encabezado_dagon_rojo

link_guia90

portada1Capítulo I:

   Cuando la figura inconfundible de Vargas se recortó en el vidrio de la puerta supe que la fatalidad entraría de un momento a otro al salón, empujada por la resolana que reinaba en la calle. No sabés el calor que hace afuera, dice el gordo Vargas que suda a mares y se pasa el pañuelo rastrillándose el cuello. Vargas suda siempre y siempre usa el mismo pañuelo para secarse. Lo extraño es que mete en su bolsillo el pañuelo húmedo y lo extrae seco de allí. Es raro. Eso es muy raro. Por otra parte, el calor no es solo una circunstancia de clima tipo estacional en su persona. Todo él es una circunstancia que emite calor como un horno ambulante que suda para compensar temperaturas. Pero la fatalidad, esa sombra pesada que lleva el gordo pegada como el sudor, es permanente y tóxica para quienes estén cerca. Bueno, para qué negarlo: si están lejos también lo es. El caso es que el gordo Vargas acaba de hacerse presente.

   No es un buen augurio que este hombre esté apoyado en el mostrador de la Biblioteca Popular del barrio. No lo es para mí, que me encuentro detrás del mostrador y conozco de sobra su fama, y quién sabe para cuántos más tampoco lo sea. Quizás mucha gente acaba de vincularse a la desgracia sin saberlo y sin remedio, y solo por el simple hecho de que el gordo Vargas haya entrado al salón, y apoyándose sobre la mesa-mostrador me sonría bonachonamente, mientras se apantalla con el Catálogo 2019 de la hemeroteca. Soy un holograma. La Biblioteca cierra en dos minutos, le digo a modo de cálida bienvenida y coloco el cartel que reza Cerrado sobre el mostrador. Uuuuuhhh…como estamos hoy, ¿eh?, semblantea Vargas. No estamos y punto, contesto apoyando un dedo índice sobre el cartelito y con el otro señalando la salida en clara alusión a su partida.  Sé muy bien que, acto seguido, colocará el maletín sobre el mostrador corriendo a un costado el cartelito de Cerrado e iniciará un monólogo -de un minuto y medio aproximadamente- acerca de su terrible preocupación sobre un caso muy curioso. Bla,bla,blaun dragón, enfatiza al final, justo en el tiempo estimado por mí. No tenemos esa clase de bibliografía. La Biblioteca acaba de cerrar, expreso con sequedad y coloco nuevamente el cartelito que así lo indica. Un chino de Liniers asegura haber visto cómo otro chino mata a un tercero, quemándolo y luego desaparece esfumándose en el aire, dice el gordo Vargas jugándose entero.

   A lo largo de los años aprendí a mirarlo impasible. Ningún músculo acusa recibo de lo escuchado, la respiración es constante, la mente va hacia un punto blanco puro y allí se mantiene hasta que el gordo se va. Pero el gordo no se va y vuelve a la carga: Entonces me dije, el flaco Cabral debe saber de dragones porque él es un dragón en el horóscopo chino… jajajaja. No me río, estoy en el punto blanco. Me cuesta mantener ese estado nirvanístico cuando las ocurrencias del gordo lindan con la oligofrenia. Pero esta vez resisto el embate con una figura mántrica realista: este gordo es un pelotudo. Inicio entonces un rápido mutis hacia el vestuario con la intención de irme de la Biblioteca, la intuición me dice que el gordo viene decidido a quedarse. Detrás mío percibo el trote de Vargas y sus resoplos entre las protestas por mi falta de educación y mi ignorancia de bibliotecario. Ni siquiera ese insulto me saca del nirvana popular y barrial que conseguí, mientras tanto repito como un mantra: este gordo es más pelotudo que recién.

biblio   Samanta, la del mostrador de Fichaje, me hace señas para que me acerque. Instintivamente muevo el cuerpo hacia ese lugar, pero me corrijo al instante y sigo la inercia hacia el vestuario. Si voy hasta Fichaje, el gordo Vargas encontrará cualquier excusa con Samanta con tal de extorsionarme y lograr mi interés en el caso. (De hecho, ya lo consiguió. Atravesó la barrera del mantra, del nirvana, de la protección de la bruja Juana, la que me tira las cartas. En fin, que arrasó con todos los escudos y payés con la frasecita: “Un hombre-dragón anda quemando personas y desaparece en el acto”)Como un relámpago uní la frase del gordo con una vieja conversación mantenida con un amigo: “Un hombre, convertido en dragón quema a otro hombre y desaparece”. Es una práctica muy, pero muy antigua que pertenece a una secta china. Son sicarios. Su razón de existir es la virtud. Son virtuosos que solo matan si “un hombre probo, honesto requiere de sus servicios como último recurso para solucionar un conflicto. Una vez ejecutado el pedido, el solicitante debe ser decapitado” (Xian Hu, dianastía Shang).

   El gordo Vargas sabe que yo sé cómo buscar la información y por eso vino, pero no voy a acceder a sus demandas esta vez y por eso continuo mi camino hacia el vestuario. ¡Pará Flaco! Este es un buen caso. Es un caso para vos. Te llevás toda la gloria, me grita separando la frase por palabras o, mejor dicho, por escalón, porque no puede subir escaleras y hablar al mismo tiempo. Abro mi gabinete. Me cambio de ropa. Inicio el camino hacia el reloj. Marco la salida. Frente a la puerta del personal mi gloria está a punto de concretarse: salgo. Llamo un taxi, me subo y parto. En la gloria.

Capítulo II:

   Hacía mucho tiempo que no tenía noticias de esta secta. Durante los últimos años, en las conversaciones que mantuve con Juan no apareció el tema ni siquiera de soslayo. Juan es el nombre más argentino que pudo encontrar el chino Juan Chiú para evitar que su nombre chino fuese pronunciado mal y tomado, en el peor de los casos, a la chacota. Juan es un hombre que tiene muchos años, pero no es un hombre viejo. Le gusta hablar con otros. Conmigo, por ejemplo, que trabajo en una biblioteca y supone que debo contener el conocimiento de todos los libros catalogados allí. En el fondo se da cuenta de que es un intercambio, pero no lo admite. Adquiere el conocimiento vía oral puesto que no sabe escribir en argentino ni en castellano, ni en guglespañol. El más beneficiado soy yo porque me habla de su cultura y a mi vez busco la información escrita en las bibliotecas del mundo vía gugledios.

   Así supe de esta secta antiquísima. Un día le llevé un símbolo que encontré y Juan al verlo, enmudeció. Malo, malo me dijo y calló el resto, alterado. Poco tiempo después, más tranquilo, se explayó sobre esa práctica virtuosa. Bueno, Juan dijo, pláctica de la molal. Juan es el padre de un supermercadista chino. Fue importado directamente de China por su hijo, para hacerse cargo del control de estoc del negocio en Floresta, Argentina. Así de simple. Desde luego que no le hizo ninguna gracia abandonar su País, amigos, parientes, muertos y una vida tranquila. Pero, me dijo Juan, la prosperidad de los hijos es la prosperidad de los padres, y me hizo aquella vez la seña del ancho de basto. No sé qué significa eso de la prosperidad de los hijos en su cultura. En la nuestra significa: “alcanza apenas para pagar un geriátrico”.

   Le indico al taxista la dirección de Juan antes de llegar a casa, cambiando el rumbo casi ciento ochenta grados. Le envié un mensaje de texto avisándole que llegaría de un momento a otro. Si bien avisarnos la visita es la costumbre entre nosotros dos, no es usual la premura. Él es chino y parece que el apuro lo angustia. A mí lo que me angustia es la noticia. “Al chino lo quemaron en Liniers ¿te das cuenta?”, me preguntó Vargas. Yo no me doy cuenta. Bueno, sí, me doy cuenta, pero no sé lo que significa. O sí. Juan no contesta. Es raro porque siempre lo hace al instante. Finalmente llego.

   chinoHe golpeado la puerta varias veces y nadie contesta. No contesta siquiera el perro Tsin. He llamado también al perro varias veces, pero el silencio es absoluto. El negocio debió cerrar hace un rato nomás. Hay un superchino aquí a la vuelta que estaba haciendo lo mismo cuando pasé y siempre se va después de que el hijo de Juan baja las persianas. Es imposible que nadie conteste.
Ahora mismo estoy yendo hacia el súper de la vuelta. Por suerte me encuentro al dueño: ¿Guán?, no, día que no ver Guan, higo sí, cerra ahora antes yo, me contesta el chino. Le doy las gracias por atenderme y sé que lo hace de buena fe porque me conoce amigo de Juan. Vuelvo al negocio, golpeo y me doy por vencido ante la falta de respuesta.

   ¿Dónde fue Juan si es un hombre que no tiene dónde ir? ¿Por qué nadie responde en el negocio? ¿Cuánta distancia hay entre Floresta y Liniers? ¿qué tiene que ver el kung-fu en esto? ¿Cuánto tiempo pasó entre la última incursión de la secta y esta? ¿Por qué estoy yo aquí?  ¿Por qué no estoy en mi casa?

   Acabo de llamar a Samanta en el colmo de mi desesperación porque la cantidad de preguntas sin respuesta está sepultándome. Desde luego que fui cauto y no mencioné el fondo del asunto. Tampoco es necesario que ella sepa nada sobre el tema de la secta ni siquiera lo de Liniers. Quedó en enviarme los enlaces sobre las escuelas chinas que practicaban el kung-fu. La verdad es que no sé para qué se los pedí, pero me siento aliviado. Yo no soy un investigador privado como el gordo Vargas. Soy apenas un empleado de biblioteca barrial interesado en el conocimiento universal. ¿Para qué me meto en cosas que no me corresponden? ¿Qué gano yo con todo esto? La última vez, el gordo Vargas me involucró en la búsqueda de un oficio judicial que contenía la última voluntad de Manuel Rocca y yo, como un gil, entré. Todo bien. Después me enteré de los beneficios sociales que acarrearía al barrio ese descubrimiento. Pero, durante la búsqueda, tuve que apechugar incluso los aprietes de unos matones, hasta me pusieron un revólver en la sien y me dejaron desnudo en la Plaza de la Candelaria a las dos de la mañana. No, no, basta. Basta. Cartón lleno. Se terminó.

   Ahora me vuelvo a casa. Si Juan y su familia no quieren atender, es cosa de ellos. Bien puede Juan estar enfermo y no salir de su casa desde hace varios días. Pucha. Acaban de llegar los sitios del kung-fu al teléfono. Esta Samanta es increíblemente eficiente. ¿Para qué se los pedí? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Hola Samanta. ¿Cómo estás? Gracias por los archivos. Me son muy útiles, le contesto por mensaje de voz. El mensaje de voz me gusta porque puedo esconderme detrás de las palabras haciéndome el desinteresado. Vuelve un mensaje: Hola Cabral. Te los mandé rápido porque supuse que necesitabas la info urgente. Un beso mi sargento, me contestó como si estuviera esperando mi respuesta con otro beso…. Cuando ella me llama “mi sargento” a mí se me pone la piel de gallina pensando en esa morocha de curvas pronunciadas y peligrosas, angelicales, infernales, lascivas. ¡¿Qué estoy diciendo?! Es una compañera de trabajo. Pensá en agua helada Cabral. Ahora. Más helada, te digo. Dale. No puedo. Tiene diez años menos que yo y me vuelve loco. Mensaje de Samanta: Ah, casi me olvido de decirte. Ese amigo tuyo, el gordo Vargas, estuvo preguntándome sobre enciclopedias que tengan temas chinos. Un pesado el gordo. Desde luego le dije que no tenemos y es la verdad. Que tengas buena tarde mi sargentito, me dice Samanta y me lleva al colmo de la locura. Me vuelve loco la morocha. Loco. La ducha fría no me va a alcanzar. “Sargentito”. Me llamó “sargentito”. Qué gordo jodido. Debo pensar en el gordo Vargas y éste será el mejor antídoto contra el pensamiento erótico que no quiere abandonar mi cabeza: Samanta. Hola Samanta, contesto el celular sin mirar quién llama. Aún no cambié de sexo, me dice Juan desde el otro lado. Le pido disculpas incluso en chino, explicando que esperaba el llamado de otra persona. Necesita baño helado, Flaco, me dice y se ríe el muy chino con su risa de chino importado a la fuerza. Fui a buscarte a tu casa, le explico. Ya no tengo casa. Estoy otla casa. No pedo decil dónde. Depué te llamo, me informa y corta.

