre

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bagre1     El tío Eduardo decía lo mismo de todo fulano que sobresaliera en el barrio, por alguna acción tanto proba como reprochable: ¡Este muchacho es un fenómeno! Esa vez lo dijo por el Rengo Tini y no lo dijo por casualidad. No. El tío Eduardo podía ser muy parco con las palabras, pero tenía una mirada de lince para los fenómenos. Nunca supe si en el fondo era admiración. Él no se explayaba más allá de aquella expresión.

     La vida del tío Eduardo no había sido una buena vida. Fue el segundo de los siete hijos de la familia y llevó esa espina clavada en algún lugar del pecho. La primogénita, su hermana Mirta, se llevó los mejores cuidados no solo por ser la primera sino también por ser mujer. En los tiempos de su infancia se brindaba al primogénito todo lo que necesitara para sobrevivir y, si quedaba algo, lo obtenía el segundo y así hasta el último de los hijos que después del parto sobreviviese.

     Él nunca dijo nada de todo eso. Su madre era la que lo contaba, cuando todo el mundo daba por sentado su chocheo unos años antes de morir de vieja, sin reparar que la mujer se confesaba contando historias que le pesaban en el alma.
Quizás la madre del tío Eduardo pidiese perdón por traerlos al mundo, me parecía, cuando para el resto solo era delirio. Lo cierto fue que su rostro denotó paz cuando murió

bagre2     El Rengo Tini, elevado a la categoría de fenómeno, era un flaco patitieso que solía pasar por la calle, los domingos a la mañana, llamando con voz en cuello: Chirola, Marita, Viki, Ñato. Estos llegaban, le entregaban un fajo de dinero y seguían su camino. Algunos llegaban en malas condiciones, más que otros: más borrachos, más drogados, más desnudos; pero puntuales al llamado del patrón. Toda la acción se reducía a ese pase que duraba a lo sumo un minuto por reloj. Esa situación -que a mí me parecía alucinante considerando la plena luz del día, con personas que parecían fantasmas- era una escena en el infierno, pero en plena calle. ¡Este muchacho es un fenómeno!, decía el tío Eduardo esos domingos asomado al balcón, chupando su matecito tempranero, ¡mirá Pocha!, mirá la guita que junta el Rengo vendiendo merca. Y la tía Pocha recibía mecánicamente el mate vacío, con la mirada igual de vacía de quien está más allá de contar dinero o penas.
El tío Eduardo no pensaba en trabajar para el Rengo Tini ni aprender a juntar plata vendiendo frula -la jubilación que cobraban ambos seguía maltratándolos como si no la percibiesen- pero lo que veía el tío Eduardo era el triunfo de uno de los de su clase saliendo del barro, aunque hundiese a los demás en la parte podrida del fango.

     Pasó el tiempo y esta chica, La Viki, dejó al Rengo Tini y comenzó a trabajar para el chofer de una transportadora grande del barrio. La yunta se les daba bien y entre los dos, yendo y viniendo, extendieron el negocio copándolo todo. La Viki era una adicta al porro. Adicta, mal. Luego pasó a la cocaína. El Rengo Tini la arrastró un par de veces a una de esas granjas de recuperación, pero la Viki estaba un tiempo y se escapaba. El negocio no funcionaba así. Si vendés no consumís.

     El chofer de la transportadora vio a la Viki en la calle. Ella se iba cayendo mientras caminaba apoyándose en la pared. La llevó a un hospital y se hizo cargo de ella mientras la atendían. Lo dejaron hacer porque figuraba en la empresa como personal de seguridad y le conocían el costado solidario. Tenía la edad para ser su padre. Lo real fue que el chofer la puso a trabajar como operaria en la empresa hasta que se limpiara del todo y cuando estuvo lúcida, la tomó para el trabajo que a él le interesaba: la venta de frula, pero con una condición: donde se come no se caga.

     Los negocios fueron suculentos y se ganó dinero en grande. ¡Unos fenómenos!, hubiese dicho el tío Eduardo, si la Parca no se lo hubiera llevado con un cáncer muy vigoroso. Ocurrió al mismo tiempo que la Viki estaba recuperándose en el hospital.
Después la Viki empezó a trabajar y anduvo muy bien en el negocio, pero, cuándo no, el díablo metió la cola.

