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chino2Capítulo I:

Cuando la figura inconfundible de Vargas se recortó en el vidrio de la puerta supe que la fatalidad entraría de un momento a otro al salón, empujada por la resolana que reinaba en la calle. No sabés el calor que hace afuera, dice el gordo Vargas que suda a mares y se pasa el pañuelo rastrillándose el cuello. Vargas suda siempre y siempre usa el mismo pañuelo para secarse. Lo extraño es que mete en su bolsillo el pañuelo húmedo y lo extrae seco de allí. Es raro. Eso es muy raro. Por otra parte, el calor no es solo una circunstancia de clima tipo estacional en su persona. Todo él es una circunstancia que emite calor como un horno ambulante que suda para compensar temperaturas. Pero la fatalidad, esa sombra pesada que lleva el gordo pegada como el sudor, es permanente y tóxica para quienes estén cerca. Bueno, para qué negarlo: si están lejos también lo es. El caso es que el gordo Vargas acaba de hacerse presente. No es un buen augurio que este hombre esté apoyado en el mostrador de la Biblioteca Popular del barrio. No lo es para mí, que me encuentro detrás del mostrador y conozco de sobra su fama, y quién sabe para cuántos más tampoco lo sea. Quizás mucha gente acaba de vincularse a la desgracia sin saberlo y sin remedio, y solo por el simple hecho de que el gordo Vargas haya entrado al salón, se haya apoyado sobre la mesa-mostrador y me sonría bonachonamente, mientras se apantalla con el Catálogo 2019 de la hemeroteca. Soy un holograma. La Biblioteca cierra en dos minutos, le digo a modo de cálida bienvenida y coloco el cartel que reza Cerrado sobre el mostrador. Uuuuuhhh…como estamos hoy, ¿eh?, semblantea Vargas. No estamos y punto, contesto apoyando un dedo índice sobre el cartelito y el otro señalando la salida en clara alusión a su partida.  Sé muy bien que, acto seguido, colocará el maletín sobre el mostrador e iniciará un monólogo -de un minuto y medio aproximadamente- acerca de su terrible preocupación sobre un caso muy curioso bla, bla,bla: …un dragón, enfatiza al terminar en el tiempo estimado por mí. No tenemos esa clase de bibliografía. La Biblioteca acaba de cerrar, expreso con sequedad y coloco nuevamente el cartelito que así lo indica. Un chino de Liniers asegura haber visto cómo otro chino mata a un tercero, quemándolo y luego desaparece esfumándose en el aire, dice el gordo Vargas jugándose entero. A lo largo de los años aprendí a mirarlo impasible. Ningún músculo acusa recibo de lo escuchado, la respiración es constante, la mente va hacia un punto blanco puro y allí se mantiene hasta que el gordo se va. Pero no se va y vuelve a la carga diciendo: Entonces me dije, el flaco Cabral debe saber de dragones porque él es un dragón en el horóscopo chino… No me río, estoy en el punto blanco. Me cuesta mantener ese estado nirvanístico cuando las ocurrencias del gordo lindan con la oligofrenia. Pero esta vez resisto el embate con una figura mántrica realista: este gordo es un pelotudo, e inicio un rápido mutis hacia el vestuario con la intención de irme de la Biblioteca porque mi intuición me acaba de avisar que el gordo viene decidido a quedarse. Detrás mío percibo el trote de Vargas y sus resoplos entre las protestas por mi falta de educación y mi ignorancia de bibliotecario. Ni siquiera ese insulto me saca del nirvana popular y barrial que conseguí, mientras tanto repito como un mantra: este gordo es más pelotudo que recién. Samanta, la del mostrador de Fichaje, me hace señas para que me acerque. Instintivamente muevo el cuerpo hacia ese lugar, pero me corrijo al instante y sigo la inercia hacia el vestuario. Si voy hasta Fichaje, el gordo Vargas encontrará cualquier excusa con Samanta con tal de extorsionarme y lograr mi interés en el caso. De hecho, ya lo consiguió. Atravesó la barrera del mantra, del nirvana, de la protección de la bruja Juana que me tira las cartas, en fin, que arrasó con todos los escudos y payés con la frasecita: “Un hombre-dragón anda quemando personas y desaparece en el acto”. Como un relámpago uní la frase del gordo con una vieja conversación mantenida con un amigo. Un hombre, convertido en dragón quema a otro hombre y desaparece. Es una práctica muy pero muy antigua que pertenece a una secta china. Son sicarios. Su razón de existir es la virtud. Son virtuosos que solo matan si “un hombre probo, honesto requiere de sus servicios como último recurso para solucionar un conflicto. Una vez ejecutado el pedido, el solicitante debe ser decapitado” (Xian Hu, dianastía Shang). El gordo Vargas sabe que yo sé cómo buscar la información y por eso vino, pero no voy a acceder a sus demandas esta vez y por eso continuo mi camino hacia el vestuario. ¡Pará Flaco! Este es un buen caso. Es un caso para vos. Te llevás toda la gloria, me grita por palabras o, mejor dicho, por escalón, porque no puede subir escaleras y hablar al mismo tiempo. Abro mi gabinete. Me cambio de ropa. Inicio el camino hacia el reloj. Marco la salida. Frente a la puerta del personal mi gloria está a punto de concretarse: salgo. Llamo un taxi, me subo y parto. En la gloria.

Capítulo II:

Hacía mucho tiempo que no tenía noticias de esta secta. Durante los últimos años en las conversaciones que mantuve con Juan no apareció el tema ni siquiera de soslayo. Juan es el nombre más argentino que pudo encontrar el chino Juan Chiú para evitar que su nombre chino fuese pronunciado mal y tomado, en el peor de los casos, a la chacota. Juan es un hombre que tiene muchos años, pero no es un hombre viejo. Le gusta hablar con otros. Conmigo, por ejemplo, que trabajo en una biblioteca y supone que debo contener el conocimiento de todos los libros catalogados allí. En el fondo se da cuenta de que es un intercambio, pero no lo admite. Adquiere el conocimiento vía oral puesto que no sabe escribir en argentino ni en castellano, ni en guglespañol. El más beneficiado soy yo porque me habla de su cultura y a mi vez busco la información escrita en las bibliotecas del mundo vía gugledios. Así supe de esta secta antiquísima. Un día le llevé un símbolo que encontré y Juan al verlo, enmudeció. Malo, malo me dijo, pero tiempo después se explayó sobre esa práctica virtuosa. Bueno, Juan dijo, pláctica de la moral. Juan es el padre de un supermercadista chino. Fue importado directamente de China por su hijo, para hacerse cargo del control de estoc del negocio en Floresta, Argentina. Así de simple. Desde luego que no le hizo ninguna gracia abandonar su País, amigos, parientes, muertos y una vida tranquila. Pero, me dijo Juan, la prosperidad de los hijos es la prosperidad de los padres, y me hizo aquella vez la seña del ancho de basto. No sé qué significa eso de la prosperidad de los hijos en su cultura, lo que sí sé es qué se dice en la nuestra “que alcanza, apenas, para pagar un geriátrico”.
Le digo al taxista la dirección de Juan antes de llegar a casa, cambiando el rumbo casi ciento ochenta grados. Le envié un mensaje de texto avisándole que llegaría de un momento a otro. Si bien avisarnos es la costumbre entre nosotros dos, no es usual la premura. Él es chino y parece que el apuro lo angustia. A mí lo que me angustia es la noticia. Al chino lo quemaron en Floresta, ¿te das cuenta?, me preguntó Vargas. Yo no me doy cuenta. Bueno, sí, me doy cuenta, pero no sé lo que significa. O sí, pero Juan no contesta. Es raro porque siempre lo hace al instante. Finalmente llego.
chinoHe golpeado la puerta varias veces y nadie contesta. No contesta siquiera el perro Tsin. He llamado también al perro varias veces, pero el silencio es absoluto. El negocio debió cerrar hace un rato nomás. Hay un superchino aquí a la vuelta que estaba cerrando cuando pasé y siempre baja la persiana después de que el hijo de Juan cierra. Es imposible que nadie conteste. Ahora mismo estoy yendo hacia el súper de la vuelta. ¿Guán?, no, día que no ver Guan, higo sí, cerra ahora antes yo, me contesta el chino. Le doy las gracias por atenderme y sé que lo hace de buena fe porque me conoce amigo de Juan.  Vuelvo al negocio y me doy por vencido ante la falta de respuesta.
¿Dónde fue Juan si es un hombre que no tiene dónde ir? ¿Por qué nadie responde en el negocio? ¿Cuánta distancia hay entre Floresta y Liniers? ¿qué tiene que ver el kung-fu en esto? ¿Cuánto tiempo pasó entre la última incursión de la secta y esta? ¿Por qué estoy yo aquí?  ¿Por qué no estoy en mi casa?
Acabo de llamar a Samanta en el colmo de mi desesperación porque la cantidad de preguntas sin respuesta está sepultándome. Desde luego que fui cauto y no mencioné el fondo del asunto. Tampoco es necesario que ella sepa nada sobre el tema de la secta ni siquiera lo de Liniers. Quedó en enviarme los enlaces sobre las escuelas chinas que practicaban el kung-fu. La verdad es que no sé para qué se los pedí, pero me siento aliviado. Yo no soy un investigador privado como el gordo Vargas. Soy apenas un empleado de biblioteca barrial interesado en el conocimiento universal. ¿Para qué me meto en cosas que no me corresponden? ¿Qué gano yo con todo esto? La última vez, el gordo Vargas me involucró en la búsqueda de un oficio judicial que contenía la última voluntad de Manuel Rocca y yo, como un gil, entré. Todo bien. Después me enteré de los beneficios que acarrearía ese descubrimiento. Pero, durante la búsqueda, tuve que apechugar incluso los aprietes de unos matones que me pusieron un bufoso en la sien y me dejaron desnudo en la Plaza de la Candelaria a las dos de la mañana. No, no, basta. Basta. Cartón lleno. Se terminó. Ahora me vuelvo a casa. Si Juan y su familia no quieren atender, es cosa de ellos. Bien puede Juan estar enfermo y no salir de su casa desde hace varios días. Pucha. Acaban de llegar los sitios del kung-fu al teléfono. Esta Samanta es increíblemente eficiente. ¿Para qué se los pedí? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Hola Samanta. ¿Cómo estás? Gracias por los archivos. Me son muy útiles, le contesto. Está buena la función del mensaje de voz porque uno puede esconderse detrás de las palabras haciéndose el desinteresado. Mensaje: Hola Cabral. Te los mandé rápido porque supuse que necesitabas la info urgente. Un beso mi sargento, me contestó como si estuviera esperando mi respuesta…. Cuando ella me llama “mi sargento” a mí se me pone la piel de gallina pensando en esa morocha de curvas pronunciadas y peligrosas, angelicales, infernales, lascivas. ¡¿Qué estoy diciendo?! Es una compañera de trabajo. Pensá en agua helada Cabral. Ahora. Más helada, te digo. Dale. No puedo. Tiene diez años menos que yo y me vuelve loco. Mensaje: Ah, casi me olvido de decirte. Ese amigo tuyo, el gordo, estuvo preguntándome sobre enciclopedias que tengan temas chinos. Un pesado el gordo. Desde luego le dije que no tenemos y es la verdad. Que tengas buena tarde mi sargentito, me dice Samanta y me lleva al colmo de la locura. Me vuelve loco la morocha. La ducha fría no me va a alcanzar. “Sargentito”. Me llamó “sargentito”. Qué gordo jodido. Debo pensar en el gordo Vargas y éste será el mejor antídoto contra el pensamiento tóxico que no quiere abandonar mi cabeza: Samanta. Me llaman: Hola Samanta, contesto el celular sin mirar quién llama. Aún no cambié de sexo, me dice Juan desde el otro lado. Le pido disculpas incluso en chino explicando que esperaba el llamado de otra persona. Necesita baño helado, Flaco, me dice y se ríe el muy chino con su risa de chino importado a la fuerza. Fui a buscarte a tu casa, le explico. Ya no tengo casa. Estoy otla casa. No pedo decil dónde. Depué te llamo, me informa y corta.

Capítulo III:

He pasado una noche terrible. La milenaria secta china dedicada a la práctica de la moral rapta a Juan Chiú en la esquina de Segurola y Gaona a las ocho de la noche del martes. Son cinco personas vestidas de negro que meten al chino Juan dentro del vehículo. De pronto, aparece el gordo Vargas blandiendo el portafolios y corre a una velocidad increíble detrás del auto de los captores. Veo todo desde el taxi y le digo al chofer que siga al gordo por Segurola. El chofer se da vuelta y me dice: ¿Te gusta el gordo mi sargentito?, pregunta Samanta. El chofer del taxi es Samanta. Más adelante, en Segurola y Avellaneda, se abre de pronto un pozo enorme, como una boca enorme con llamas y caen adentro el auto de los raptores de Juan con Juan incluído, y cae el gordo Vargas con portafolios incluído y caigo yo dentro del taxi. Samanta aparece en el borde de la boca saludándome mientras el pozo llameante me traga sin remedio. Y me despierto acalorado y sudoroso, chorreando agua como el gordo Vargas.
Mientras preparo el mate pienso que debo llamar a Juan para advertirle de mi sueño. Muchas veces los sueños suelen presentarse como un aviso de lo que ocurrirá, sueños premonitorios que le dicen, y en este caso yo no sé si ya ocurrió. El teléfono de Juan no contesta. Dijo que llamaba después. Ahora es después. Pasó mucho tiempo desde ayer hasta ahora. ¿Por qué no llama? Insisto. Hola mi sargento. ¡qué sorpresa que me llames a las siete de la mañana! ¿pasó algo en la biblioteca?, contesta Samanta. ¿Por qué contesta ella?. Uhh, no, me equivoqué. No, no, nada, disculpá, marqué tu numero por error, chau, nos vemos más tarde, disculpá, intento disculparme por el papelón. Pará, no cortés, ¿sabes que hubo un incendio descomunal en Liniers por la noche?, cerca de la biblio de Susana, ella me llamó como a las tres, porque tenía miedo que se expandiera y agarrara la biblio de ella, pero por suerte no pasó nada, me cuenta y me deja duro por la noticia. Liniers…¡Liniers!, todo coincide.  No, la verdad no sabía, contesto sin mentir. Es demasiada casualidad. ¿No se habrá equivocado Vargas?  Ah,…pensé que sabías, bueno, ahora ya pasó todo…¿tas bien?, me pregunta dulcemente esta mujer que parece tener una bola de cristal y se da cuenta de todo.  Sí. Si, si. Medio dormido nomás. No descansé bien. Parece que vos tampoco dormiste seguido, de un tirón, digo sin pensar¡¿Qué hacés, Flaco?! Va a creer que es un lance. Me desvelé un rato, pero después puse música suave y me dormí hasta que llamaste, comenta ella siempre dulce. ¡Cómo te cavaste la fosa macho!  Pucha, disculpá, yo no,…balbuceo como un perfecto idiota. ¡La estás embarrando! ¡Cortá!  Todo bien, fue lindo. Nos vemos más tarde mi sargentito, chau, responde Samanta con tono angelical que, a las siete de la mañana me pone de la nuca y corta.¿”Fue lindo”?¿qué cosa fue lindo?¿Por qué me dice sargentito? Yo no soy su jefe. Yo no soy jefe de nadie. ¿De dónde saca eso esta mujer? ¿Qué quiere significar con eso de mi sargentito,¿eh? Me vuelve loco. Esta mujer me vuelve más loco cada vez. Sueño con ella. La llamo “sin querer” por la mañana, le pido archivos inútiles, estoy re-metido. Mejor un baño con agua fría. No puedo joderle la vida. Mejor abro la ducha. Mierda, el agua está fría. “Todo bien, fue lindo….” ¡qué frase mamma mía! no voy a pensar en otra cosa durante todo el día. Mierda, el agua está muy fría, ay, carajo, qué fría. Uyuyuyyy.
Estoy frente a la casa de Juan. El negocio está cerrado. Nadie, ni Tsin contesta el timbre. Voy hasta el chino de la vuelta. No, Guan no tá. Higo de Guan con familia de higo fuelon. Celá negocio, me informa con una sonrisa china.¿Un chino que cierra el negocio?Es raro. Es muy raro. ¿Le avisaron a usted que se iban?, insisto con la inquisición argenta. Siiii, degó nota, dice el chino con aire misterioso y me pasa un papel de propaganda de yinsen. Yo lo miro, y miro al chino, porque no entiendo qué tiene que ver con mi pregunta. Vueta, vueta, hace el ademán de girar la página, pero sin decirme que soy un tonto. Doy vuelta la hoja y allí encuentro unos caracteres chinos hechos con birome roja. No entende, no entende, le digo con mi mejor acento chinoargento. Jo,jo,jo, no entende, jo, jo, no entende eclito chino, jo, jo, me responde riéndose con mucha graciaNo entiendo a los chinos, les digo que no entiendo y se ríe porque cuando nosotros no los entendemos nos enojamos. ¿Y qué dice el papel?, lo apuro devolviéndoselo.  Ho, dice: plimo muelto. Velolio. Vente dia vueta, lee y me devuelve el papel. ¿Qué dice?, le pregunto no dando crédito a lo que escucho. El chino, hace ostentación de su milenaria paciencia, toma nuevamente el papel y lee: Pli-mo muel-to. Ve-lo-lio. Ve-nte di-a vue-ta, dice chino papel, me responde con una sonrisa que denota virtud para con los idiotas. (No lo puedo creer) Le doy las gracias con la efusividad que espera por el servicio. Es muy propio de los chinos la efusividad. Bah, no sé. Pero lo que sé es que un velorio no dura veinte días. Bueno, aquí no duran eso. ¿Por qué durarán veinte días en China? ¿Van a tener al fiambre veinte días de velorio? No, no es posible. ¿En qué ocuparan los dieciocho días restantes? ¿Dónde será el velorio? Le hago una reverencia. ¿Dónde es el velorio?, finalmente le pregunto y me quedo con la duda de la duración.  El chino hace una reverencia a su vez. Ho, chino papel no dice, me dice señalándome el papel de yingsen que aún tengo en la mano. Hago otra reverencia y el chino contesta con la suya. Me voy. Y ahora estoy aquí, en la parada del bondi para ir a la biblio, preocupado por la suerte de Juan y su familia, comiéndome la angustia con siete granos de maní que encontré en el fondo del ataché.    