Capítulo III:

   He pasado una noche terrible. La milenaria secta china dedicada a la práctica de la moral rapta a Juan Chiú en la esquina de Segurola y Gaona a las ocho de la noche del martes. Son cinco personas vestidas de negro que meten al chino Juan dentro del vehículo. De pronto, aparece el gordo Vargas blandiendo el portafolios y corre a una velocidad increíble detrás del auto de los captores. Veo todo desde el taxi y le digo al chofer que siga al gordo por Segurola. El chofer se da vuelta y me dice: ¿Te gusta el gordo mi sargentito?, pregunta Samanta. El chofer del taxi es Samanta. Más adelante, en Segurola y Avellaneda, se abre de pronto un pozo enorme, como una boca enorme con llamas y caen adentro el auto de los raptores de Juan con Juan incluído, y cae el gordo Vargas con portafolios incluído y caigo yo dentro del taxi. Samanta aparece en el borde de la boca saludándome mientras el pozo llameante me traga sin remedio. Y me despierto acalorado y sudoroso, chorreando agua como el gordo Vargas.

   Mientras preparo el mate pienso que debo llamar a Juan para advertirle de mi sueño. Muchas veces los sueños suelen presentarse como un aviso de lo que ocurrirá, sueños premonitorios que le dicen, y en este caso yo no sé si ya ocurrió. El teléfono de Juan no contesta. Dijo que llamaba después. Ahora es después. Pasó mucho tiempo desde ayer hasta ahora. ¿Por qué no llama? Insisto. Hola mi sargento. ¡qué sorpresa que me llames a las siete de la mañana! ¿pasó algo en la biblioteca?, contesta Samanta. ¿Por qué contesta ella?. Uhh, no, me equivoqué. No, no, nada, disculpá, marqué tu numero por error, chau, nos vemos más tarde, disculpá, intento disculparme por el papelón. Pará, no cortés, ¿sabes que hubo un incendio descomunal en Liniers por la noche?, cerca de la biblio de Susana, ella me llamó como a las tres, porque tenía miedo que se expandiera y agarrara la biblio de ella, pero por suerte no pasó nada, me cuenta y me deja duro por la noticia. Liniers… ¡Liniers!, todo coincide.  No, la verdad no sabía, contesto sin mentir. Es demasiada casualidad. ¿No se habrá equivocado Vargas?:

   Ah,…pensé que sabías, bueno, ahora ya pasó todo… ¿tas bien?, me pregunta dulcemente esta mujer que parece tener una bola de cristal y se da cuenta de todo. Sí. Si, si. Medio dormido nomás. No descansé bien. Parece que vos tampoco dormiste seguido, de un tirón, digo sin pensar¡¿Qué hacés, Flaco?! Va a creer que es un lance. Me desvelé un rato, pero después puse música suave y me dormí hasta que llamaste, comenta ella siempre dulce. ¡Cómo te cavaste la fosa macho!  Pucha, disculpá, yo no,…balbuceo como un perfecto idiota. ¡La estás embarrando! ¡Cortá!  Todo bien, fue lindo. Nos vemos más tarde mi sargentito, chau, responde Samanta con tono angelical que, a las siete de la mañana me pone de la nuca y corta.
¿”Fue lindo”?¿qué cosa fue lindo?¿Por qué me dice sargentito? Yo no soy su jefe. Yo no soy jefe de nadie. ¿De dónde saca eso esta mujer? ¿Qué quiere significar con eso de mi sargentito ¿eh? Me vuelve loco. Esta mujer me vuelve más loco cada vez. Sueño con ella. La llamo “sin querer” por la mañana, le pido archivos inútiles, estoy re-metido. Mejor un baño con agua fría. No puedo joderle la vida. Mejor abro la ducha. Mierda, el agua está fría. “Todo bien, fue lindo….” ¡qué frase mamma mía! no voy a pensar en otra cosa durante todo el día. Mierda, el agua está muy fría, ay, carajo, qué fría. Uyuyuyyy.:

   Estoy frente a la casa de Juan. El negocio está cerrado. Nadie, ni Tsin contesta el timbre. Voy hasta el chino de la vuelta. No, Guan no tá. Higo de Guan con familia de higo fuelon. Celá negocio, me informa con una sonrisa china.¿Un chino que cierra el negocio?Es raro. Es muy raro. ¿Le avisaron a usted que se iban?, insisto con la inquisición argenta. Siiii, degó nota, dice el chino con aire misterioso y me pasa un papel de propaganda de yinsen. Yo lo miro, y miro al chino, porque no entiendo qué tiene que ver con mi pregunta. Vueta, vueta, hace el ademán de girar la página, pero sin decirme que soy un tonto. Doy vuelta la hoja y allí encuentro unos caracteres chinos hechos con birome roja. No entende, no entende, le digo con mi mejor acento chinoargento. Jo,jo,jo, no entende, jo, jo, no entende eclito chino, jo, jo, me responde riéndose con mucha graciaNo entiendo a los chinos, les digo que no entiendo y se ríe porque cuando nosotros no los entendemos nos enojamos. ¿Y qué dice el papel?, lo apuro devolviéndoselo. Ho, dice: plimo muelto. Velolio. Vente dia vueta, lee y me devuelve el papel. ¿Qué dice?, le pregunto no dando crédito a lo que escucho. El chino, hace ostentación de su milenaria paciencia, toma nuevamente el papel y lee: Pli-mo muel-to. Ve-lo-lio. Ve-nte di-a vue-ta, dice chino papel, me responde con una sonrisa que denota virtud para con los idiotas. (No lo puedo creer) Le doy las gracias con la efusividad que espera por el servicio. Es muy propio de los chinos la efusividad. Bah, no sé.
Pero lo que sé es que un velorio no dura veinte días. Bueno, aquí no duran eso. ¿Por qué durarán veinte días en China? ¿Van a tener al fiambre veinte días de velorio? No, no es posible. ¿En qué ocuparan los dieciocho días restantes? ¿Dónde será el velorio? Le hago una reverencia. ¿Dónde es el velorio?, finalmente le pregunto y me quedo con la duda de la duración.  El chino hace una reverencia a su vez. Ho, chino papel no dice, me dice señalándome el papel de yingsen que aún tengo en la mano. Hago otra reverencia y el chino contesta con la suya. Me voy. Y ahora estoy aquí, en la parada del bondi para ir a la biblio, preocupado por la suerte de Juan y su familia, comiéndome la angustia con siete granos de maní que encontré en el fondo del ataché.

chaqueta   El gordo Vargas está haciendo guardia frente a la puerta de la Biblioteca. Está esperándome. Es muy insistente. Parece que percibió nomás mi interés por el tema el muy turro. El gordo espera. Él no sabe que tomé otro bondi y vengo por el lado contrario al habitual. Mejor ingreso por la entrada del personal que da al parquecito del fondo y listo. Espero que el gorila de guardia no se ponga pesado. Es un gorila nuevito. ¿Cómo los entrenarán? ¿qué les dirán de la gente? Actúan como si el resto de la humanidad fuera sospechosa de algo. Además, no sé para qué ponen seguridad privada en una biblioteca barrial. ¡Biblioteca barrial! Bastaría con una buena alarma con batería, en lugar de contratar personal para tres turnos, más reemplazo. Carísimo. Ni que fuera un banco neoliberal. Lo dicho. Gorila, pesado, dios de la tranquera. Soy el Empleado del Mes desde hace cinco años. Horario correcto. Atención correcta. No puedo pegarle como me gustaría. Pasé. Ya está. Después de esto no sé qué es mejor, el gorila o el gordo.

   Marco tarjeta. Horario perfecto. Soy el Empleado del Mes. ¿Ya lo dije? No importa, me lo digo de nuevo. Delantal. Entro al salón. Fichaje me ficha fácilmente y me saluda moviendo finamente las falanges de la mano derecha, pero, su sonrisa luminosa es la que deja sin efecto el agua fría de la mañana. Muchas efes en las frases que no frasean la famosa frase: ¡cómo te quiero, Morocha! En fin, Flaco, saludá con estilo, sé caballero, y ponete a trabajar que la mañana recién empieza.

   ¿En cuál momento comenzó mi mañana? ¿Cuando la llamé a Samanta o cuando quise pegarle al gorila? Resuelta la pregunta: comienza mi mañana porque es Vargas quien hace su entrada, como Agamenón reclamando el viento para sus naves. Si no fuese por el portafolios diría que es un transatlántico. Diría mejor: veo la nave surcar el salón a una velocidad peligrosa para el atraque en este puerto. Visión cumplida.

   Vargas se desploma ruidosamente sobre el mostrador moviendo unos milímetros esta mole de roble de eslabonia. Saco el cartelito de Cerrado, lo apoyo sobre la superficie que ha dejado libre el desparramado investigador privado, y, acto seguido me concentro y fluyo hacia la protección de mi nirvana doméstico. El gordo Vargas se recompone en un instante, me mira directamente a los ojos y me pregunta en voz alta: ¿¡Qué te hice yo!? ¿¡querés decirme qué te hice para que me tratés así!?  Al borde del llanto lo dice, como Andrea Del Boca en su mejor época, pero mejor, mucho mejor debo reconocérselo al gordo. Vargas pone tanta pasión en las preguntas que las escucha también Samanta y estalla en una carcajada descomunal desparramando las carpetas. El investigador privado se da vuelta buscando el origen de las carcajadas. En un instante los lectores de la sala de lectura se unieron a la risa y piden un bis. Y yo, que no debo reírme (de lo contrario arruinaría el efecto) inicio un aplauso incitando al resto a premiar esta fantástica muestra de Mov-Teatro expresada por Vargas, el gordo, quien tarda un instante en comprender y saluda con una reverencia actoral perfecta: ya tiene su minuto de gloria.

   Cuando vuelve al mostrador me sonríe con sonrisa Colgate y, entre dientes, dice lo que realmente siente: Flaco, sos un hijo de puta. En pleno nirvana busco frases famosas y contesto: Que el Altísimo le dé a usted el doble de lo que me desea, señor. Está visto que un pensamiento puro, contrapuesto a un interés mundano, sufre inclemencias de tipo inquisitorio: Quiero que me des información sobre los hombres-dragón. Sé que te interesó el tema. Sé que estuviste buscando información. Vos sabés algo. Decime. El nirvana, doméstico o no, tiene un límite para mí y se lo hago saber: Decime vos, gordo: ¿por qué seguimos hablando entre dientes?

   Quedamos en encontrarnos aquí, en el restorán de la calle Venancio Flores para almorzar, pero aún no llega. Vargas, con todo, es un hombre raro. Es muy inteligente e intuitivo, bonachón y podría decir hasta que es generoso. Pero vive haciéndose zancadillas en su trabajo y termina enredándose con su propia madeja. Esta vez tendrá que contentarse con las fotocopias de las escuelas de kung-fu y seguir solo. Mi cabeza y mi corazón están enfocados en Samanta. Sea lo que fuese que responda, mañana encaro el tema con ella. Nunca me pasó con ninguna mujer lo que me pasa con ella. Me da señales a cada rato y si dejo pasar este tren me voy a convertir en un soldadito de plomo.

   Ahí llega el inefable Vargas. Perdón por la demora, pasé por el cajero automático. Acto seguido inicia el ritual del pañuelo-quita-sudor y cuando concluye saca varios papeles del portafolios: Está ahí. Es toda la información, me dice escuetamente yla extiende con la intención de que lea el material.  Prefiero tu resumen, le digo y me acomodo para escuchar. Como quieras, me responde con cara de pocos amigos. Nos interrumpe la aparición del mozo para recoger el pedido y me quedo mirándolo: Es un mozo chino, Vargas, balbuceo.El mozo me mira, yo lo miro a Vargas, Vargas me mira y mira al mozo: Y sí, es chino, y qué, contesta el gordo indolente. Sin inmutarse, derecho como una vara: Argentino con ascendencia china. Si prefiere que lo atienda mi compañero, él es guaraní, sentencia el mozo expresándose en una exquisita conjugación argentina de la lengua con mucha calle. Naaa…es broma de mi amigo, le contesta el gordo al mozo y me increpa, ¿Qué vas a morfar, Flaco? Estoy agarrado a la carta y tan sugestionado con los chinos, que los veo por todos lados o no los veo por ninguna parte. Mila con fritas, pido. Lo mismo y un vinito de la casa tres cuartos, ordena su menú el detective gordo. Intento salir del paso por la sorpresa, pero no se me ocurre nada. Tomás vino, ¿No?, agua para el amigo, Vargas finaliza el pedido y pasa al informe, Te cuento. Todo comenzó con una revista barrial de Mataderos. Un cliente vino a contratarme para que buscara al director de la escuela de kung-fu que figura en la publicidad. Según él, desapareció con toda su familia sin dejar rastros hace cinco meses. La escuela está vacía. No hay siquiera polvo asentado. El cliente asegura que había muebles, elementos de trabajo y en la parte de atrás y arriba, donde funcionaba la casa, no dejaron ni las pelusas. Raro como raro, es raro. Mi cliente es pariente. Es un tío que vino en un barco con los abuelos del director de la escuela, desde China. Lapregunta me atenaza: ¿De cuál pueblo son Vargas? El gordo retruca: ¿Es importante? Temo que la conversación llegue al punto donde ya no podré decirle que no me interesa para nada el tema y por lo tanto no me queda sino una salida para dilatar hasta que se canse, inventar: Y, sí. Acreedores. Venganzas. Política. Qué sé yo. Por algo emigraron. Algo dejaron. Ese algo los persiguió, los encontró y los desapareció. Caso cerrado, digo, sintiéndome un creador de lo simple. Tiene el vaso de vino en la mano y la respuesta del gordo tiene ironía: Fácil, ¿no? Apunto mejor los cañones y disparo: ¿Investigaste todo eso antes de venir a verme? ¡Touché! Hundido. Pero se repone rápido: ¿Con quién creés que estás hablando? Y yo, como un torero, remato: Con vos, Vargas. Estoy hablando con vos. Cada vez que te metes en problemas y no sabes resolverlos venís a que los resuelva creándome quilombos. Ya pasamos por esto otras veces. Basta. Se terminó. Aprovecho la oportuna intervención del mozochinoargento: Las milas con fritas, vinito, disfruten.