     Un día de reparto, la Viki se lo encuentra al Rengo Tini en la calle, al mediodía. Venían de frente. Al parecer el Rengo Tini ya iba con la intención de servirla de un tiro en la cabeza. Tal vez no, pero la situación entre ellos había quedado mal y, si bien pasó mucho tiempo, hay cosas que no se olvidan en esto de los amores traicionados.

bagre3     La Viki iba calzada con una pistola desde que aprendió que las navajas solo sirven para afeitarse. Lo vio venir y lo encaró andando hacia él. A todos nos quedó la sensación de que la Viki se esperaba un encuentro así. Nunca se la vio andar buscándolo al Rengo Tini ni para esto ni para otra cosa. Cada uno en lo suyo. Pero, porque todo esto tiene un pero, alguien batió el día, la hora y el lugar.
Las persianas de metal estaban bajas frente al local donde se encontraron. Prácticamente todas las persianas de la cuadra estaban bajas, porque era la hora del almuerzo. Solo algunos vendedores ambulantes, manteros, se mantenían en sus lugares y nadie en la vereda percibió movimientos discordantes en el ambiente con el resto, dedicados al almuerzo o a la venta. Se fueron encontrando a mitad de la cuadra calculando el momento del enfrentamiento.
Habían entrado a la calle por las esquinas opuestas y la Viki se repuso inmedíatamente de la sorpresa por verlo al Rengo Tini apareciendo frente a ella.

     La Viki acomodó las caderas de un modo diferente. Abrió un poco las piernas y su andar se volvió algo hombruno cuando dejó los tacos altos a un costado de la vereda, con un movimiento exacto de gata que tensa los músculos para el ataque un instante después del ronroneo seductor.

     El Rengo Tini no alcanzó a percibir el cambio porque llevaba solo un propósito, y ninguna sutileza cupo en su panorama que no fuera aquella disposición a la pelea de la Viki, bajándose de los tacos altos.

     El Rengo Tini iba con desventaja, pero él no la había considerado en esa hora última para ambos. Conocía de la Viki la maestría en el uso de la navaja cortando algún brazo, abdomen o pierna, porque era de estatura baja y siempre andaba de zapatillas. Nunca cortó un rostro, salvo el del Rengo Tini, pero eso fue metafórico. Ahora estaban frente a frente y la Viki había recuperado su estatura normal.

     El Rengo Tini vestía un saco, largo de mangas, porque con el brazo algo encogido dentro de una de ellas, llevaba la pistola lista para usar. La Viki debió conocerle la maña porque apenas el Rengo Tini aflojó el hombro para sacar el arma y disparar, la Viki llevó su mano a la espalda y girando para colocarse de costado, tiró sin desenfundar. El Rengo Tini cayó con la cabeza perforada al tiempo que disparaba su arma dándose en el propio pie, pero ya le era tarde para sentirlo.
La Viki dejó su arma en la funda que llevaba ajustada a la cintura, acomodó la campera sobre ella y, calzándose sus tacos, desapareció de allí sin que la notasen. Un fenómeno la mina.

     Unos meses más tarde, el Chirola comandaba el negocio del Rengo Tini y el Ñato lo secundaba. Nunca se supo la suerte que corrió Marita en el recambio, pero seguramente el Chirola tomó distancia de las mujeres a la vez que recordó la historia del Rengo Tini con la Viki.  Pero no tuvieron mucho tiempo de disfrutar las mieles del liderazgo. Un tren los arrastró dentro del auto cuando cruzaban un paso a nivel de madrugada. La policía dijo que se trataba de unos delincuentes conocidos que trataban de escapar de las fuerzas del orden. Pero, todo se sabe en el ambiente. Ya nadie, ni siquiera la policía perseguía al Chirola ni al Ñato porque se habían convertido en dos consumidores sin remedio de su propio producto.