El gordo Vargas está haciendo guardia frente a la puerta de la Biblioteca. Está esperándome. Es muy insistente. Parece que percibió nomás mi interés por el tema el muy turro. El gordo espera. Él no sabe que tomé otro bondi y vengo por el lado contrario al habitual. Mejor ingreso por la entrada del personal que da al parquecito del fondo y listo. Espero que el gorila de guardia no se ponga pesado. Es un gorila nuevito. ¿Cómo los entrenarán? ¿qué les dirán de la gente? Actúan como si el resto de la humanidad fuera sospechosa de algo. Además, no sé para qué ponen seguridad privada en una biblioteca barrial. ¡Biblioteca barrial! Bastaría con una buena alarma con batería, en lugar de contratar personal para tres turnos, más reemplazo. Carísimo. Ni que fuera un banco neoliberal. Lo dicho. Gorila, pesado, dios de la tranquera. Soy el Empleado del mes desde hace cinco años. Horario correcto. Atención correcta. No puedo pegarle como me gustaría. Pasé. Ya está. Después de esto no sé qué es mejor, el gorila o el gordo.
Marco tarjeta. Horario perfecto. Soy el Empleado del Mes. ¿Ya lo dije? Delantal. Entro al salón. Fichaje me ficha fácilmente y me saluda moviendo finamente las falanges de la mano derecha, pero, su sonrisa luminosa es la que deja sin efecto el agua fría de la mañana. Muchas efes en las frases que no frasean la famosa frase: ¡cómo te quiero, Morocha! En fin, Flaco, saludá con estilo, sé caballero, y ponete a trabajar que la mañana recién empieza. ¿En cuál momento comenzó mi mañana? ¿Cuando la llamé a Samanta o cuando quise pegarle al gorila? Resuelta la pregunta: comienza mi mañana porque es Vargas quien hace su entrada, como Agamenón reclamando el viento para sus naves. Si no fuese por el portafolios diría que es un transatlántico. Diría mejor: veo la nave surcar el salón a una velocidad peligrosa para el atraque en este puerto. Visión cumplida. Vargas se desploma ruidosamente sobre el mostrador moviendo unos milímetros esta mole de roble de eslabonia. Saco el cartelito de Cerrado, lo apoyo sobre la superficie que ha dejado libre el desparramado investigador privado, y, acto seguido me concentro y fluyo hacia la protección de mi nirvana doméstico. El gordo Vargas se recompone en un instante, me mira directamente a los ojos y me pregunta en voz alta: ¿¡Qué te hice yo!? ¿¡querés decirme qué te hice para que me tratés así!?  Al borde del llanto lo dice, como Andrea Del Boca en su mejor época, pero mejor, mucho mejor debo reconocérselo al gordo. Vargas pone tanta pasión en las preguntas que las escucha también Samanta y estalla en una carcajada descomunal desparramando las carpetas. El investigador privado se da vuelta buscando el origen de las carcajadas y los lectores de la sala de lectura se unen riendo y pidiendo un bis. Y yo, que no debo reírme (de lo contrario arruinaría el efecto) inicio un aplauso incitando al resto a premiar esta fantástica muestra de Mov-Teatro expresada por Vargas, el gordo, quien tarda un instante en comprender y saluda con una reverencia actoral perfecta: ya tiene su minuto de gloria. Cuando vuelve al mostrador me sonríe con sonrisa Colgate y, entre dientes, dice lo que realmente siente: Flaco, sos un hijo de puta. En pleno nirvana busco frases famosas y contesto: Que el Altísimo le dé a usted el doble de lo que me desea, señor. Está visto que un pensamiento puro, contrapuesto a un interés mundano, sufre inclemencias de tipo inquisitorio: Quiero que me des información sobre los hombres-dragón. Sé que te interesó el tema. Sé que estuviste buscando información. Vos sabés algo. Decime. El nirvana, doméstico o no, tiene un límite para mí y se lo hago saber: Decime vos, gordo: ¿por qué seguimos hablando entre dientes?
Quedamos en encontrarnos aquí, en el restorán de la calle Venancio Flores para almorzar, pero aún no llega. Vargas, con todo, es un hombre raro. Es muy inteligente e intuitivo, bonachón y podría decir hasta que es generoso. Pero vive haciéndose zancadillas en su trabajo y termina enredándose con su propia madeja. Esta vez tendrá que contentarse con las fotocopias de las escuelas de kung-fu y seguir solo. Mi cabeza y mi corazón están enfocados en Samanta. Sea lo que fuese que responda, mañana encaro el tema con ella. Nunca me pasó con ninguna mujer lo que me pasa con ella. Me da señales a cada rato y si dejo pasar este tren me voy a convertir en un soldadito de plomo. Ahí llega el inefable Vargas. Perdón por la demora, pasé por el cajero automático. Acto seguido inicia el ritual del pañuelo-quita-sudor y cuando concluye saca varios papeles del portafolios: Está ahí. Es toda la información, me dice escuetamente yla extiende con la intención de que lea el material.  Prefiero tu resumen, le digo y me acomodo para escuchar. Como quieras, me responde con cara de pocos amigos. Nos interrumpe la aparición del mozo para recoger el pedido y me quedo mirándolo: Es un mozo chino, Vargas, balbuceo.El mozo me mira, yo lo miro a Vargas, Vargas me mira y mira al mozo: Y sí, es chino, y qué, contesta el gordo indolente. Sin inmutarse, derecho como una vara: Argentino con ascendencia china. Si prefiere que lo atienda mi compañero, él es guaraní, sentencia el mozo expresándose en una exquisita conjugación argentina de la lengua con mucha calle. Naaa…es broma de mi amigo, le contesta el gordo al mozo y me increpa, ¿Qué vas a morfar, Flaco? Estoy agarrado a la carta y tan sugestionado con los chinos, que los veo por todos lados o no los veo por ninguna parte. Mila con fritas, pido. Lo mismo y un vinito de la casa tres cuartos, ordena su menú el detective gordo. Intento salir del paso por la sorpresa, pero no se me ocurre nada. Tomás vino, ¿No?, agua para el amigo, Vargas finaliza el pedido y pasa al informe, Te cuento. Todo comenzó con una revista barrial de Mataderos. Un cliente vino a contratarme para que buscara al director de la escuela de kung-fu que figura en la publicidad. Según él, desapareció con toda su familia sin dejar rastros hace cinco meses. La escuela está vacía. No hay siquiera polvo asentado. El cliente asegura que había muebles, elementos de trabajo y en la parte de atrás y arriba, donde funcionaba la casa, no dejaron ni las pelusas. Raro como raro, es raro. Mi cliente es pariente. Es un tío que vino en un barco con los abuelos del director de la escuela, desde China. Lapregunta me atenaza: ¿De cuál pueblo son Vargas? El gordo retruca: ¿Es importante? Temo que la conversación llegue al punto donde ya no podré decirle que no me interesa para nada el tema y por lo tanto no me queda sino una salida para dilatar hasta que se canse, inventar: Y, sí. Acreedores. Venganzas. Política. Qué sé yo. Por algo emigraron. Algo dejaron. Ese algo los persiguió, los encontró y los desapareció. Caso cerrado, digo, sintiéndome un creador de lo simple. Tiene el vaso de vino en la mano y la respuesta del gordo tiene ironía: Fácil, ¿no?.  