   Le paso el sobre con las fotocopias de las escuelas de kung-fu, desde las más antiguas hasta las más modernas y sentencio: Hasta aquí llego yo. Es todo lo que puedo hacer por vos. El gordo hojea con desdén y sonríe engullendo la mitad de su milanga. Y nombra a Samanta mientras mastica. Grrr. Eso me pone violento. Habla con la boca llena de Samanta y no lo soporto. ¡Basta! ¡Tragá!, le grito y medio restorán me mira.  Vargas entiende lo que entiende, me hace una seña de que espere, termina su bocado, sorbe un poco de vino, todo tan parsimoniosamente que me da el espacio suficiente para calmarme.  

   Extrae de su portafolios una fotografía del tipo familiar y una lupa. Señala un medallón en el pecho de un artista marcial. El yin y el yan le digo, sobrador y sin usar la lupa. Insiste en que vea mejor los puntos que completan la figura: Son dos botones que contienen sendos dragones rojos apenas visibles. El tío asegura que el del medallón es un sicario de una secta muy antigua que asesina quemando a la víctima y luego desaparece en el aire. Lo vio matando a otro chino en Liniers hace seis meses. La foto, en la escuela del sobrino es de hace cinco meses y medio. Interesante ¿no? Me resisto a dar el brazo a torcer, pero el gordo está más adelante que yo en los datos: Si ya tenés todo el material desplegado, ¿para qué me querés? Vargas bebe el ultimo sorbo de vino. Chasquea la lengua. No lo hace degustando el vino, sino que se prepara para la estocada final, para mostrarme que llegó al punto de no retorno. Saca otra foto en la cual posan: el profesor de kung-fu desaparecido, el chino asesino con los botones del dragón y el chino asesinado. El dedo índice del gordo señala al asesinado: este era proveedor de galletas de arroz de Chión, del hijo de Juan Chión, tu amigo. No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿De dónde sacaste que es mi amigo?, casi grito. Con la misma parsimonia paquidérmica, Vargas se sirve agua de mi botella: No lo sabía con certeza. Vos acabás de confirmármelo. Necesito hablar con el hijo de Juan. En algún momento debí extraviarme en su torpeza psicomotriz y confundirla con torpeza mental. El gordo Vargas es inteligente sin dudas. Le digo: Juan, su hijo y la familia no están. Se fueron a un velorio. Pero temo que hayan desaparecido también. Vargas se queda pensando un instante. De un salto me pongo de pie. ¡El chino de la vuelta!, me acuerdo y salgo corriendo del restorán.

   En la calle tomo un taxi y emprendo el camino hacia el superchino de la competencia del hijo de Juan. Llego. Toco el timbre. El perro ladra. No sé el nombre del perro. Toco otra vez. El chino vive en el fondo del negocio con su familia. ¿Cómo se llama el chino? ¿Li? Golpeo la cortina metálica: ¡Li! ¡Juan! ¡Li! ¡Li!  El perro ladra más. Un auto frena casi chirriando las gomas. Vargas baja como puede y bufando. ¡Li!, grito golpeando la cortina. ¿Quién es Li?, me pregunta el gordo acomodándose los pantalones. El dueño, y azoto la cortina. Vargas me mira desconcertado. ¿El chino Tsé vendió el negocio? El gordo sigue adelantado en los datos. Veinte años de conocerlo y para mí siempre fue “el chino de la vuelta de Juan”. ¡Tsé!, grito y golpeo la cortina metálica, ¡Tsé! Se abre la mirilla de golpe, golpeada con bronca: ¡Tá cerado! ¡Able cinco media!, y cierra con otro golpe. ¡Tsé, soy yo, amigo de Juan!. Con un golpe más la mirilla se abre y un ojo aparece detrás. ¡Ho, amigo Guan!, pero con el mismo tono agreta.Trato de tranquilizarme y le explico que necesitamos hablar con él urgente. El chino recorre con un ojo la figura interminable de Vargas: ¿Amigo Guan tamién? Nos abre franqueando la puerta por el costado del negocio.

farol   La entrada da a un pasillo interminable y se dispone a hablar en ese lugar. Este es el señor Vargas, le digo y Tsé hace la reverencia de rigor. Le indico al gordo con la mirada que debe responder con otra reverencia. El gordo hace lo que puede considerando su panza y el pasillo tan estrecho. Brevemente le digo que pensamos que el primo del hijo de Juan, el muerto, posiblemente es un proveedor de galletas de arroz, y queremos saber si es el mismo que lo provee a él. ¡Ho!, plovedol no mismo. Pelo paliente. Vargas trata de entender un poco el cruce de parentescos y me doy cuenta de que desiste. Pero me equivoco. Saca la foto de los tres practicantes del kung-fu y se la muestra. ¡Ho! Plovedol, sí plovedol…  Lo señala con el dedo, pero mira un instante más la foto, deteniéndose en algo que le llama la atención. Vargas le pasa la lupa: ¡¡¡... aaahhggg!!!...malo, malo, ¡muy malo...! Devuelve apurado la foto y nos empuja hacia la salida. ¡Dlagon logo! Matadelo, malo, malo! Cierra la puerta y nos quedamos con la sensación de que no nos la abrirá de nuevo.

Capítulo IV:

   Revolvemos interminablemente el café en silencio, sentados a las mesas de la vereda frente a la Plaza de la Candelaria. Nada de lo que ocurre alrededor parece perturbar el lento rumiar de pensamientos que practicamos. De tanto en tanto, nos encarnizamos con alguno y el lento ruñir se escucha a un costado o al otro de la mesa.

   Vargas rompe el bonito momento de la tarde: Sabemos algo más. La secta parece que está en Mataderos. Los chinos de por aquí conocen la secta del Dragón Rojo. Algunos que la conocen, mueren. Bueno, por ahora uno que es el proveedor de galletas de arroz. Otros, como Juan y el profesor de kung-fu también la conocen y desaparecen misteriosamente. Otros como Tsé y mi cliente, la conocen y aún no sabemos qué pasará con ellos. El aporte de Tsé es que existe un pariente del proveedor de galletas de arroz. Lo que no pudimos saber es si Tsé conoce al asesino de la secta o lo reconoció por los botones. Pedimos otro café. Tenemos en una punta de la soga, el asesino y el asesinado. Sabemos que en el otro extremo está el mandante. El que contrata el asesinato y que deberá morir. Si no es que ya murió decapitado, digo intentando relacionar esta línea de pensamiento con la que lleva Vargas. ¿Por qué va a morir el mandante?, me pregunta asombrado el gordo y yo me agrando: Pensé que ya lo sabías. La secta es una organización que practica la moral a ultranza. El mandante recurre a ellos como último recurso de un acto desesperado. Si ellos toman a su cargo la ejecución y asesinan al indicado por el mandante, este deberá morir decapitado consecuentemente. El gordo Vargas queda de una pieza: Hubo un decapitado. Encontraron el cuerpo en un incendio en Liniers, pero no encontraron la cabeza.

   Llega el café y reiniciamos la ceremonia de revolverlo mirando hacia la Plaza en silencio. Pero esta vez estamos tratando de evitar la certeza que nos ofrecen los hechos: estamos locos si seguimos adelante: seremos decapitados e incinerados por chinos malvados. Decime, ¿se supo si el quemado era una persona de bien, honesta?, sorprendo al gordo cuando se lleva el pocillo a la boca y tomo la delantera en la posesión de la data. ¿Qué importancia puede tener eso ahora?, lo dice después de sorber el café, nada ni nadie le va a quitar la acción de llevarse el café a la boca. No sin cierta suficiencia comento: tenemos una conexión con el caso. Astuto, el gordo retruca: Ohh, tenemos un caso…oh.. Y la ironía pesa más que su osamenta cuando pone el acento en el plural de tener. Me dijiste que me necesitabas por mis conexiones. Te acerco más data y te ponés sarcástico…me parece que deberías reconocer que no todos los elementos están en tu portafolios. Pero, para no perder el hilo te digo: si el muerto era un hombre probo, reconocido por su honestidad y está decapitado, es muy probable que sea obra de la secta. Las casualidades no entran en este juego. Ah, y te digo más, Samanta tampoco entra en este juego. No te le acerques, no le pidas nada, no le informes nada. Ella no debe saber nada, me expreso rápido, claro y sin admitir preguntas.El gordo Vargas se sonríe y menea la cabeza: Hermano, ¿hasta cuándo vas a hacer esperar a esa muchacha? ¿no te das cuenta de lo que le pasa? Si hasta te llama “mi sargentito” Pego un respingo: ¿Cómo sabés eso? Ahora el gordo ríe con su risa gorda: porque cada vez que te mira te pones duro, en posición de firme, lo sabe todo el mundo, gil, dale. Mañana, le digo.

   Antes de dormirme me quedo pensando en lo que decía el poeta: “mañana nunca llega”. Es inevitable que lo piense porque es inevitable que Samanta me guste hasta el cielo mismo, pero también pienso en la diferencia de edad. Pienso en qué cosas encuentra una muchacha en un tipo como yo, que, sin ser un viejo en el sentido lato del término, le llevo una punta de años. Bueno, qué sé yo, no son tantos. No sé. Laburamos en el mismo lugar. ¿Y si es un problema más adelante? Supongamos que nos peleamos un día. Al otro día tenemos que ir a laburar y su escritorio está frente al mío. ¿Qué va a pasar entonces? ¿Podremos sostener una relación de compañeros de trabajo solamente? ¿Podremos hacer como que no pasó nada entre los dos? ¿Y si tenemos hijos en común? Es una locura. Para no adelantarme: ¿y si tiene un gato? A mí no me gustan los gatos. Ya tuve bastante con dos novias a las que les gustaban los gatos.

   La primera no quiso saber nada con dejar el gato. Fue terminante, el gato o yo. Y así terminó el partido, Gato, 1 – 0, Yo. Con la segunda fue algo más complejo, ella tenía dos gatos y yo probé bancármelos un tiempo. Salía de su casa con la ropa llena de pelo y con olor a pis de gato. Cada vez que la abrazaba uno de los mininos venía a meterse entre los dos. Encontré que era más fácil que ella viniese a mi casa. Así, las cosas comenzaron a funcionar. Un día quisimos pasar un fin de semana largo en Mar del Plata. Quedamos en salir por tren, directo desde Constitución. Ella apareció con la jaula y los dos gatos dentro. Me llevé una sorpresa porque no sabía que tenía esa jaula ni que los llevaría, aunque debí suponerlo. Embarcamos. Todo bien: los gatos en el vagón del equipaje. Pero, cada media hora ella iba hasta allí a verlos y hablarles. Yo pensé: si va a ser así hasta Mar del Plata, no quiero imaginarme cómo será en el hotel. Está bien que es una cabañita, pero seguramente los bichos no van a salir de noche a andar por ahí, ella no los va a dejar, tendrá miedo de que se pierdan. A esa altura de mi imaginación, yo ya los había ahogado en el mar frente al monumento de Alfonsina.
En Chascomús me bajé, aprovechando su tertulia en el vagón de equipajes con los animales y desde ese día nunca más la vi. Aunque me habló desde Mar del Plata para decirme algunas cosas que no me gustaron y en ese momento no me importaron para nada. Hoy tampoco, claro que no. También me reclamó haberme llevado los pasajes de vuelta y el comprobante del depósito de la estadía del hotel. Eso fue de puro distraído nomás. Chascomús estaba bien para fin de semana de soltero y hasta aprendí a pescar. Basta de gatos.
¿Y si Samanta tiene gato? Mejor le pregunto antes de dar ningún paso. El gordo Vargas es demasiado lanzado. ¿Y si Samanta solamente está jugando y me llama mi sargentito para divertirse? ¿Quién me dijo a mí que está enamorada de mí? ¿Y si es Vargas el que se está riendo de mí? ¿Eh? Ya quisiera saber yo cómo lo llama ella al gordo. ¿Transatlántico también? ¿Titanic? ¿Fofanic? Además, qué tipo metido. Yo no tendría que haberlo avivado diciéndole que no le pidiese nada. Samanta es grandecita y sabe muy bien poner los límites.