    El tío Eduardo hubiera dicho: el que las hace las paga, ¿no Pocha? Quien sabe, tal vez tenía razón. Lo que no tenía el tío Eduardo era paciencia. Andaba siempre ansioso por algo, como insatisfecho. Por fortuna no heredé eso del tío Eduardo. Él nunca fue pescador, no supo nunca que los peces grandes esperan en el fondo y no se mueven si el bocado no es suficiente para su hambre. Eso lo supe yendo al río a pescar de chico. Un día me encontré un reel tirado en la calle y mi fantasía de pibe se disparó al instante. Me puse en campaña hasta que logré la caña, con una tacuara de las que crecían al costado de la vía del tren.

     Tuve paciencia para lograr el instrumento y la paciencia para pescar. Confieso que tuve miedo del primer bagre que pesqué: lo dejé en el piso y el bicho coleteaba desesperado. Un pescador veterano que estaba a mi lado, le pegó en la cabeza y el bagre se murió. Ese día también tomé ginebra por primera vez al lado del río. Pero, nunca se lo dije al tío Eduardo. Para mí fue como hacerme hombre porque comprendí que podía pescar y proveerme de mi propio alimento. Desde esa vez pescaba junto con aquel veterano pescador de bagres.

     El pescador veterano me ofreció laburar para él llevando pedidos en la bicicleta: sobres con revistas por suscripción. Yo pasaba por la empresa de transportes, retiraba los pedidos, repartía sábados y domingos y después me iba a pescar. Esos dineritos me sirvieron para proveerme de mejor caña, anzuelos, equipos, ropa. En fin, me ganaba la vida apenas salí de la escuela.

     Después que murió el tío Eduardo, yo ya estaba afincado trabajando en los negocios para el veterano pescador. Un día me dijo que trabajaría conmigo una chica nueva, que estaba delicada, pero le haría bien. Cuando llegó no la reconocí, tenía buen aspecto, ropa limpia, un peso adecuado. Era la Viki. El patrón la tomó más tarde para distribuir mercadería y me encargó que la adiestrara en el manejo de las armas de fuego. Tenía un poco de miedo al principio, pero aprendió rapidísimo. El chofer, nuestro patrón, se puso contento y le dio mejores tareas.

     Yo estaba en el negocio juntando plata como decía el tío Eduardo del Rengo Tini, pero hacía mi parte en la parte de atrás, de segundón, aprendiendo.

bagre4     Cuando la Viki despachó al Rengo Tini, el chofer se descontroló con ella porque no le gustaba ese tipo de cosas en el negocio que manejaba. Pretendía hacerlo sin que muriese nadie, disparando sin matar, herir tal vez, pero sin muertes. Yo podía comprenderlo, pero, en algún momento se presenta un imprevisto, como ese del Rengo Tini y hay que estar preparado para ir hasta el final.

     El chofer anduvo unos días preocupado y de mal humor. La Viki se puso remal creyendo que había hecho un daño enorme y en un descuido nuestro se mandó una tremenda dosis de cocaína. Sin dudar, el chofer la puso rápido en la camioneta y partió como una luz para la clínica.

     Más tarde la televisión pasó imágenes de una camioneta incendíada con dos personas a bordo que se había estrellado de frente con un camión cementero, cuando intentaba sobrepasar un colectivo. Mala suerte. Ahora tengo que seguir trabajando.

     En este negocio no hay mucho tiempo para las cosas sentimentales. Es más, diría que, para ser un verdadero fenómeno, los sentimientos están de más.

Continuará...

Cuento publicado originalmente en la Revista Floresta y Su Mundo de papel, edición Agosto 2020 Nº 355 - 1º Parte de la saga.

( *) El vecino ALBERTO LUCERO, es cuentista, dramaturgo, novelista, narrador oral y director teatral.

OTROS CUENTOS PUBLICADOS de ALBERTO LUCERO:

* "DRAGON ROJO: UN CASO EXTRAÑO": Novela corta o cuento largo. Policial negro o gris. Ambientado en el barrio.

* "UN PERRO MARRON": Relato desorientado.

* "IRINA Y DIOSELIS": Cuento.

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