Apunto mejor los cañones y disparo: ¿Investigaste todo eso antes de venir a verme?  ¡Touché! Hundido. Pero se sepone rápido: ¿Con quién creés que estás hablando? Y yo, como un torero, remato: Con vos, Vargas. Estoy hablando con vos. Cada vez que te metes en problemas y no sabes resolverlos venís a que los resuelva creándome quilombos. Ya pasamos por esto otras veces. Basta. Se terminó. Aprovecho la intervención del mozochinoargento: Las milas con fritas, vinito, disfruten. Le paso el sobre con las fotocopias de las escuelas de kung-fu, desde las más antiguas hasta las más modernas y sentencio: Hasta aquí llego yo. Es todo lo que puedo hacer por vos. El gordo hojea con desdén y sonríe engullendo la mitad de su milanga. Y nombra a Samanta mientras mastica. Grrr. Eso me pone violento. Habla con la boca llena de Samanta y no lo soporto. ¡Basta! ¡Tragá!, le grito y medio restorán me mira.  Vargas entiende lo que entiende, me hace una seña de que espere, termina su bocado, sorbe un poco de vino, todo tan parsimoniosamente que me da el espacio suficiente para calmarme.  Extrae de su portafolios una fotografía del tipo familiar y una lupa. Señala un medallón en el pecho de un artista marcial. El yin y el yan le digo, sobrador y sin usar la lupa. Insiste en que vea mejor los puntos que completan la figura: Son dos botones que contienen sendos dragones rojos apenas visibles. El tío asegura que el del medallón es un sicario de una secta muy antigua que asesina quemando a la víctima y luego desaparece en el aire. Lo vio matando a otro chino en Liniers hace seis meses. La foto, en la escuela del sobrino es de hace cinco meses y medio. Interesante ¿no? Me resisto a dar el brazo a torcer, pero el gordo está más adelante que yo en los datos: Si ya tenés todo el material desplegado, ¿para qué me querés? Vargas bebe el ultimo sorbo de vino. Chasquea la lengua. No lo hace degustando el vino, sino que se prepara para la estocada final, para mostrarme que llegó al punto de no retorno. Saca otra foto en la cual posan: el profesor de kung-fu desaparecido, el chino asesino con los botones del dragón y el chino asesinado. El dedo índice del gordo señala al asesinado: este es proveedor de galletas de arroz de Chión, del hijo de Juan Chión, tu amigo. No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿De dónde sacaste que es mi amigo?, casi grito. Con la misma parsimonia paquidérmica, Vargas se sirve agua de mi botella: No lo sabía con certeza. Vos acabás de confirmármelo. Necesito hablar con el hijo de Juan. En algún momento debí extraviarme en su torpeza psicomotriz y confundirla con torpeza mental. El gordo Vargas es inteligente sin dudas. Le digo: Juan, su hijo y la familia no están. Se fueron a un velorio. Pero temo que hayan desaparecido también. Vargas se queda pensando un instante. ¡El chino de la vuelta!, me acuerdo y de un salto me pongo de pie y salgo corriendo del restorán. En la calle tomo un taxi y emprendo el camino hacia el superchino de la competencia del hijo de Juan. Llego. Toco el timbre. El perro ladra. No sé el nombre del perro. Toco otra vez. El chino vive en el fondo del negocio con su familia. ¿Cómo se llama el chino? ¿Li? Golpeo la cortina metálica: ¡Li! ¡Juan! ¡Li! ¡Li!. El perro ladra más. Un auto frena casi chirriando las gomas. Vargas baja como puede y bufando. ¡Li!, grito golpeando la cortina. ¿Quién es Li?, me pregunta el gordo acomodándose los pantalones. El dueño, y azoto la cortina. Vargas me mira desconcertado. ¿El chino Tsé vendió el negocio? El gordo sigue adelantado en los datos. Veinte años de conocerlo y para mí siempre fue “el chino de la vuelta de Juan”. ¡Tsé!, grito y golpeo la cortina metálica, ¡Tsé!  Se abre la mirilla de golpe, golpeada con bronca: ¡Tá cerado! ¡Able cinco media!, y cierra con otro golpe. ¡Tsé, soy yo, amigo de Juan!. Con un golpe más la mirilla se abre y un ojo aparece detrás. ¡Ho, amigo Guan!, pero con el mismo tono agreta.Trato de tranquilizarme y le explico que necesitamos hablar con él urgente. El chino recorre con un ojo la figura interminable de Vargas: ¿Amigo Guan tamién? Nos abre franqueando la puerta por el costado del negocio. La entrada da a un pasillo interminable y se dispone a hablar en ese lugar. Este es el señor Vargas, le digo yTsé hace la reverencia de rigor. Le indico al gordo con la mirada que debe responder con otra reverencia. El gordo hace lo que puede considerando su panza y el pasillo tan estrecho. Brevemente le digo que pensamos que el primo del hijo de Juan, el muerto, es un proveedor de galletas de arroz, y queremos saber si es el mismo que lo provee a él. ¡Ho!, plovedol no mismo. Pelo paliente. Vargas trata de entender un poco el cruce de parentescos y me doy cuenta de que desiste. Pero me equivoco. Saca la foto de los tres practicantes del kung-fu y se la muestra. ¡Ho! Plovedol, sí plovedol… Lo señala con el dedo, pero mira un instante más la foto, deteniéndose en algo que le llama la atención: ¡¡¡...aaahhggg!!!...malo, malo, muy malo..! Devuelve apurado la foto y nos empuja hacia la salida. ¡Dlagon logo! Matadelo, malo, malo! Cierra la puerta y nos quedamos con la sensación de que no nos la abrirá de nuevo.