   ¿Y si me está haciendo el entre para otra cosa? No sé. Una apuesta con las compañeras de Catalogación por ejemplo. Esas son dos arpías que no tienen nombre. Son capaces de lograr el malestar de todo. Las hermanitas Rincón. Me producen lo mismo que me producen los gatos. Menos mal que están aisladas en el primer piso, lejos de la civilización. Si llego a caer en una trampa tendida por ésas no me salva ni el fuego del infierno. Pero Samanta no se prestaría para una cosa así. No les tiene simpatía a las hermanitas Rincón. Además, un ángel como Samanta no tiene necesidad de divertirse a costa de un veterano. Tal vez sea cariño de hija y nada más y yo me estoy alucinando con pavadas.

   Mejor me ducho. Bueno, no. Tengo que levantarme. Si me ducho ahora, me desvelo. Estoy desvelado. Bueno, me ducho. Pero con agua caliente. Todo bien, ya me duché, pero sigo pensando en Samanta. Todo se va a resolver si tiene gato. Ella no huele a gato. Digo a pis de gato ni tiene pelos de gato en la ropa. Por lo tanto, no debería tener gatito. Bueno, es inútil, ya no puedo conciliar el sueño. Mejor leo. Como no va a pasar nada, no importa si tiene gato o no. Pero, ¿y si tiene gato? Ufa.

Capítulo V:

dragon   Me despierta el teléfono. Es el gordo Vargas: ¿sabés la hora que es? Claro que no sé. Me despertaste, le gruño como cualquiera que es sacudido por el timbre del teléfono a las ocho de la mañana, hoy es sábado, no laburo. Una breve pausa, que pretende llenar de dramatismo esos instantes, precede a la voz inconfundible de Vargas cuando está contento: Hoy es sábado, día de proveedores. Desde luego mi fastidio pudo más que la curiosidad: ¡Y a mi qué me importan los proveedores! Vargas cuando está muy contento se pone particularmente insistente, Los días de proveedores, el chino Tsé recibe al proveedor que buscamos. No, no, no, vos buscas al proveedor chino, yo no, y cuelgo. Otra vez el timbre. Levanto el teléfono: ¡Ya te dije que no!  Pero es el timbre del portero eléctrico pulsado por el insistente dedito del gordito Fofanic. Basta gordo. Basta, y cuelgo también el auricular del portero eléctrico.

   Levantado a la fuerza, el insomnio no me abandona porque no me abandona la sensación de que Juan corre peligro y no tengo más elementos que el chino Tsé para acercarme a la solución de este tema. Desayuno con mate y galletas. Las naranjas se terminaron y con este bolonqui no compré. Me visto y salgo para llegarme hasta lo del chino Tsé. El gordo Vargas, cómodamente sentado en la recepción del edificio donde vivo, lee concentrado las noticias del diario de la mañana, Buen día, me dice sin levantar la vista de algo que le ha llamado la atención, todo cierra, agrega y pliega el diario. Apenas puedo abrir los ojos y me dejo guiar hasta lo de Tsé.

   El chino, que nos ve llegar nos hace señas de que nos vayamos desde su caja registradora y por el vigor con que agita las manos, comprendemos que debemos irnos rápido. Vargas me toma del brazo, desandamos el camino hasta la esquina y allí me dice: es mejor que nos quedemos aquí y veamos cuándo llega el proveedor de galletas. ¿Cómo sabés si no vino ya?, le pregunto en un bostezo interminable. Tsé recién abrió, responde contundente el gordo y me pasa un termo que extrae de su portafolios, tomáte un café. ¿Cómo es posible que en ese portafolios tenga un termo de café? Este termo no cabe allí. Es demasiado alto y grueso. Es raro eso. Es muy raro eso. Aún no sacó el pañuelo del bolsillo, y me juego que saldrá seco. Ahí está. Lo saca. Seco. Lo humedece con el sudor y lo guarda en el mismo bolsillo. ¡Ahí está!, me dice con un grito contenido señalando con la barbilla al chino que baja con cuatro paquetes enormes de galletas de arroz. Al instante saca el celular marca un número, da una orden seca, corta y lo guarda. Dos minutos después aparece un auto de la nada y estaciona junto a nosotros. Vamos, me dice Vargas arrastrándome dentro del coche, tenemos que seguirlo. Vos estás del tomate, nos van a quemar y cortar la cabeza, protesto sin ninguna posibilidad de encontrar eco y justicia. Este es un amigo, se llama Jaime y es un policía retirado. Está al tanto de todo y nos hace el aguante con los fierros si se pone fea la cosa, me informa el gordo como si estuviese hablando del pronóstico del tiempo mientras los pelos de mi cabeza se erizan catapultados por la bronca, el espanto y la segura muerte. ¡Ahí sale! ¡Vamos!, dice Vargas entusiasmado como un gordo frente a una torta de crema y nos lanzamos detrás de la camioneta repartidora de galletas de arroz “Sabor chino”. Luego de dos paradas nos encaminamos hacia un lugar al sureste de la ciudad abandonando el refugio inigualable del barrio de Floresta.

   Estamos en Mataderos, informa Jaime, modulando las tres palabras con acento misterioso de película de Hitchcock con tal elocuencia que no puedo dejar de escuchar los acordes estridentes de Psicosis, y no parece tener ganas de parar; si agarra la avenida vamos derecho a Lugano. La cara de Janet Leigh es la cara de Samanta y grita como una demente cuando un chino nos quema a los tres en el auto. ¡Pará!, grita Vargas y Jaime hace chirriar los frenos justo en la trompa de un camión. Uhh, casi nos la dimos, dice Jaime sin dejar de mirar a la camioneta que está doblando en un pasaje, vengo mirando al objetivo, menos mal que estás atento dogor. Y reanuda la marcha de lo más tranquilo. El pañuelo de Vargas sale seco del bolsillo y chupa el torrente de agua que baja de su cabeza. Toda esa humedad con pañuelo incluido va a parar al mismo bolsillo del saco del gordo. Es raro eso.

   Desde que subimos al auto me mantengo aferrado al termo, parezco un náufrago en un mar infestado de tiburones chinos y hambrientos. ¿Y qué vamos a hacer cuando nos detengamos?, pregunto angustiado recordando a los matones apuntándome con sus revólveres con el asunto aquél del Instituto Rocca. No, sé. Improvisar, supongo, ¿no?, contesta la tranquila voz de Jaime y detiene el vehículo. Nos mira indistintamente esperando la confirmación para improvisar y como no la recibe se baja y comienza a caminar hacia el pasaje que, según Vargas, no tiene salida. ¿Cómo puede saber el gordo que ese pasaje no tiene salida? Estamos en un barrio tan oculto y olvidado que ningún catastro lo relevará hasta dentro de diez años. Justamente por eso, dice Vargas leyéndome el pensamiento. ¿Leerá el pensamiento o yo lo dije en voz alta sin darme cuenta?

   Tengo tanto miedo que me parece oportuno refugiarme detrás del gordo por si comienzan los tiros. Teóricamente los tiros no me asustan, me asusta el fuego, morir quemado. Encima morir sin un beso de Samanta. Bueno, si me besara no quisiera morir, quisiera seguir besándola. Paren, dice Vargas, y señala tres carteles escritos en chino y en chinoargento: paradería, nesita repostor, poyo: ubicados en tres casas diferentes de la cuadra antes del pasaje, y luego traduce: panadería, necesitamos repositor, pollos. Un barrio chino en la antípoda de otro barrio chino, me atrevo a concluir. ¿Qué es antípoda?, pregunta de Jaime que contesta Vargas: lo opuesto. Y yo vuelvo a concluir: como una culebra. Ambos me miran como si yo hablase en chino. Llegamos a la cabeza de la culebra arrancando por la cola y llegamos a la cola arrancando por la cabeza, como decía Juan Chiú. Una gilada, es el pensamiento vivo de Jaime y que no tiene escrúpulos para expresarlo en voz alta.

   chino2No estoy tan seguro de que este depósito sea la sede del Dragón Rojo, tiene pinta de fábrica de galletas nomás, especula el gordo. Lo que tenemos es un lugar lleno de chinos, insisto, ésa es la mejor tapadera: chinos trabajan en un barrio chino y lo que cada uno hace en sus ratos libres a nadie le interesa. Esta es una secta que no tiene sede física, al menos es lo que decía Juan Chiú. Deben ser como los tordos, acota Jaime, que anidan en nido ajeno. Claro, todo coincide, remata Vargas. Esa frasecita ya la dijo más temprano y yo odio al gordo cuando se pone enigmático como Poirot cuando cree que el caso lo tiene resuelto. ¿Tendrá Vargas aspiraciones a pedante para parecerse al belga de papel y tinta? ¿Qué querés decir?, rompo el clima para terminar con la fantasía. Y sin inmutarse el gordo dice: No tienen sede física, los contactos son los mismos chinos y los clientes también. El cuerpo del decapitado es de un hombre chino. ¿Decapitaron a alguien?, se asombra Jaime y por primera vez veo el miedo en sus ojos, un miedo fugaz que puede crecer en cualquier momento. Sí, por la autopsia. La cabeza no aparece, se agranda el gordo y suda y se seca con el mismo pañuelo pero seco, tenemos entonces la cola de la culebra: el asesino. Si es así, también está la cabeza, afirma Jaime comprendiendo una situación simple. Y el tío quiere saber el motivo, digo abriendo un abanico peligroso. ¿Qué tío?, pregunta Jaime y el gordo lo pone en autos.

Capítulo VI:

   Estoy agotado. Se nos fue la tarde en la espera. Nadie entró ni salió del depósito. Tuvimos que comer unos sánguches de milanesa de la panadería china porque no había ningún cuchitril donde sirvieran comida en la zona. Para colmo de males el café del termo se enfrió. El pan no estaba mal. Un poco gomoso. Mucha miga. La milanga era más bien gruesa. Tampoco estaba mal. A mí me tocó una con un pedazo de nervio en la punta.

   Empecé a comer el sánguche por el lado opuesto, el aderezo un poco chirle se corría por el costado de modo que debía abrir las piernas para no manchar el pantalón. Me dediqué a sorber solo el condimento para evitar que me cayera por la muñeca y resbalara hacia el codo. Almorcé agachado, con las piernas abiertas, los codos levantados, rodeando la milanga para evitar la parte dura. Y cuando llegué al trozo de carne nerviosa lo examiné como si fuese un objeto de laboratorio al que hubiese que extraer el poco de proteína masticable que contenía.

   El aderezo de un color terracota con listones violetas tenía un sabor aceptable aunque su composición fuese indescifrable a simple vista. Tardé en terminar de comer el sánguche, pero tuve la certeza de que mis días de hígado saludable habían terminado cuando arrojé definitivamente los restos de la milanga china al tacho de basura.

   Al gordo no lo vi comer. Supongo que la embodegó zampándola en dos tiempos y después de la experiencia que pasé en el restorán me vino bien, así no recordaría a Samanta entre los dientes de Vargas. Jaime había manducado la suya con unos eficaces y rápidos bocados ignorando del todo el origen de la vitualla.

   Mientras Jaime fumaba mirándome luchar con las durezas de la carne, comentó algo que le resultaba muy grato o, por lo menos, nostálgico. El  ex policía solía comer sánguches de milanesa hechas con doble empanado de ajo y perejil “así de gruesas” y señalaba el tamaño llevando índice y pulgar a una medida similar una pulgada intentando justificar su viaje hasta la estación de Floresta para ese deleite, las hacía un paraguayito y le ponía empeño; te servía la mila desbordada del pan de fonda en un plato chiquito así lucía más y se ganaba la propina; el dueño era un gallego, de esos gallegos duros, secos, venía una sola vez al día a buscar la recaudación, llenaba una planilla para las compras y se iba como había venido, sin saludar; el encargado me decía en confianza que el gallego siempre daba la indicación de que no mezquinaran con las milanesas: después me di cuenta de que para empujar el sanguchón había que bajarse una doble ración del alcohol que se tomara, entre el ajo, el aceite y la pimienta que te ponían delante junto con la mostaza y la mayonesa, había que darle al trago si querías terminar entero al final del día. Después de aquellas milangas, la milanga no existe.

   Ahora que me baño pienso en Samanta y no debería hacerlo. ¿Qué no debería hacer? ¿Bañarme o pensar en Samanta? Una cosa no va con la otra. Una cosa anula la otra. Qué estará haciendo la morocha un sábado a la noche. Yo pienso en ella. ¿Pensará ella en mí? La invitaría a tomar algo. Un helado. No, un helado son muchas calorías. Me jugaría en contra. ¿Un cafecito? El cafecito solo es medio pobretón. ¡Un cafecito con torta! Ahí está. Eso. Si no acepta por mí ¿aceptará por la torta? ¿Y las calorías? Bueno, mientras no tenga crema. Pero una torta sin crema no es torta.

   En mi casa no hacían tortas con crema. Hacían el bizcochuelo de caja, le echaban leche y agua, al medio una mermelada casera y si no te gustaba, no había otra cosa. Y desde esa época no como tortas, con o sin crema. Me sacaron el gusto. En el barrio debe haber un lugarcito piola. Eso ¡un cafecito con torta en lo de Leonel! Ese pibe sabe hacer tortas. ¿Y si no le gustan las tortas?

   Me vine nomás para ver si el lugar está bien para invitarla. Pedí un cafecito que ya se enfrió por estar mirándolo todo. No la llamé. No me decido a llamarla desde aquí. Es demasiado evidente y cursi “hola, estoy solo como un hongo ¿querés tomar algo conmigo?” Debe tener miles de invitaciones. Ya debe estar bailando o cenando en un restorán de lujo y yo que me la imagino al lado del teléfono esperado que me decida a llamarla. ¡Qué gil de cuarta! Mejor pido la cuenta y me voy. ¡Leonel! Cobrame. Decime ¿qué torta me sugerís? ¡Pero qué gil, un gil de décima soy! ¿Para qué quiero comer torta? A mí no me gustan. Hoooolaa, ¿qué hacés vos comiendo torta con café? Y pidiéndola a los gritos al dueño, con confianza. Uuuupa! No te conocía esos gustos. Qué sorpresa. Te la tenías guardada, ¿eh?, dice Samanta apareciendo como una epifanía vestida de yin, blusita, camperita, ¿estás solito? No, no. Digo, sí. Ahora sí. No. Quiero decir que ahora estoy con vos, y respiro para darme tiempo a tragar el impacto de ver a Samanta materializada a mi lado y yo sentado que no sé qué hacer, uy mierda, volqué la taza de café, ¿vos? ¿bien?, qué raro vos por el barrio, …alcanzo a decir no muy seguro de si es correcto o no en una situación como ésta. Flaco, si vos sabés que vivo a dos cuadras de aquí, ¿qué me preguntás?, y me clava esos ojazos poniéndolos tristones al máximo mientras siento que algo se derrite sin remedio dentro mío y yo trato de enderezarlo con un esfuerzo enorme hasta que me salen las palabras más inteligentes que recuerdo haber dicho alguna vez: me olvidé, perdoname.

   Llega Leonel con la torta y me salva: ¿y para la señorita? Limpia el desastre que hice y se va, harto de esperar que hagamos el pedido, porque la miro a los ojos y sonrío tontamente con mi mejor sonrisa de tonto, la que entreno todos los días, pero mis ojos denotan miedo, un miedo espantoso. Escuchame, Flaco, si estás esperando a alguien me voy, no hay problemas. Iba a la pizzería de la otra cuadra, me llamó la atención verte aquí y me acerqué. Nos vemos el lunes, dice Samanta levantando graciosamente ese cuerpo de ángel y como si fuera un ángel se inclina para darme un beso en la mejilla. Yo también me levanto y no sé por qué giro la cabeza besándola en la trompa como para romperle los labios, los caninos y la campanilla. Después de un rato de estar pegados Samanta me dice: dejame respirar Flaco, son muchas emociones esta noche.

Capítulo VII:

   Leonel nos echó lisa y llanamente. Apagó las luces del salón. Dejó las del mostrador y me dijo: Flaco, ya está. Chau. Escuché “Flaco” y desperté de la conversación y Samanta también, nos miramos sorprendidos y casi ofendidos por el tono del llamado: Leonel señaló el reloj: Domingo 3 a.m. Recorrimos el salón con una panorámica lenta donde vimos sillas con sus patas para arriba encima de las mesas, un balde con trapo de piso y el palo de un secador pacientemente apoyado en una pared, luces pequeñas y titilantes de las heladeras, el wi-fi titilante también, la cortina de metal baja y la puertita apenas entrecerrada, hasta recaer en nuestra mesa donde dos cafés fríos y una porción de torta con crema esperaban también algún desenlace. Pagué inmediatamente disculpándome hasta en bengalí. Samanta repetía “Qué horror la hora que se hizo” y yo me quedé con las ganas de pedirle a Leonel que me envolviera la porción de torta para llevar.

   chino3Ya en la calle tentados de la risa viéndonos a nosotros mismos, los ojos del uno en los ojos del otro hablando de cosas que ni siquiera recordábamos haber dicho. Caminamos un poco, la mano del uno en la mano del otro, arrobados, temiendo el momento infame del hambre que nos haría delirar por una porción de pizza. Si pudiéramos volver atrás en el tiempo iríamos a La Universal. A esta hora estaba abierta los sábados, dijo Samanta sin ningún prurito romántico.

   Se me estrujaba el corazón de puro hambre, pero no quería entrar en la nostalgia y propuse: Nos queda el recurso de los fideos al olio. Samanta me miró con la sospecha en los ojos de mis segundas intenciones y juro que no las tenía hasta ese momento. Bueno, es, digo, si tenemos mucha hambre, es lo que quedaría, ¿no?, me apuré a sentar el precedente de la inexistencia de las segundas intenciones. Sin dejar de mirarme con ojos asesinos metió su mano en el bolsito que traía y me dijo muy segura: ¿en tu casa o en la mía?, así, sin dejar de mirarme ni tampoco responder, sacó una moneda de diez mangos, de las nuevas, la arrojó al aire, la tomó entre las palmas, ¿cara o seca?

   No podía elegir otra cosa que cara con la cara de la mujer de mis sueños que me miraba dispuesta a comerme hasta el hígado si fuera necesario, acto por el cual yo no me resistiría para nada, para nada de nada, qué me iba a resistir si ni café había tomado, pero dudaba si Samanta estaba pensando en el postre. Porque en casa no había ni naranjas. Cara, dije. Samanta se abalanzó rodeándome el cuello y me besó con ganas, con amor, con dulzura, con pasión, con hambre. Bien, vamos a tu casa, dijo y tiró la moneda por encima del hombro, eso hace una mujer cuando es la última mujer de un hombre. La miré con el corazón y juro que jamás me sentí tan varón con una mujer que decía quererme. Espero que no tengas gato, agregó antes de iniciar la marcha. Las cosas que hay que oír, dije ligeramente enigmático como Bond, Yeims Bond.

Capítulo VIII:

   El gordo Vargas está de guardia en la puerta de la Biblioteca y ya me vió. No puedo ir por la puerta de atrás. Lástima. ¿Dónde te metiste el domingo? Te estuve buscando por todos lados, me saluda amablemente. Buen día, a mí también me da gusto verte, y se lo digo sin reproches. Hay muchas novedades en el caso, me cuenta y dudo mucho de que haya escuchado el tono de distancia que imprimí tanto a la voz como al resto del cuerpo. Jaime se quedó de guardia en el depósito de Lugano y yo me volví a Floresta después de que te fuiste. A las doce y media de la noche Jaime llama porque se produjo movimiento en el lugar. Cinco chinos entraron y a los diez minutos salieron seis. Todos vestidos iguales. La misma ropa que describió el tío y a cara descubierta. Jaime los siguió hasta Perito Moreno y Mariano Acosta porque allí mismo desaparecieron como si se hubiesen desvanecido en el aire. En ese momento Jaime huele a quemado y se da cuenta de que su auto está ardiendo por el baúl. Salta del auto muy asustado y se aleja lo suficiente para que no lo agarrara la onda expansiva de la explosión. El auto reventó como un globo. Jaime, muy asustado, comenzó a correr por Mariano Acosta y recién paró en Alberdi, donde me volvió a llamar. Quería que nosotros abandonáramos el caso porque se puso más peligroso, me pone al tanto el gordo Vargas y agrega: quería que le pagáramos el auto quemado. Yo lo convencí de que seguiríamos adelante y que le repondríamos el auto.

   No hay nada como el Nirvana Laboral para lograr un estado óptimo frente a las circunstancias adversas. Hay que respirar hondo, fijar un punto, concentrarse en él y desplazarse a una dimensión donde las emociones humanas no lo alcancen.

   Pero esta vez no lo logré y agarré por el cuello al gordo Vargas para ahorcarlo por meterme nuevamente en sus enredos. ¡Pará, loco!, alcanzó a gritarme cuando mis manos atenazaban con riesgo de asfixia su papada sudorosa, tengo la solución y no pondremos un mango, tranquilo. Conozco a un tipo que desarma autos, tiene un desguazadero y es un romántico. Escribe novelitas policiales y si le ofrecemos el argumento de la historia los chinos, nos da un auto parecido al de Jaime.

   Hay que ver nomás lo rápido que es el gordo para solucionar ciertos problemas. Yo te lo advertí. ¿Te lo advertí o no te lo advertí? No me metas en tus asuntos raros gordo porque ya no tengo paciencia. ¿Para qué metiste a Jaime en esto? ¿Qué necesidad tenías de seguir con un tema tan peligroso? ¿Por qué no se lo dejás a la policía y listo? ¿No te das cuenta de que en cualquier momento somos un montoncido de ceniza?, le digo y no me reconozco en mi papel de Luis Luque desaforado.

   Las hermanitas Rincón, que acaban de llegar al trabajo, me miran azoradas paradas a la entrada de la Biblioteca mientras termino de zarandear como un trapo a la mole de Vargas agrarrándolo ahora por las solapas. ¡Si, tenés razón! Pero pará. El tipo es necesario porque sabe de vigilancias y técnicas policiales de investigación y otras armas, me responde Vargas en un grito, a punto de entregar su verticalidad y arrastrarme con él en una segura rodada hasta el cordón de la vereda. ¡Ay! ¡armas! ¡Tiene un arma! ¡Tiene un arma! ¡llamen a la policía!, grita una de las hermanitas Rincón que escuchó las últimas palabras de Vargas cuando llegaba a la puerta del trabajo, con el miedo dibujado en su cara ya blanca y seguramente en su cuerpo también, ¡quiere matarlo! ¡un terrorista! ¡socorro policía!, agrega en un tono castellano neutro doblaje mexicano de novela brazuca. 

   La otra hermanita Rincón hecha un papel también por la palidez que denota su rostro, pero ostensiblemente callada, agarrada a la reja de entrada de la Biblioteca porque “cuando se pone nerviosa se orina encima”, tal como se corre la bola en la Biblioteca.

   El guardia de la puerta de atrás viene blandiendo el palito ridículo que tiene como cachiporra, atraído por los gritos, pero no atina a nada porque todo se desarrolla fuera de los límites del edificio, salvo la esperable pishada de la hermanita Rincón que aún se sostiene de la reja entre la vergüenza, el miedo y el incomprensible reto de su hermana que la increpa por tomar demasiado mate por las mañanas, por lo que el guardia, viendo la situación y conociendo el chisme, entra al edificio y vuelve con un balde y un cepillo que entrega a la ya desgraciada hermanita Rincón que rompe en un llanto desconsolado sin soltar la reja.

   La otra hermanita Rincón intenta llevarla hacia el interior de la Biblioteca para lo cual deberá desatenazar los dedos de la reja con un esfuerzo exagerado, seguramente más aspaventoso porque el guardia se presta a la ayuda de sacar a su hermana de su obstinado anclaje.

   En medio de todo eso Samanta llega al lugar de los hechos con una sonrisa amplia, fresca, saluda a todo el mundo, entra a su trabajo como de costumbre, ausente, ajena, y, por qué no decirlo, feliz, plena. Por suerte estoy oculto detrás de Vargas y ella no me ve en mi versión Stallone de esta mañana. De lo contrario nuestra intimidad se vería expuesta y no tengo ninguna gana de que eso ocurra, tal como acordamos con Samanta.

   Ya medios repuestos de la trifulca, el gordo respira y de vez en cuando tose. Yo me acomodo las ropas lo mejor que puedo. El teléfono celular suena. Tiene una melodía que Samanta conoce a la perfección. Por suerte ya entró y yo sigo detrás del gordo. Miro quien llama: Samanta. Hola, digo intentando ser distante y cortante, estoy por llegar, tengo que cortar. Me dice la hermanita Rincón que estabas peleándote con un terrorista en la calle, la voz de Samanta suena divertida porque nadie les cree demasiado a las Rincón. Vos sabés cómo son, tranquila, se confundieron, chau, chau, y corto rápido con Samanta y la sigo con Vargas: tengo que entrar al laburo, gordo, ya charlaremos más tarde, le sacudo la solapa, le arreglo el trapo que lleva por corbata y él saca el inefable pañuelo seco de su bolsillo para secarse el sudor.