Capítulo IV:

Revolvemos interminablemente el café en silencio, sentados a las mesas de la vereda frente a la Plaza de la Candelaria. Nada de lo que ocurre alrededor parece perturbar el lento rumiar de pensamientos que practicamos. De tanto en tanto, nos encarnizamos con alguno y el lento ruñir se escucha a un costado o a otro de la mesa.
Vargas rompe el bonito momento de la tarde: Sabemos algo más. La secta parece que está en Mataderos. Los chinos de por aquí conocen la secta del Dragón Rojo. Algunos que la conocen, mueren. Bueno, por ahora uno que es el proveedor de galletas de arroz. Otros, como Juan y el profesor de kung-fu también la conocen y desaparecen misteriosamente. Otros como Tsé y mi cliente, la conocen y aún no sabemos qué pasará con ellos. El aporte de Tsé es que existe un pariente del proveedor de galletas de arroz. Lo que no pudimos saber es si Tsé conoce al asesino de la secta o lo reconoció por los botones. Pedimos otro café. Tenemos en una punta de la soga, el asesino y el asesinado. Sabemos que en el otro extremo está el mandante. El que contrata el asesinato y que deberá morir. Si no es que ya murió decapitado, digo intentando relacionar esta línea de pensamiento con la que lleva Vargas. ¿Por qué va a morir el mandante?, me pregunta asombrado el gordo y yo me agrando: Pensé que ya lo sabías. La secta es una organización que practica la moral a ultranza. El mandante recurre a ellos como último recurso de un acto desesperado. Si ellos toman a su cargo la ejecución y asesinan al indicado por el mandante, este deberá morir decapitado consecuentemente. El gordo Vargas queda de una pieza: Hubo un decapitado. Encontraron el cuerpo en un incendio en Liniers, pero no encontraron la cabeza. Llega el café y reiniciamos la ceremonia de revolverlo mirando hacia la Plaza en silencio. Pero esta vez estamos tratando de evitar la certeza que nos ofrecen los hechos: estamos locos si seguimos adelante: seremos decapitados e incinerados por chinos malvados. Decime, ¿se supo si el quemado era una persona de bien, honesta?, sorprendo al gordo cuando se lleva el pocillo a la boca y tomo la delantera en la posesión de la data. ¿Qué importancia puede tener eso ahora?, lo dice después de sorber el café, nada ni nadie le va a quitar la acción de llevarse el café a la boca. No sin cierta suficiencia comento: tenemos una conexión con el caso. Astuto, el gordo retruca: Ohh, tenemos un caso…oh.. Y la ironía pesa más que su osamenta cuando pone el acento en el plural de tener. Me dijiste que me necesitabas por mis conexiones. Te acerco más data y te ponés sarcástico…me parece que deberías reconocer que no todos los elementos están en tu portafolios. Pero, para no perder el hilo te digo: si el muerto era un hombre probo, reconocido por su honestidad y está decapitado, es muy probable que sea obra de la secta. Las casualidades no entran en este juego. Ah, y te digo más, Samanta tampoco entra en este juego. No te le acerques, no le pidas nada, no le informes nada. Ella no debe saber nada, me expreso rápido, claro y sin admitir preguntas. El gordo Vargas se sonríe y menea la cabeza: Hermano, ¿hasta cuándo vas a hacer esperar a esa muchacha? ¿No te das cuenta de lo que le pasa? Si hasta te llama “mi sargentito” Pego un respingo: ¿Cómo sabés eso? Ahora el gordo ríe con su risa gorda: porque cada vez que te mira te pones duro, en posición de firme, lo sabe todo el mundo, gil, dale. Mañana, le digo.
Y antes de dormirme me quedo pensando en lo que decía el poeta: “mañana nunca llega”. Es inevitable que lo piense porque es inevitable que Samanta me guste hasta el cielo mismo, pero también pienso en la diferencia de edad. Pienso en qué cosas encuentra una muchacha en un tipo como yo, que, sin ser un viejo en el sentido lato del término, le llevo una punta de años. Bueno, qué sé yo, no son tantos. No sé. Laburamos en el mismo lugar. ¿Y si es un problema más adelante? Supongamos que nos peleamos un día. Al otro día tenemos que ir a laburar y su escritorio está frente al mío. ¿Qué va a pasar entonces? ¿Podremos sostener una relación de compañeros de trabajo solamente? ¿Podremos hacer como que no pasó nada entre los dos? ¿Y si tenemos hijos en común? Es una locura. Para no adelantarme: ¿y si tiene un gato? A mí no me gustan los gatos. Ya tuve bastante con dos novias a las que les gustaban los gatos. La primera no quiso saber nada con dejar el gato. Fue terminante, el gato o yo. Y así terminó el partido, Gato, 1 / Yo, 0. Con la segunda fue algo más complejo, ella tenía dos gatos y yo probé bancármelos un tiempo. Salía de su casa con la ropa llena de pelo y con olor a pis de gato. Cada vez que la abrazaba uno de los mininos venía a meterse entre los dos. Encontré que era más fácil que ella viniese a mi casa. Así, las cosas comenzaron a funcionar. Un día quisimos pasar un fin de semana largo en Mar del Plata. Quedamos en salir en tren directo desde Constitución. Ella apareció con la jaula y los dos gatos dentro. Me llevé una sorpresa porque no sabía que tenía esa jaula. Embarcamos. Todo bien, los gatos en el vagón del equipaje. Pero, cada una hora ella iba hasta allí a verlos y hablarles. Yo pensé: si va a ser así hasta Mar del Plata, no quiero imaginarme cómo será en el hotel. Está bien que es una cabañita, pero seguramente los bichos no van a salir de noche a andar por ahí, ella no los va a dejar, tendrá miedo de que se pierdan. A esa altura de mi imaginación, yo ya los había ahogado en el mar frente al monumento de Alfonsina. En Chascomús me bajé, aprovechando su tertulia en el vagón de equipajes con los animales y desde ese día nunca más la vi. Aunque me habló desde Mar del Plata para decirme algunas cosas que no me gustaron y en ese momento no me importaron para nada. Hoy tampoco, claro que no. También me reclamó haberme llevado los pasajes de vuelta y el comprobante del depósito de la estadía del hotel. Eso fue de puro distraído nomás. Chascomús estaba bien para fin de semana de soltero y hasta aprendí a pescar. Basta de gatos. ¿Y si Samanta tiene gato? Mejor le pregunto antes de dar ningún paso. El gordo Vargas es demasiado lanzado. ¿Y si Samanta solamente está jugando y me llama mi sargentito para divertirse? ¿Quién me dijo a mí que está enamorada de mí? ¿Y si es Vargas el que se está riendo de mí? ¿Eh? Ya quisiera saber yo cómo lo llama ella al gordo. ¿Fofanic? Además, qué tipo meterete. Yo no tendría que haberlo avivado diciéndole que no le pidiese nada. Samanta es grandecita y sabe muy bien poner los límites. ¿Y si me está haciendo el entre para otra cosa? No sé. Una apuesta con las compañeras de Catalogación por ejemplo. Esas son dos arpías que no tienen nombre. Las hermanitas Rincón. Me producen lo mismo que me producen los gatos. Menos mal que están aisladas en el primer piso, lejos del mundanal ruido de la civilización. Si llego a caer en una trampa de esas no me salva ni el fuego del infierno. Pero Samanta no se prestaría para una cosa así. No les tiene simpatía a las hermanitas Rincón. Además, un ángel como Samanta no tiene necesidad de divertirse a costa de un veterano. Tal vez sea cariño de hija y nada más y yo me estoy alucinando con pavadas. Mejor me ducho. Bueno, no. Tengo que levantarme. Si me ducho ahora, me desvelo. Estoy desvelado. Bueno, me ducho. Pero con agua caliente. Todo bien, ya me duché, pero sigo pensando en Samanta. Todo se va a resolver si tiene gato. Ella no huele a gato. Digo a pis de gato ni tiene pelos de gato en la ropa. Por lo tanto, no debería tener gatito. Bueno, es inútil, ya no puedo conciliar el sueño. Mejor leo.