   Antes de marcar mi tarjeta de Empleado del Mes desde hace cinco años suena el teléfono con la melodía de Samanta: hola mi amor, ya llego, digo y antes de que pueda cortar la voz de Juan Chiú me trae a la realidad china del Dragón Rojo. Glacias pol decilme mi amol yo también te quielo mi amol, pelo no puedo hablal mucho de eso ahola, cuchá bien con oleja, familia Guan estamos escondidos en un edificio secleto de palientes chinos polque la secta del Dlagón Lojo nos quiele matal a familia Guan y a cincuenta y do familia más. Todos tamos escondidos en edificio palientes chinos. El fablicante de galletas aloz “Sabol chino” quiele monopolio. Nosotlos vendel siemple galletas aloz “Delicioso aloz” polque es más balata que “Sabol chino”. El dueño de “Sabol chino”, Li Won Wu, quiele matalnos a todos y vendel solamente galleta de aloz “Sabol chino”. Ahola coltal. Chau mi amol, dice Juan, corta y yo me quedo de una pieza con la tarjeta de Empleado del Mes desde hace cinco años marcada en la mano, con la boca abierta y el teléfono titilando. Con los apuros del fin de semana, puse la misma alarma para los teléfonos de Samanta y de Juan. Con la llamada de Juan Chiú me he convertido yo mismo en una alarma que suena más fuerte que la sirena de los bomberos.

Capítulo IX:

   Revolvemos sendos cafés sentados a una mesa frente a la Plaza de la Candelaria el gordo Vargas y yo. ¿Cómo es eso de la cola y la cabeza de la culebra?, pregunta el gordo sabiendo la respuesta, no se sabe la identidad del cuerpo del chino decapitado, pero,…  y deja los puntos suspensivos con la intención de crear una ventana de suspenso a este caso que nos tiene por el suelo y yo, que soy un experto en recoger el guante no tardo en morder el anzuelo. ¿Y si el decapitado fuera el dueño de “Sabor chino” Li Won Wu? ¿en eso estás pensando?, arrimo el bochín al runrún de la cabeza del gordo. Nunca se me hubiera ocurrido, me mira sorprendido Vargas, ¡qué cabeza podrida tenés!  La verdad es que me ofende su comentario porque es una cabeza deductiva la mía. Y si fuera cierto lo que digo, lo podrido es todo lo demás incluso tu ofensa, porque no habría nadie quien detenga la ejecución de las cincuenta y tres familias chinas escondidas, deduzco en voz alta para que Vargas me escuche bien.

   Pero el gordo no me está viendo, sino que por encima de mi hombro mira algo o alguien que se acerca a mis espaldas. No puedo reprimir el sobresalto y me doy vuelta al instante: un ciego, que golpea con su bastón las patas de las sillas que están dispuestas a las mesas en la vereda se acerca. Típico ciego, pelado, barrigón, anteojos oscuros, cabeza erguida, bastón blanco, pasos lentos camina al compás del bastón, me levanto torpemente y la silla cae en la ruta del no vidente. El hombre se detiene y con su bastón estudia lo que tiene enfrente y concluye: ¿Alguien puede ayudarme y quitar la silla de la vereda? pide con voz de barítono el hombre del bastón blanco y el hombre de pañuelo seco, gordo y sudoroso responde a su pedido: Ya está libre el camino, puede seguir, dice Vargas acomodando la silla en su lugar. Muchas gracias. Quedan pocas personas solidarias en la Ciudad de Buenos Aires y, permítame, un modo de agradecer a su rápida intervención, y sin más preámbulo el ciego pliega su bastón, lo mete en su bolsillo.
De la bolsa que cuelga de su hombro saca tres pelotas de tenis de color verde flúor que arroja al aire con soltura y precisión para recogerlas creando un círculo paralelo a su cuerpo.
Luego, con una mano hace girar dos y con la otra mano arroja al vacío vertical la tercera pelota que, cada tres giros, cambia de lugar con alguna de las dos que giran con la mano contraria.
Luego el círculo cambia a girar sobre el hombro derecho del malabarista y, con un preciso cambio de pelotas, el giro se traslada al hombro contrario.

   No contento con la demostración de gratitud, ahora las pelotas giran en sentido diagonal a su cuerpo de izquierda a derecha y viceversa, para terminar su acto recogiendo las tres pelotas de tenis en la misma mano que las extrajo del morral que aun pende de su hombro.

   Hemos quedado en silencio, presos de las circunferencias trazadas por las tres pelotas con la destreza fantástica de un hombre que no ve. A su vez, el ciego rompe el silencio con un aplauso que suena huérfano entre los sonidos que rodean a las mesas, al bar, a la plaza, aplauso al que nos sumamos después de un momento con vigor creciente y finalizamos con alabanzas a la destreza.

   El ciego agradece y abriendo la boca de la bolsa de las pelotas sugiere: Soy un hombre no vidente que se gana la vida con malabares aprendidos con no pocas dificultades y es el único modo de llevar un plato de comida a los míos, si los señores quisieran colaborar con lo que pudiesen, mi familia los recordara en sus oraciones, amén, y abre aún más la boca de la bolsa invitando al recordatorio eterno.

   Nos miramos con Vargas y accedimos no sin bronca por nuestra inocencia de caer en la trampa tan infantil puesta a dos supuestos pensadores de la lógica y la conclusión.

   Metimos sendos gruesos billetes en la bolsa, para no ir a confesar a La Candelaria los pecados asesinos de ciegos que practicábamos con el pensamiento en ese momento. Antes de irse, el ciego, nos dice por lo bajo mientras reverencia nuestro óbolo: En Mataco y Magariños Cervantes está el fuego que buscan.  Se yergue nuevamente y parte el ciego golpeteando el suelo con su bastón el ritmo de un candombe maduro y rumbero.

   Nuestros corazones laten a ritmo de malambo. Nos miramos en silencio y sentándonos a la mesa levantamos el brazo; llamamos al mozo; pedimos dos ginebras dobles con hielo. Nuestro abismo no tiene fin.

Capítulo X:

   Estás como ausente, mi sargentito, ¿te pasa algo? ¿ya no te gusto más? Me lo dice con esa carita y esos ojitos y esos pucheritos a los que no puedo resistirme y la beso apasionadamente hasta que me pega en la espalda para que la deje respirar, Flaco, estás cada vez más loco, pero te quiero, vení para acá. Y la que no me deja respirar es ella, pero yo no le pego en la espalda, sino que se la acaricio y de paso le aflojo la camisa y ya que estoy se la saco y también le saco el collar y la cadenita, bueno y todo lo demás en un orden que no importa detallar ahora, pero se los saco y me dejo llevar adonde tenemos ganas de ir y vamos sin dudar.

   Son más de las dos de la madrugada. Estamos aún abrazaditos debajo de las sábanas. Dos y cuarto exactamente. Me llevó quince minutos contarle el caso del Dragón Rojo hasta aquí, hasta el preciso momento en que apareció el malabarista. Pero estoy tildado, empantanado, le digo, porque el gordo Vargas cree que Li Won Wu está vivo y nos tendió una trampa usando al malabarista. La pobre Samanta abre los ojos y percibo el miedo en su cuerpecito desnudo que tiembla como un junquito. ¡Son dos giles!, me dice separándose con bronca de uno de los giles aludidos …. Dado que confundí miedo con bronca, pregunto: ¿Por qué?, muy altanero desde la herida que Samanta acaba de abrir a mi narcisismo, hueco narcisístico por el que puede pasar un camello al galope. ¡Ninguno de los dos leyó los archivos que les mandé! ¡Giles! En las últimas cinco hojas se demuestra cómo la secta de Dragón Rojo creaba la ilusión de que un hombre desaparece en el aire después que mata a otro, me recrimina Samanta. Pero mi amor, eran doscientas cincuenta hojas, alcanzo a balbucear mendigando el abrazo que me había cobijado desde las ocho de la noche hasta las dos y cuarto de la mañana. ¡Yo las leí!, me dice y sus ojos ya son dos brasas relampagueantes de furia, y si las hubiesen leído ustedes también el caso ya estaría resuelto. Esto me pasa por querer hacerles un favor a dos giles buscando la información correcta. ¡Chau!, con estas palabras se levanta, se viste y sale del departamento.

   Yo, que no alcanzo a hilar una respuesta que la haga volver, la sigo por las calles de Floresta envuelto en una sábana a las dos y cuarenta de la mañana, descalzo, parezco un fantasma recién salido de la ducha hablando a los gritos por la vereda. Me quedo parado en medio de la calle cuando ella sube a un taxi y se va por la avenida Avellaneda casi desierta dejándome con la palabra en la boca. Ya no hay caso. Es una caprichosa, me repito en voz alta tratando de consolarme y justificar la metida de pata a sabiendas de que no tengo razón de ninguna manera. Mañana la encaro y le digo lo que pienso de su comportamiento: no puede irse hecha una furia a la madrugada, solo porque no leí las doscientas cincuenta hojas de las copias, la culpa también es de ella que no me advirtió que debía leerlas todas con detenimiento.

   Mientras vuelvo a casa pienso lo que dijo Samanta, deduzco que, si ya se sabe cómo desaparecían, la secta debió tener filtraciones. Tengo que revisar si está la fecha cuando esa información se hizo pública. Menos mal que tengo las copias en casa y puedo leerlas y al gordo no le importará que lo despierte a las cuatro de la mañana… ay, mierda, … salí con la sábana y sin las llaves, y ahora qué hago, estoy como Tarzán desnudo y a los gritos. A ver, Flaco Cabral, pensá. Pensá qué se hace en estos casos.

   Nunca dejé las llaves en casa de un vecino. Nunca dejé las llaves en la maceta del palier porque nunca hubo maceta en el palier. Tampoco felpudo en la puerta de entrada al departamento. Lo más sensato es ir a lo de Samanta para que me dé las llaves con las que abrió la puerta de abajo; en el mismo llavero están las llaves de casa, pero como voy si no tengo plata para un taxi, a menos que, que lo haga esperar, bueno, ¿y si Samanta no me quiere abrir? tengo que empezar a correr porque tampoco tengo plata para el taxi, todo esto en el caso de que algún taxista me deje subir al auto, porque así disfrazado cualquiera tiene miedo, uf, pensá Flaco, pensá, ¡el gordo!, no el gordo no, no tiene mis llaves ni plata para el taxi ni me va a escuchar tocar el timbre, bueno, voy a lo de Samanta, mejor me arreglo así parezco un disfrazado de romano que vuelve de una fiesta y si le corto una ramita al ficus de aquí al lado ya tengo mi disfraz completo con corona de laureles.

   Un auto frena chirriando las gomas en el empedrado justo a mi lado. ¡Flaco! ¿vas a una fiesta de disfraces o estás borracho? pregunta la voz de Jaime en la oscuridad que dejan los faros del auto alumbrándome la cara con el relumbre. Reconozco el inconfundible sonido de sus cuerdas etílico-vocales, ¿Jaime?, pregunto sin embargo. Y, sí, bolú, soy yo ¿qué hacés vestido así?, y lo dice muy divertido al borde de la carcajada. Me quedé afuera de casa, sin llaves, admito sin más vueltas. ¡Pero qué bolú!  vení subite, si no tenés donde ir, te venís a casa, ofrece convencido. El que no está convencido soy yo y le doy la dirección de Samanta volviendo a mi plan original compelido por la falta de dinero y aún más por la posibilidad de tener que pasar una noche en una casa extraña con un extraño ex policía.

Capítulo XI:

   Samanta me tiró el llavero por el balcón.  No me quiso abrir ni me quiso hablar. Imaginate que tu novio te despierte a las tres de la matina, Jaime, vestido con una sábana pidiéndote las llaves de su propia casa, lo menos que pensás es que esta borracho, ¿le vas a abrir?, le digo a Jaime cerrando la conversación antes de que pregunte nada. Cuando llegamos a casa le doy las gracias. Para eso están los amigos, me dice antes de arrancar y perderse en la noche florestana tal como apareció.

   He leído las doscientas cincuenta hojas de la información que ella me mandó, pero las cinco últimas son manuscritas y la letra no es de Samanta. Detalla con exactitud el procedimiento, fechas, lugares. Parece muy informado quien escribe. ¿De dónde lo habrá sacado Samanta? Parece un informe, pero no tiene firmas, solo el texto.

   El gordo Vargas tampoco leyó las doscientas cincuenta hojas. Llegó hasta la página ciento veinte y abandonó por abundancia de nombres chinos, según comentó apelando a su acostumbrado y dudoso humor. No obstante, el detalle indicaba que seguíamos en el tema circunscripto a la secta china. Incluso en las páginas manuscritas no se cuela ningún otro indicio que nos apartase de este rumbo. ¿Qué sabemos? Hasta aquí: chinos asesinados por otros chinos. Uno quemado. Otro decapitado encontrado así en un incendio en Liniers. Un malabarista ciego que nos pasa un dato. Jaime fue a relevar la zona de Mataco y Magariños. Juan Chiú, los suyos y cincuenta y dos familias más están escondidas temiendo que Li Won Wu los mate. Tsé, el único chino que nos dio una pista: el proveedor de galletas de arroz. ¿cuáles galletas de arroz reparte? “Sabor chino” dijo Juan Chiú. ¿Dónde está la fábrica? En Lugano. ¿Por qué el malabarista ciego nos manda a un barrio de Floresta?
Suena el teléfono. Melodía: llamado de Samanta. Hola mi amor, y que conste que lo digo cauteloso de no parecer un perrito faldero, ni machazo “allo Stallone”. Es cierto que discutimos. Tenemos un caso juntos, y nos vemos envueltos en circunstancias extrañas, pero de ahí a llamarme “mi amor”, suena un exceso de cariño para una relación profesional, Flaco, me responde el gordo Vargas desde el otro lado de la línea, te llamo porque me acabo de enterar de que el decapitado de Liniers no fue víctima de la secta del Dragón Rojo. Es un chino también, Guo Yi Yang, fabricante de ropa para damas en una factoría de la avenida Avellaneda. Se supo que fue amante de Jiang Ye, la mujer de Ning Yiwen fabricante de rollos de papel para cocina. Ning Yiwen está detenido en la comisaría de Chivilcoy al 400, ¿qué te parece?, pregunta el gordo y al parecer muy contento. ¿Salió en los diarios? No leí ninguna información en ningún lado, le tiro de la lengua para ganar tiempo y recomponerme de la sorpresa de que suene la misma alarma de llamado que la de Samanta. No, ningún diario saca esta información. Lo que pase con los chinos no sale en ningún diario que no sea chino. Me lo pasó Susana, la de la biblioteca popular de Liniers y que es amiga de Samanta, me ilumina el gran y sudoroso Vargas, es la que escribió a mano las últimas cinco páginas del informe de las sectas. ¿Cómo sabés eso?, lo digo fuera de todo control del nirvana, del té de tilo, de la tisana de lavanda. Me llamó Susana apenas se enteró por los diarios barriales chinos. Seguro la conocés ¿no? Y sabés que es media argenta y media china, una argenchina, jajajaja… y le corté.

   ¿Por qué no me dijo Samanta que fue Susana Ming la que mandó ese informe? ¿Por qué me oculta cosas? ¿Por qué suena con la misma música de llamada de Samanta la de Juan Chiú y ahora la del gordo Vargas? ¿Eh? ¿Por qué? ¿Por qué?  Y ahora suena el portero eléctrico. No gano para sustos.

   Era Jaime. Quería una R.U.R., según el código de los expolicías, Reunión Urgente Rodante los tres, él, Vargas y yo. Este tipo me parece cada día más loco. Ya en el auto propuse ir a comer a Segurola y Venancio Flores. Jaime frenó el coche como si fuera el único vehículo en medio de la calle. Pibe, me dijo así: pibe, ¿qué no te quedó claro con rodante?, y acentuó rodante con una erre muy canyengue y portuaria. Vargas en el asiento de atrás reprimió la risa. Con el rabillo del ojo pude ver cómo se le movía la barriga. La cosa es grave, muy grave, continuó Jaime, me temo que habrá matraca. El ciego que chivateó la zona tenía razón. Hay una casa a la que llega siempre una camioneta tipo van. Bajan unos bolivianos que parecen vestidos para bailar folclore de Bolivia. Entran a la casa y al ratito salen otros bolivianos con igual vestimenta incluso lo que parecen instrumentos musicales en sus fundas. En la casa se escucha música boliviana, pero tan bajito que no molesta, los vecinos creen que hay un taller clandestino de confección de ropa. Estos cambios ocurren cada una semana. No se ven mujeres, son todos hombres ¿Raro, no? ¿Quieren algo más raro? La camioneta van hace un recorrido por Floresta, Liniers, Mataderos para dejar a los muchachos y llega a Lugano. ¿A qué lugar de Lugano se preguntarán ustedes? ¡Bingo! A ese mismo lugar de las milangas. Pero, lo más notable es que subieron como bolivianos en Mataco y Magariños y bajaron como chinos en las paradas de los barrios ¿qué tal? Ese ciego no es ningún malabarista ni tampoco es ciego. Está detrás de algo, como nosotros, porque es un policía judicial. Está en la División drogas adictivas. Me parece que, en la expansión comercial de las galletas “Sabor chino”, hay algo de eso, concluye Jaime con un tremendo aire misterioso mientras sus labios pronuncian el nombre del chino mafioso Li Won Wu englobándolo todo. No puedo creer que las galletas de arroz sean adictivas, digo a mi vez sonando incrédulo. No todas, agrega Vargas sacando un papel de su portafolios, aquí dice que, las marcas de galletas de esta lista, contienen una sustancia adherida en el proceso de insuflado de aire que provoca adicción al consumo. Desde luego miro al gordo preguntándome si la argenchina Susana Ming tiene algo que ver en esta información.

   Nuestras cabezas trabajan sin descanso tejiendo conjeturas, charlando, pensando en voz alta los pasos a seguir. Tengo la sensación de estar parado en un barril de pólvora a punto de estallar del que tampoco me puedo bajar. El paseo en auto por Sanabria llega hasta Beiró, bajamos hasta San Martín. Jaime se pregunta por la droga y nos participa de sus miedos más profundos cuando echa a rodar la espina más dolorosa: estaremos solos hasta el último momento. Si conseguimos las pruebas todo cambiará. Juan B. Justo encaramos para el oeste sintiendo aún el pinchazo que exacerba nuestro miedo. En Nazca bajamos el gordo y yo en silencio. Jaime sigue su marcha hasta perderse en la curva de Cuenca. Paramos cada uno un taxi que nos llevara hasta nuestros respectivos domicilios. Llevábamos sendos pesos que nos cortaba la respiración.

Capítulo XII:

   Samanta no quiere ni contestar mi teléfono. No es para tanto. Está haciendo un escándalo que ya dura bastante y mucho se parece a un pataleo de nena de seis años. No me habla. Si lo hace, me habla solo por cuestiones de trabajo y me trata de Cabral. Cabral a secas. Hoy recibió un ramito de flores que le mandó un tipo. Sé que es un tipo porque las hermanitas Rincón, arpías venenosas, pasan por mi mostrador para molestarme escarbando en la herida. La pishona dice: Hermoso el ramo recibido por la compañera Samanta. De parte del “Lector 253”, como reza en la tarjetita, dice la otra. Qué amoroso agradecimiento, concluye la del pis. Les dedico mi mejor sonrisa de plástico y continúo con mi tarea masticando la bronca por el amor perdido.

   El gordo Vargas aparece como un globo aerostático arrastrado por el viento y la lluvia. Saca su pañuelo, seco desde luego, lo arrastra por cabeza y cuello y hecho un bollo mojado lo guarda en el bolsillo del saco. No llueve afuera, es solo la transpiración a mares que el gordo profesa. Buenas, me saluda, ¿estás preparado?, mirándome a los ojos. Desde luego, le contesto, pero admito que tengo un miedo terrible, podría hacerme pis encima en cualquier momento. Quedamos en la hora y lugar del encuentro. Vargas saca nuevamente su pañuelo del mismo bolsillo del saco, pero seco y doblado cuidadosamente, lo despliega y recomienza su tarea de quitar el sudor de su cabeza, cara y cuello.

   Espero en Juan B. Justo y Emilio Lamarca. A la hora exacta frena una van Mercedes Benz negra, se abre la compuerta del costado y desde adentro el gordo me hace señas para que entre rápido. Apenas si logro cerrar la compuerta y el vehículo sale disparado como si lo impulsara un cohete Titán. En verdad, más que rápido, la Mercedes trepida con ruido a partes sueltas en algún lugar de la carrocería. La saqué prestada de un depósito de la policía y nos viene muy bien por los adelantos que tiene: fue el vehículo que usó una banda que asaltaba bancos, advierte Jaime, ponete estos guantes para que no queden huellas digitales que nos comprometan, por si hay peritaje después. Ahora agárrense lo mejor que puedan. Hace mucho que esta preciosura no camina y no tuve tiempo de revisarla. Vargas sigue callado como si supiera algo más que yo no sé y teme revelarme.

   Estacionados sobre Magariños esperamos sabiendo de antemano que puede ser un largo tiempo. Vargas saca su termo con café y tres vasitos de plástico. Sirve. Advierte que está azucarado. De su portafolios extrae tres envases de sánguches de miga de “El Suspiro” y nos provee a Jaime y a mí sendos de jamón y queso que nosotros agradecemos con algo semejante a un gruñido. En mi caso el miedo es la razón del gruñido. La misma razón por la que el café está a punto de derramarse, porque mi mano no obedece las órdenes de calma que le imparte mi cerebro también alterado.

   Vargas toma el volante a eso de las dos de la mañana cuando nadie transita por la calle y coloca la Mercedes sobre la tapa de la cloaca. Jaime abre la trampa en el piso de la camioneta, engancha las orejas del cierre de la cloaca con ganchos atados a cables de acero. Un malacate recoge los cables de acero con ganchos. Está colocado en el vértice superior de un triángulo que forman tres patas apoyadas en el piso de la Mercedes, sube la tapa hasta dentro de la camioneta. Entro a la boca recién abierta por una escalerilla que da a la cloaca. Jaime se desliza después. Vargas acciona el malacate, la tapa baja y Jaime la calza a la boca desde adentro del túnel. Vargas retira los cables con los ganchos, cierra la trampa del piso de la camioneta y se va a dar una vuelta para estacionar no muy lejos. Todo perfectamente calculado y ejecutado en cinco minutos. Abajo, en el túnel no hay olor a cloaca y los celulares funcionan perfectamente, tal como dijo Jaime. No se trata de una cloaca, sino de un túnel disimulado.

   Durante las tres noches que pasamos calculando y ensayando la misión, Jaime nos contó la historia: Este túnel tiene más de diecisiete cuadras. Así como lo oyen: más de mil setecientos metros. Aparentemente lo construyó un pica-pica bajada de cordón, un muchacho del barrio, picapedrero de profesión( ), que desapareció misteriosamente hace muchos años. Se dice “aparentemente” porque una boca del túnel está en el patio de la que fuera su casa y la otra boca está en el patio de la cárcel de Devoto. Así como lo oyen. No se sabe muy bien si fue él quien lo construyó o fueron los nuevos propietarios, porque la casa se vendió a los secuaces de un tal Valmort mucho antes de que se descubriera el túnel. El asunto es que por ahí salían los presos a robar, estafar, y de lo recaudado cobraban un porcentaje. La parte del león se la quedaban unos guardiacárceles que estaban a las órdenes del tal Valmort. Todos están presos de por vida.
Yo estudié siempre la historia de los túneles de Buenos Aires y las escalofriantes realidades que de allí surgían debido a las intrigas, y asesinatos de la política, fugas, contrabando, sobre todo por el contrabando tanto de la época colonial como de la primera época de la República. Pero la historia de este túnel de la cárcel de Devoto me helaba la sangre si pensaba que por debajo de mi propia casa andaban ladrones, estafadores, quizás asesinos. Una cosa es que los túneles estuviesen circunscriptos a un relato histórico, incluso ruinas y otra muy distinta a que se actualizara permanentemente la historia del delito debajo de las narices de los vecinos.
Quizás como dice el dicho, nobleza obliga, fue que Jaime se allanó a descubrirse como un policía encubierto y no como un ex agente, cuando fue a la médula de lo que él pensaba de los asesinos del Dragón Rojo. El nombre de Li Won Wu apareció de inmediato como la cabeza de un creciente monopolio de la fabricación y venta de galletas de arroz. Desde luego tanto el gordo Vargas como yo nos reímos a las carcajadas ante tamaña tontera. Pensamos que era un chiste de Jaime para distender el clima tenso creado a partir de las revelaciones que iba haciendo. Ustedes piensan que la fabricación y venta de galletas de arroz es un negocio pequeño, pero no lo es. Si ustedes no consumen ese producto, y me doy cuenta por la risa, no comprenden la gran dimensión del negocio. Para mí, las cosas están de esta manera el día de hoy.

   El chino Li Won Wu fabrica la línea “Sabor chino” y quiere sacar del medio a su competidor, otro chino llamado Chen Zhi que fabrica la línea “Delicioso arroz”.

   Solamente en el rubro galletas de arroz, hay no menos de diez formas, tamaños, sabores, nombres, marcas. En total suman un volumen de ventas diario casi tan grande como la venta de pan fresco.