Capítulo V:

dragonMe despierta el teléfono. Es el gordo Vargas: ¿Sabés la hora que es? Claro que no sé. Me despertaste, le gruño como cualquiera que es sacudido por el timbre del teléfono a las ocho de la mañana, hoy es sábado, no laburo. Una breve pausa, que pretende llenar de dramatismo esos instantes, precede a la voz inconfundible de Vargas cuando está contento: Hoy es sábado, día de proveedores. Desde luego mi fastidio pudo más que la curiosidad: ¡Y a mi qué me importan los proveedores! Vargas cuando está contento se pone particularmente insistente, Los días de proveedores, el chino Tsé recibe al proveedor que buscamos. No, no, no, vos buscas al proveedor chino, yo no, y cuelgo. Otra vez el timbre. Levanto el teléfono: ¡Ya te dije que no!  Pero es el timbre del portero eléctrico pulsado por el insistente dedito del gordito Fofanic. Basta gordo. Basta, y cuelgo también el auricular del portero eléctrico.
Levantado a la fuerza, el insomnio no me abandona porque no me abandona la sensación de que Juan corre peligro y no tengo más elementos que el chino Tsé para acercarme a la solución de este tema. Desayuno con mate y galletas. Las naranjas se terminaron y con este bolonqui no compré. Me visto y salgo para llegarme hasta lo del chino Tsé. El gordo Vargas, cómodamente sentado en la recepción del edificio, lee concentrado las noticias del diario de la mañana, Buen día, me dice sin levantar la vista de algo que le ha llamado la atención, todo cierra, agrega y pliega el diario. Apenas puedo abrir los ojos y me dejo guiar hasta lo de Tsé. El chino nos ve llegar y desde su caja registradora nos hace señas de que nos vayamos y por el vigor con que agita las manos, comprendemos que debemos irnos rápido. Vargas me toma del brazo, desandamos el camino hasta la esquina y allí me dice: es mejor que nos quedemos aquí y veamos cuándo llega el proveedor de galletas. ¿Cómo sabés si no vino ya?, le pregunto en un bostezo interminable. Tsé recién abrió, responde contundente el gordo y me pasa un termo que extrae de su portafolios, tomáte un café. ¿Cómo es posible que en ese portafolios tenga un termo de café? Este termo no cabe allí. Es demasiado alto y grueso. Es raro eso. Es muy raro eso. Aún no sacó el pañuelo del bolsillo, y me juego que saldrá seco. Ahí está. Seco. Lo humedece con el sudor y lo guarda en el mismo bolsillo. ¡Ahí está!, me dice con un grito contenido señalando con la barbilla al chino que baja con cuatro paquetes enormes de galletas de arroz. Al instante saca el celular marca un número, da una orden seca, corta y lo guarda. Dos minutos después aparece un auto de la nada y estaciona junto a nosotros. Vamos, me dice Vargas arrastrándome dentro del coche, tenemos que seguirlo. Vos estás del tomate, nos van a quemar y cortar la cabeza, protesto sin ninguna posibilidad de encontrar eco y justicia. Este es un amigo, se llama Jaime y es un policía retirado. Está al tanto de todo y nos hace el aguante con los fierros si se pone fea la cosa, me informa el gordo como si estuviese hablando del pronóstico del tiempo mientras los pelos de mi cabeza se erizan catapultados por la bronca, el espanto y la segura muerte. ¡Ahí sale! ¡Vamos!, dice Vargas entusiasmado como un gordo frente a una torta de crema y nos lanzamos detrás de la camioneta repartidora de galletas de arroz “Sabor chino”. Luego de dos paradas nos encaminamos hacia un lugar al sureste de la ciudad abandonando el refugio inigualable del barrio de Floresta.
Estamos en Mataderos, informa Jaime, modulando las tres palabras con acento misterioso de película de Hitchcock con tal elocuencia que no puedo dejar de escuchar los acordes estridentes de Psicosis, y no parece tener ganas de parar; si agarra la avenida vamos derecho a Lugano. La cara de Janet Leigh es la cara de Samanta y grita como una demente cuando un chino nos quema a los tres en el auto. ¡Pará!, grita Vargas y Jaime hace chirriar los frenos justo en la trompa de un camión. Uhh, casi nos la dimos, dice Jaime sin dejar de mirar a la camioneta que está doblando en un pasaje, vengo mirando al objetivo, menos mal que estás atento dogor. Y reanuda la marcha de lo más tranquilo. El pañuelo de Vargas sale seco del bolsillo y chupa el torrente de agua que baja de su cabeza. Desde que subimos al auto me mantengo aferrado al termo, parezco un náufrago en un mar infestado de tiburones chinos y hambrientos. ¿Y qué vamos a hacer cuando nos detengamos?, pregunto angustiado recordando a los matones apuntándome con sus revólveres con el asunto aquél del Instituto Rocca. No, sé. Improvisar, supongo, ¿no?, contesta la tranquila voz de Jaime y detiene el vehículo. Nos mira indistintamente esperando la confirmación para improvisar y como no la recibe se baja y comienza a caminar hacia el pasaje que, según Vargas, no tiene salida. ¿Cómo puede saber el gordo que ese pasaje no tiene salida? Estamos en un barrio tan oculto y olvidado que ningún catastro lo relevará hasta dentro de diez años. Justamente por eso, dice Vargas leyéndome el pensamiento. ¿Leerá el pensamiento o lo dije en voz alta? Tengo tanto miedo que me parece oportuno refugiarme detrás del gordo por si comienzan los tiros. Los tiros no me asustan, me asusta el fuego, morir quemado. Encima morir sin un beso de Samanta. Bueno, si me besara no quisiera morir, quisiera seguir besándola. Paren, dice Vargas, y señala tres carteles escritos en chino y en chinoargento: paradería, nesita repostor, poyo: ubicados en tres casas diferentes de la cuadra antes del pasaje, y luego traduce: panadería, necesitamos repositor, pollos. Un barrio chino en la antípoda de otro barrio chino, me atrevo a concluir. ¿Qué es antípoda?, pregunta de Jaime que contesta Vargas: lo opuesto. Y yo vuelvo a concluir: como una culebra. Ambos me miran como si yo hablase en chino. Llegamos a la cabeza de la culebra arrancando por la cola y llegamos a la cola arrancando por la cabeza, como decía Juan Chiú. Una gilada, es el pensamiento vivo de Jaime y que no tiene escrúpulos en expresar en voz alta. No estoy tan seguro de que este depósito sea la sede del Dragón Rojo, tiene pinta de fábrica de galletas nomás, especula el gordo. Lo que tenemos es un lugar lleno de chinos, insisto, ésa es la mejor tapadera: chinos trabajan en un barrio chino y lo que cada uno hace en sus ratos libres a nadie le interesa. Esta es una secta que no tiene sede física, al menos es lo que decía Juan Chiú. Deben ser como los tordos, acota Jaime, que anidan en nido ajeno. Claro, todo coincide, remata Vargas. Esa frasecita ya la dijo más temprano y yo odio al gordo cuando se pone enigmático como Poirot cuando cree que el caso lo tiene resuelto. ¿Tendrá Vargas aspiraciones a pedante para parecerse al belga de papel y tinta? ¿Qué querés decir?, rompo el clima para terminar con la fantasía. Y sin inmutarse el gordo dice: No tienen sede física, los contactos son los mismos chinos y los clientes también. El cuerpo del decapitado es de un hombre chino. ¿Decapitaron a alguien?, se asombra Jaime y por primera vez veo el miedo en sus ojos, un miedo fugaz que puede crecer en cualquier momento. Sí, por la autopsia. La cabeza no aparece, se agranda el gordo y suda y se seca con el pañuelo seco, tenemos entonces la cola de la culebra: el asesino. Si es así, también está la cabeza, afirma Jaime comprendiendo una situación simple. Y el tío quiere saber el motivo, digo abriendo un abanico peligroso. ¿Qué tío?, pregunta Jaime y el gordo lo pone en autos.

Capítulo VI:

Estoy agotado. Se nos fue la tarde en la espera. Nadie entró ni salió del depósito. Tuvimos que comer unos sánguches de milanesa de la panadería china porque no había ningún cuchitril donde sirvieran comida en la zona. Para colmo de males el café del termo se enfrió. El pan no estaba mal. Un poco gomoso. Mucha miga. La milanga era más bien gruesa. Tampoco estaba mal. A mí me tocó una con un pedazo de nervio en la punta. Empecé a comer el sánguche por el lado opuesto, el aderezo un poco chirle se corría por el costado de modo que debía abrir las piernas para no manchar el pantalón. Me dediqué a sorber solo el condimento para evitar que me cayera por la muñeca y resbalara hacia el codo. Almorcé agachado, con las piernas abiertas, los codos levantados, rodeando la milanga para evitar la parte dura. Y cuando llegué al trozo de carne nerviosa lo examiné como si fuese un objeto de laboratorio al que hubiese que extraer el poco de proteína masticable que contenía. El aderezo de un color terracota con listones violetas tenía un sabor aceptable aunque su composición fuese indescifrable a simple vista. Tuve la certeza de que mis días de hígado saludable habían terminado cuando arrojé definitivamente los restos de la milanga china al tacho de basura. Al gordo no lo vi comer. Supongo que la embodegó zampándola en dos tiempos y después de la experiencia que pasé en el restorán me vino bien, así no recordaría a Samanta entre los dientes de Vargas. Jaime había manducado la suya con unos eficaces y rápidos bocados ignorando del todo el origen de la vitualla. Mientras fumaba y me miraba luchar con las durezas de la carne comentó algo que le resultaba muy grato o, por lo menos, nostálgico. El  ex policía solía comer sánguches de milanesa hechas con doble empanado de ajo y perejil “así de gruesas” y señalaba el tamaño llevando índice y pulgar a una medida similar una pulgada intentando justificar su viaje hasta la estación de Belgrano C para ese deleite, las hacía un paraguayito y le ponía empeño; te servía la mila desbordada del pan de fonda en un plato chiquito así lucía más y se ganaba la propina; el dueño era un gallego, de esos gallegos duros, secos, venía una sola vez al día a buscar la recaudación, llenaba una planilla para las compras y se iba como había venido, sin saludar; el encargado me decía en confianza que el gallego siempre daba la indicación de que no mezquinaran con las milanesas: después me di cuenta de que para empujar el sanguchón había que bajarse una doble ración del alcohol que se tomara, entre el ajo, el aceite y la pimienta que te ponían delante junto con la mostaza y la mayonesa, había que darle al trago si querías hacer una sola comida al día. Después de aquellas milangas, el futuro de la milanga no existe.
Ahora que me baño pienso en Samanta y no debería hacerlo. ¿Qué no debería hacer? ¿Bañarme o pensar en Samanta? Una cosa no va con la otra. Una cosa anula la otra. Qué estará haciendo la morocha un sábado a la noche. Yo pienso en ella. ¿Pensará ella en mí? La invitaría a tomar algo. Un helado. No, un helado son muchas calorías. Me jugaría en contra. ¿Un cafecito? El cafecito solo es medio pobretón. ¡Un cafecito con torta! Ahí está. Eso. Pero, si no acepta por mí ¿aceptará por la torta? ¿Y las calorías? Bueno, mientras no tenga crema. Pero una torta sin crema no es torta. En mi casa no hacían tortas con crema. Hacían el bizcochuelo de caja, le echaban leche y agua, al medio una mermelada casera y si no te gusta, no comés. Y desde esa época no como tortas, con o sin crema. Me sacaron el gusto. En el barrio debe haber un lugarcito piola. Eso ¡un cafecito con torta en lo de Leonel! Ese pibe sabe hacer tortas. ¿Y si no le gustan las tortas?
Me vine nomás. El lugar está bien para invitarla. Pedí un cafecito y ya se enfrió. No la llamé. No me decido a llamarla desde aquí. Es demasiado evidente y cursi “hola, estoy solo como un hongo ¿querés tomar algo conmigo?” Debe tener miles de invitaciones. Ya debe estar bailando o cenando en un restorán de lujo y yo que me la imagino al lado del teléfono esperado que me decida a llamarla. ¡Qué gil de cuarta! Mejor pido la cuenta y me voy. ¡Leonel! ¿qué torta me sugerís? ¡Pero qué gil, un gil de décima soy! ¿Para qué quiero comer torta? A mí no me gustan. Hoooolaa, ¿qué hacés vos comiendo torta con café? Y pidiéndola a los gritos al dueño, con confianza. Uuuupa! No te conocía esos gustos. Qué sorpresa. Te la tenías guardada, ¿eh?, dice Samanta apareciendo como una epifanía vestida de yin, blusita, camperita, ¿estás solito? No, no. Digo, sí. Ahora sí. No. Quiero decir que ahora estoy con vos, y respiro para darme tiempo a tragar el impacto de ver a Samanta materializada a mi lado y yo sentado que no sé qué hacer, uy mierda, volqué la taza de café, ¿vos? ¿bien?, qué raro vos por el barrio,… alcanzo a decir no muy seguro de si es correcto o no en una situación como ésta. Flaco, si vos sabés que vivo a dos cuadras de aquí, ¿qué me preguntás?, y me clava esos ojazos poniéndolos tristones al máximo mientras siento que algo se derrite sin remedio dentro mío y yo trato de enderezarlo con un esfuerzo enorme hasta que me salen las palabras más inteligentes que recuerdo haber dicho alguna vez: me olvidé, perdoname. Llega Leonel con la torta y me salva: ¿y para la señorita? Limpia el desastre que hice y se va, harto de esperar que hagamos el pedido, yo sonrío con mi mejor sonrisa, la que entreno todos los días, pero mis ojos denotan miedo, un miedo espantoso. Escuchame, Flaco, si estás esperando a alguien me voy, no hay problemas. Iba a la pizzería de la otra cuadra, me llamó la atención verte aquí y me acerqué. Nos vemos el lunes, dice Samanta levantando graciosamente ese cuerpo de ángel y como si fuera un ángel se inclina para darme un beso en la mejilla y cuando yo también me levanto no sé por qué giro la cabeza y la beso en la trompa como para romperle los labios, los caninos y la campanilla. Después de un rato de estar pegados Samanta me dice: dejame respirar Flaco, son muchas emociones esta noche.

Capítulo VII:

Leonel nos echó lisa y llanamente. Apagó las luces del salón. Dejó las del mostrador y me dijo: Flaco, ya está. Chau. Escuché “Flaco” y desperté de la conversación y Samanta también, nos miramos sorprendidos y casi ofendidos por el tono del llamado: Leonel señaló el reloj: Domingo 3 a.m. Recorrimos el salón con una panorámica lenta donde vimos sillas con sus patas para arriba encima de las mesas, un balde con trapo de piso y el palo de un secador pacientemente apoyado en una pared, luces pequeñas y titilantes de las heladeras, el wi-fi titilante también, la cortina de metal baja y la puertita apenas entrecerrada, hasta recaer en nuestra mesa donde dos cafés fríos y una porción de torta con crema esperaban también algún desenlace. Pagué inmediatamente disculpándome hasta en bengalí. Samanta repetía “Qué horror la hora que se hizo” y yo me quedé con las ganas de pedirle que me envolviera la porción de torta para llevar.

chino3Ya en la calle nos tentamos de la risa viéndonos a nosotros mismos, los ojos del uno en los ojos del otro hablando de cosas que ni siquiera recordábamos haber dicho. Caminamos un poco, la mano del uno en la mano del otro, arrobados, temiendo el momento infame del hambre que nos haría delirar por una porción de pizza. Si pudiéramos volver atrás en el tiempo iríamos a La Universal. A esta hora estaba abierta los sábados, dijo Samanta sin ningún prurito romántico. Se me estrujaba el corazón de puro hambre, pero no quería entrar en la nostalgia y propuse: Nos queda el recurso de los fideos al olio. Samanta me miró con la sospecha en los ojos de mis segundas intenciones y juro que no las tenía hasta ese momento. Bueno, es, digo, si tenemos mucha hambre, es lo que quedaría, ¿no?, me apuré a sentar el precedente de la inexistencia de las segundas intenciones. Sin dejar de mirarme con ojos asesinos metió su mano en el bolsito que traía y me dijo muy segura: ¿en tu casa o en la mía?, sin dejar de mirarme ni tampoco responder, sacó una moneda de diez mangos, de las nuevas, la arrojó al aire, la tomó entre las palmas, ¿cara o seca? No podía elegir otra cosa que cara con la cara de la mujer de mis sueños que me miraba dispuesta a comerme hasta el hígado si fuera necesario, acto por el cual yo no me resistiría para nada, para nada de nada, qué me iba a resistir si ni café había tomado, pero dudaba si Samanta estaba pensando en el postre. Porque en casa no había ni naranjas. Cara, dije. Samanta se abalanzó rodeándome el cuello y me besó con ganas, con amor, con dulzura, con pasión, con hambre. Bien, vamos a tu casa, dijo y tiró la moneda por encima del hombro, eso hace una mujer cuando es la última mujer de un hombre. La miré con el corazón y juro que jamás me sentí tan varón con una mujer que decía quererme. Espero que no tengas gato, agregó antes de iniciar la marcha. Las cosas que hay que oír, dije ligeramente enigmático como Bond, Yeims Bond.

CONTINUARA EN LOS PRÓXIMOS DIAS. ¡ESTATE ATENTO!

(*) El vecino ALBERTO LUCERO, es cuentista, dramaturgo, novelista, narrador oral y director teatral.

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