   En la línea fideos de arroz, los hay de siete a diez distintos sabores, tamaños, presentación y marcas tanto como en la línea de arroces integrales y no integrales. Los arroces envasados desde medio kilogramo hasta cinco kilogramos en una variedad pasmosa. La gran vedette de esta fiesta es la cerveza. La cebada ya es prehistoria desde hace mucho tiempo. La cerveza se hace a partir de la fermentación del arroz. Imaginen el volumen de ventas. Negocio de los grandes. Sospechamos que Li Won Wu tiene relación con esto, pero no son más que algunos retazos de pruebas. Lo que está más  o menos a la vista es que Li Won Wu se apodera a la fuerza de las zonas de venta de Chen Zhi. Un clásico método de la mafia, que en este caso huele a bravuconada, pero nunca se sabe. Al principio eran amenazas, luego hubo dos muertes y ahora hay cincuenta y tres familias de chinos escondidas en varias casas de la avenida Pedro Goyena, porque los secuaces de Li Won Wu han decidido matarlos y quedarse con los superchinos donde se vendería solo los productos de “Sabor Chino”. Es decir, pasaron un límite porque hay muertos que incriminan a los secuaces pero no al jefe. Si mataron a dos pueden matar a cincuenta.

Capítulo XIII:

   En un descanso de la planificación Vargas me miró con un signo de pregunta en la cara. Mi única respuesta fue aquella que él mismo estaba pensando: ¿Cómo fue que nos metimos en un lío tan grande? Una cosa son los misterios que vemos de lejos, analizamos causas, efectos, posibles resultados que luego comunicamos a la autoridad competente que aplica la ley. Pero otra cosa es estar metidos hasta las pestañas en una madeja mafiosa que se teje y desteje debajo de la tierra.

   Ante mis ojos Jaime pasó de ser un irrecuperable alcohólico con revólver a ser un temerario héroe con revólver. Aunque lo más preocupante para mí era el lugar que ocupábamos en el tablero, el gordo y yo. No nos habíamos transformado en otra cosa de lo que éramos, dos apasionados por los misterios y muy miedosos cuando aparecían los tiros en la escena, la llamada “pista de baile”, donde apechugábamos para bailar como pudiésemos el tango que nos tocaba en suerte. Pero nunca nada como esto.

   Recordé no sin espanto la primera imagen que tuve con la información de un hombre convertido en una llama viva, corriendo por Liniers, víctima de una secta terrible, cuando el gordo Vargas me contó el nuevo caso que tenía entre sus manos. Mi amigo Juan Chiú, amenazado de muerte por Li Won Wu, seguramente pensará en estos momentos que una gota de agua caída en un estanque causará daños proporcionales a su tamaño y a la altura desde donde cae. Juan mismo y los miembros de las cincuenta y tres familias escondidas de las manos asesinas de ese poderoso señor, recordarán estos días como los peores de sus vidas en esta ciudad.

   El gordo Vargas no se guardó ningún detalle de los crímenes producidos en los barrios chinos, que solo aparecen publicados en los diarios barriales de la comunidad, según le contaba Susana Ming. Atrocidades producto del hacinamiento, el alcohol, el juego entre muchas otras consecuencias que sufren esos inmigrantes. Consecuencias no muy distintas a los inmigrantes de otras latitudes que, con menos recursos económicos sufren peor la vulnerabilidad por la humillación y hasta por los castigos físicos propinados por policías corruptos.

   Con un dejo amargo que le dejaba el accionar de las autoridades, Jaime comentó su mirada sobre los hechos. Cuando descubren a Valmort y a sus mulas, como se llamaba a los presos que salían a delinquir, también descubren un vasto engranaje de tráfico de drogas, mezclado con un par de jueces que dictaban libertad condicional a reos peligrosos. Como ven, un negocio trae otro negocio, refería campechano el encubierto Jaime. Supongo que el tráfico de drogas no se dirigía desde la cárcel, ¿o me equivoco? No, no te equivocás en absoluto, Vargas, responde Jaime aprontándose a la revelación, y es aquí donde entra a jugar Li Won Wu por primera vez en este partido.

   Un día le roban el auto al chino Li Won Wu, prácticamente en su cara, dos de los presos que salen de Devoto. Un robo común. Cuando desarman el auto, se encuentran con cinco kilos de cocaína. Era la droga que Li Won Wu estaba distribuyendo encubierto con la venta de galletas. Valmort ve un negocio en la puerta y manda a buscar al chino con el mensaje de que le van a devolver la mercadería. Aparentemente se reúnen el chino con Valmort en algún lugar, llegan a un acuerdo y arman una sociedad para distribuir droga. Necesitan más mano de obra barata, confiable, como presos con condicional, digo yo de puro conjeturador nomás. ¡Exacto! Y la máquina comienza a funcionar. Pero, porque siempre hay un pero, ¿verdad?, interrumpe Vargas enigmático. ¡Claro!, el pero de siempre: la ambición. Yo investigaba una posible estafa que arrastraría la canalización del arroyo Cildáñez desde sus inicios. En las tareas de campo, un informante casual me habla del “túnel de los presos”. Era un hombre bastante mayor, un linyera que vivía en una casa rodante junto con varios perros. Vivía de pasear perros. Juntaba los propios con los ajenos y sacaba unos pesos para sobrevivir. Pareciera ser que, en sus paseos, el hombre vio varias veces a chinos meterse por la boca de tormenta de una esquina, vestidos como operarios de la empresa de agua. Lo que le extrañó que fueran chinos. Al principio pensó que eran bolivianos o peruanos. Pero no. Eran chinos. El resto de lo que habló pertenecía más a un delirio que a la realidad. Ustedes saben cómo es la gente. Dice cosas de los chinos, que comen ratas, cucarachas, toda esa porquería racista. Lo que le llamó la atención al linya, me la llamó a mí también: por lo general no hay chinos empleados en la empresa de aguas ni en las subcontratistas. Buscando la relación entre aquél viejo y olvidado caso del “túnel de los presos” y los chinos actuales, me lleva a encontrar tramos que no fueron tapados. Una vez entré a uno, donde había droga y armas almacenados, y casi no salgo con vida de allí. Desde ese tiempo busco las pruebas para meter preso a Li Won Wu. Valmort murió hace un par de años sin nombrar al chino. De los secuaces vivos, estamos seguros de que no saben nada. En el olvido del caso es muy probable que hubiese soborno para que jamás se volviese a hablar del tema.

chino3   Aprovecho el momento de breve silencio y le disparo la pregunta a Jaime: ¿conocés a Susana Ming?. El respingo es casi imperceptible en la cara de Jaime, pero me responde: No, ¿debería? Y con este comentario me queda muy claro que Jaime no se llama Jaime y tampoco Susana Ming se llama así, y jamás sabremos sus nombres reales. Vargas lo capta en el aire, pero no vuelve a la carga con el tema: Bueno, eso no tiene importancia, después te contamos quien es la chica, ¿cómo entra la historia del Dragón Rojo aquí? Jaime no es tonto y acepta la puerta de escape que el gordo le abre. Por alguna información que tendría sobre la secta ya desaparecida, Li Won Wu crea un grupo con características parecidas a aquella en el modo de operar: azuzar el miedo a lo desconocido, opina Jaime, digo, los chinos viejos de aquí recordarían lo que sus abuelos les contaban de la secta y, a su vez, transmitían la importancia de no meterse con ellos si alguna vez resurgían. Eso me lo imagino yo.

  Vuelven mis temblores al escuchar esta afirmación de Jaime. No la dice cualquier persona, la dice alguien que está vinculado permanentemente al peligro y a los verdaderos generadores del miedo. Él los conoce y conoce sus procedimientos. ¿Qué hacemos el gordo Vargas y yo, investigadores aficionados -para más datos: dos románticos- envueltos en una intriga que podría escalar hasta esferas insospechadas?

  Creo recordar el caso del túnel de la cárcel y, aunque la memoria es tan vidriosa que no conviene forzar su resistencia; me parece que la investigación de los responsables ideológicos y financieros de la construcción y uso del túnel, cayó en un pantano de chicle justamente con el cambio de gobierno a nivel nacional. El color político presidencial era el mismo que ostentaba el puntero barrial o la ciudad misma.

   En fin, que el olvido de lo que pasa en la realidad no ocurre por la edad avanzada de las personas como se suele afirmar, sino por la cantidad de estímulos recibidos y a la vez en un corto período de tiempo.

   Basta con llegar a casa después de un día intenso de trabajo y preocupaciones, encender la televisión para informarse o entretenerse y al cabo de dos horas no sabe uno ni como se llama. ¿Qué tendrá la televisión que es mejor que una pastilla de amnesia?
El mismo Vargas está inquieto con estas revelaciones de Jaime. Decime, inquiere el gordo, ¿estamos ante un grupo que distribuye droga?¿es un cartel florestano?¿son solo unos muchachos que hacen la diaria vendiendo al por menor? Jaime hace una pausa. Una pausa larga. Y responde: creo que es mucho peor, muchachos. Me parece que es un grupo armado, peligroso, que comercializa droga para financiar no solo un futuro monopolio del arroz en todas sus formas de producción, comercialización y venta. Tal vez financie también a algún político corrupto. Recuerden que el arroz es la harina del futuro en Latinoamérica. Está reemplazando al maíz y al trigo. Debo confesar que en ese momento se me cae el café porque las manos me tiemblan. ¿Entonces la amenaza a las cincuenta y tres familias chinas es una tapadera?, alcanzo a balbucear antes de que la taza se rompa en mil pedazos. Nadie contesta mi pregunta porque se quedaron mirándome. Tal vez piensan que tengo miedo. Y la verdad es que tienen razón. Aprovecho la pausa y me voy a buscar el trapo de piso. Decime si me equivoco, se adelanta Vargas, Li WonWu amenaza a esas familias, les hace pasar un muy mal rato, pero no los mata. Les perdona la vida a cambio de que vendan los productos “Sabor chino” monopólicamente y esto se convierte en una advertencia para el resto de los superchinos del País. Jaime abre los ojos: ¡Exacto!, salvo por un detalle. Entran en la volteada los superchinos de todo el País, de Chile, de Uruguay, de Paraguay, de Bolivia y de Perú.

   Me he quedado con el trapo de piso en una mano y el secador en la otra mientras escucho esta información. Desde luego, me olvido en el acto del café derramado y la taza rota porque me asalta la pregunta: ¿Estás hablando de que el Dragón Rojo es un ejército privado de Li Won Wu? Jaime hace otra larga pausa y nos mira a los ojos: Sí. Y es muy peligroso. Las pruebas de su existencia son circunstanciales, insuficientes para detenerlos, pero pruebas muy concretas a la hora de juntar los hechos. Si no desean continuar, lo comprenderé y este es el momento de decirlo.

   Pienso en Samanta para qué negarlo. ¿Cuánto tiempo tardé en decidirme y dar un paso al frente para iniciar esta relación? Es el mejor ejemplo de cobardía que conozco de mí. Sin embargo, bastó su cercanía para que la besara con pasión. Bueno, con bastante desesperación también, hay que decirlo. Y ahora tengo el peligro mordiéndome los talones. ¡Ma qué peligro! ¡La muerte! Ay, mierda qué difícil es esto. ¡Yo voy!, me escucho decir en voz alta. ¡Uy! ¡Carajo! ¿Qué dije? ¡Dije que voy! ¡No, no dije eso! ¡Si el Flaco Cabral va, yo también voy!, escucho al gordo Vargas poniendo su exceso de peso al servicio de una causa perdida en la cual moriremos todos sin remedio. Gracias, dice Jaime, ¡Gracias!

   Soy el imbécil más grande que he conocido en toda mi vida. Si muero mañana ¿de qué valieron los diez ramitos de flores que le envié a Samanta firmados “Lector 253”? ¿de qué valió aguantarme las muchas envidiosas miserias verbales de las hermanitas Rincón? Seguramente se burlarán de Samanta y de mí cantando en mi velorio un bolero, letra y música de las Hermanitas Rincón: “Los perfumados jacintos en flor / llevaba la viuda cuando murió / aquel triste y anónimo lector / quien era su marido, su grande amor “.

  El golpe de la botella sobre la mesa me despertó de golpe. Traé las tazas que no rompiste, Flaco, me dice Jaime, beberemos ron por el éxito de la empresa. El gordo saca su inefable pañuelo perfectamente planchado para secarse el sudor de la cabeza y lo guarda perfectamente mojado en el mismo bolsillo de siempre de su saco, y yo, al borde de romper las únicas tres tazas que encontré en la alacena, le pregunto: Decime, Vargas, ¿cómo es el asunto de ese pañuelo? Sale seco, lo guardas chorreando y al ratito sale del mismo bolsillo seco y planchado como la primera vez. Bueno, dice Vargas alcanzando la taza que se hace llenar por Jaime hasta la mitad, es una historia familiar que merece una larguísima narración de mi parte y para hacerle justicia, te la cuento en otro momento, ¡salud! Chocamos las tazas floreadas. ¡Por el éxito de la misión!

FIN de “El extraño caso del Dragón Rojo”, Floresta, CABA - julio 2020

(*) Véase IRINA & DIOSELIS editada en esta misma revista

El vecino ALBERTO LUCERO, es cuentista, dramaturgo, novelista, narrador oral y director teatral.

https://www.facebook.com/laporota.patotacultural